Esta es la historia de un naufragio, del naufragio de un hombre. Sucede de la única forma que puede naufragar un hombre: Hacia adentro. Todo lo demás a los hombres no les importa. Que se hundan barcos en el mar, del tamaño que sean, a los hombres no les importa. Ni siquiera les importan a los hombres las guerras. Y en las guerras se pierden millones de cosas además de balas. Eso a los hombres no les importa.
Preguntadle al mundo si alguna vez los hombres han cuidado de él y sus criaturas. Preguntadle a los hombres si acaso les ruborizan los desastres de sus guerras. Después ni se acuerdan de ellas. Preguntadles ahora por sus niños interiores, esos que nunca cesaron el llanto, esos que siempre, hasta en las edades más avanzadas de los hombres, estuvieron ahí, en sus adentros, escondidos, camuflados, llorando.
Eso sí les importa a los hombres. Eso es, me atrevo incluso a decirte, lo único que les importa en verdad a los hombres. De esos niños huérfanos al interior de esos hombres hay por montones. Ese es el naufragio que sí existe para ellos. Ese es el que les queda, en sus adentros, en sus silencios.
De ese naufragio, del personal, del inminente, del que queda después de sus guerras, los hombres no acostumbran a hablar.
Dicen que los que se salvan de sus naufragios son los que logran un día al fin largarse a llorar. Dicen que eso es lo mismo que tomar un balde y tirar el agua de un barco para afuera, que cuando eso pasa, ese niño lleno de agua ya puede respirar.
Esta es la historia del naufragio de un hombre. Del naufragio y el ahogo. Es entonces la historia de un hombre que no se salvó. Es entonces la historia de casi todos los hombres. Esta es la historia de un hombre que lo intentó, que quiso, que lo deseaba, pero que no alcanzó a llorar y sin decir palabra alguna se ahogó.
