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Un viaje de caminos perdidos [borrador]

Escribe sobre el altiplano. Di que es un lugar único. Que digo lugar. Es mucho más que eso. Es un territorio, un espacio, un ecosistema. Es un mundo. Mundos hay en cantidades infinitas y cada mundo también lo es. Es infinito hacia sus adentros. Es infinito porque contiene vidas (todos los mundos contienen vidas) y las vidas, puestas en relación, multiplican todo. Que quede claro que el altiplano es enorme. Que quede claro que cuando se dice altiplano se dice infinito, infinito como las vidas que cobija con agua, tierra y sol este territorio alto y plano.

El altiplano es una meseta, una tarima que mira desde arriba a todo el resto del enorme subcontinente americano. Que quede clara su importancia para todo lo demás que lo rodea. Es una fuente permanente de agua, de vida, para la gente del altiplano y para gente de más allá, mucho más allá del altiplano.

Que quede claro que es tan grande que logra separar a la humedad intensa del amazonas y a la sequedad absoluta del desierto. Son dos regiones enormes. Son dos mundos. Esa sí es una barrera, porque no puede ser más grande la diferencia. No puede ser todo más verde, más selvático, más húmedo, al norte del altiplano, y no puede ser todo más amarillo, más desértico, más seco, al sur.

Y al alero de esa geografía hay gente. Están los andinos. Estamos los andinos. Chilenos, bolivianos, peruanos, incluso ecuatorianos y colombianos somos muchas cosas y también somos andinos. También somos parte de esa cultura que viene de esa tierra alta y fría que parece seca, pero que da agua de forma interminable, de forma sigilosa, que llamamos acá altiplano. Que se sepa, dilo para que se sepa, que ese mundo infinito fue coronado una vez por el llamado Tahiantinsuyo. Es un mundo que sigue vivo, que se conoce si va al altiplano.

Sincera, aclara, reconoce, advierte que todo ese territorio, todo ese mundo, toda esa cultura, todas esas vidas existen acá, en estos textos, desde una sola vida. Todo el altiplano es todo lo que tu mismo recuerdas de tu paso en bicicleta por el altiplano, en ese viaje desde el mar al altiplano y de vuelta al mar. Es a fin de cuentas, tu vida puesta en relación con el altiplano. Sincera que todo esto no trata en realidad del altiplano, sino de tu memoria, tu memoria viva, caprichosa, cambiante, de ese mundo que tu mismo creaste en el altiplano.

Es un viaje improvisado en una etapa improvisada, desarmada, de tu vida. Escribe eso también. Es el recuerdo de un viaje que dejaste en el pasado, pero que vuelve a ratos. Es un viaje que querías escribir. Escribir siempre se trata sobre algo que va mucho más allá del tema del que se escribe. Siempre se escribe sobre el escritor y se usa a lo escrito como una mera excusa. Quieres volver a visitar preguntas, quieres divagar con preguntas, ahora en forma de recuerdos fragmentados, contaminados, transformados, como todo, con todo lo demás que hasta hoy te ha pasado.

Estos textos se parecen a ese viaje, porque están inconclusos y porque no hay forma que dejen de estar inconclusos, porque están hechos de memoria y no pueda haber algo menos acabado, menos objetivo y cerrado que la memoria. 


Ciudad

El mundo encima

Te propusiste no salir de esa habitación en la casa de tus papás, no salir nunca más, nunca más en tu vida, si no comprabas un pasaje. Llevabas horas y días divagando, haciendo empatar una opción con la otra, haciendo bailar pros y contras sin parar.

¿Y si voy a la Patagonia?

A Patagonia ya fui. Recién. Hace poco. Además el invierno está recién empezando. Voy a morirme de frío.

Y si parto desde acá mismo, sin pasajes en avión, sin nada, simplemente pedaleando, al norte.

Me parece que puede ser aburrido. Al principio, desde Santiago, todo sería demasiado familiar. Y luego, mucho más al norte, viene el desierto. Es demasiado grande.

Tal vez es un lindo desafío.

Tal vez no. Tal vez me aburro antes de tiempo y no alcanzo ni siquiera a salir de Chile.

Mejor partir desde el principio por un lugar que no conozca. Eso sería mejor.

Y que tal mucho más al norte. A Canadá.

Pero si hace solo unos meses estuve allá. Tampoco soy millonario. Y eso significaría un viaje mucho más planificado. Una bicicleta adecuada, al menos.

Y África, y Europa, y Asia.

Basta. Es lo mismo que Canadá. Es muy lejos. No tengo tantos ahorros. Ni siquiera tengo una bicicleta de verdad, hecha para viajar, para ir tan lejos.

Alguna vez te habrán contado historias de personas que se desdoblan. Las almas, desprendidas de los cuerpos dormidos, suben livianas, como nubes, al cielo. A veces pueden viajar por todo el mundo, volando a la velocidad que quieran. Son como fantasmas que pueden estar en todos lados. En esa pieza, en un espacio de 3 o 4 metros cuadrados, tu también recorriste el mundo entero como un fantasma. La Patagonia, el norte de Chile, Sudamérica, Canadá, África, Europa, Asia.

Sudamérica suena bien. Chile suena bien. Pero es muy largo. Y es mi casa. Es muy familiar.

Arica es una opción razonable. Es lo último de Chile, en el norte. Después empieza Sudamérica. Después empieza lo demás.

Pero Sudamérica aún es mucho, demasiado, para quedarse tranquilo. ¿Donde iría, hacia Brasil o hacia Ecuador? ¿Más hacia el este o más hacia el norte? Son caminos diferentes, con experiencias y proyecciones diferentes.

A Brasil podría llegar por Bolivia. Sería ir directo a la humedad y a la selva. Antes tendría que atravesar el altiplano boliviano. Antes de eso tendría que pasar por la sequedad y el frío. En Brasil llegaría a playas, a selvas, a ciudades emblemáticas. A Río de Janeiro. Luego sería el Atlántico y eso sería tal vez el final.

A Ecuador llegaría por Perú. Por el desierto, luego por Lima, luego mar, luego montaña, los Andes, Cajamarca, luego selva, luego desierto. Luego Ecuador.

Ecuador sería selva y montañas. Sería un país pequeño que no conozco. Un país andino, costeño, amazónico, colonial. Una síntesis de Sudamérica.

Desde ahí hacia el norte. Y eso es infinito. De Ecuador al norte está todo el resto, el gran resto. Colombia, Panamá y así hasta no terminar nunca. Hacia el norte es tierra por todo el enorme y diverso y largo continente americano. Hasta Canadá.

Por Ecuador sigue viva una posibilidad fantasiosa que sé que no quiero hacer, pero que tampoco quiero soltar. Hacia el norte no hay límite. Puedo pensar que adelante mío tengo al infinito. Que nunca llegaré, pero que al menos lo tengo como posibilidad.

El mundo entero estaba en esa pieza.

Esa pieza estaba en tu cabeza.

El mundo entero pesaba en tu cabeza.

El mundo seguía su rumbo. En ese mundo había personas con responsabilidades. De todo. Políticos, activistas, doctores salvando vidas, profesores salvando conciencias, obreros levantando vigas para hacer casas en donde la gente podrá amarse y convivir, otros recogiendo la basura a diario para que la gente pueda vivir mejor. Y tu llevabas días cansado, porque no sabías que querías. Porque no sabías adónde ir a viajar.

Te sentías frívolo. No podías evitarlo. No podías evitar sentirte así por estar tan ensimismado en tu proyecto de viaje, solo en tu proyecto de viaje. Tu viaje, donde fuera, era lo único que ocupaba tu cabeza. Ibas a viajar y tu problema era que no sabías dónde. No saldrías de esa habitación en la casa de tus papás sin una decisión. Sin un pasaje de bus o avión o algo.

El desierto en invierno no esta mal. Hace frío, pero el clima es más estable. Es un buen punto de partida.

Compraste pasajes a Arica. El final de Chile hacia el norte sería el comienzo de todo lo demás. Punto final. Pudiste salir de esa habitación. Estabas orgulloso. Pudiste decidir algo. Pudiste concretar. Pudiste ir a tomar once con tus papás. Te estaban esperando.


La bicicleta

Repuestos de transmisión, herramientas para el motor y para los piñones. Son piezas para hacer una cirugía mayor. Con eso se saca e instalan partes que tu ni siquiera conoces. También piñones de repuesto y más piezas que no sabes ni montar ni desmontar. Tú con suerte sabías parchar una cámara. Con suerte. Con esfuerzo y suerte.

Ibas también con cosas para parchar una cámara. Con parches, pegamento, lija, bombín. Esas cosas al lado de las herramientas más complejas eran como una aspirina al lado de un visturí.

Esos kilos de herramientas sofisticadas y de repuestos irían al fondo de tus alforjas. No los usarías. No sabrías ni querrías tener que usarlos. Pero sí los cargarías.

También llevarías un volante de mariposa. Insististe, hasta que encontraste tu volante de forma de mariposa. 

¿Tiene un volante de mariposa?

No.

Siguiente tienda.

Hola ¿Tiene un volante de mariposa?

No.

Siguiente tienda.

Hola, cómo le va. ¿Tiene un volante de mariposa?

¿Qué es eso?

A la tienda de al lado.

¿Tiene un volante de mariposa

¿Y usted no acaba de pasar por acá? Ya le dije que no.

Siguiente tienda. Siguiente tienda. Siguiente tienda.

¿Tiene un volante de mariposa? ¿Tiene un volante de mariposa? ¿Tiene un volante de mariposa?

Dos días paseando por las tiendas de bicicleta de la calle San Diego. Y la misma pregunta. Obsesionado con el volante de mariposa. Por qué tanta obsesión por ese volante. No recuerdas por qué. Sí recuerdas que ir con ese volante era para ti casi una obligación.

Ya casi no se usan volantes de ese tipo. Son como el volante de una bicicleta de pista, pero invertido, con los tubos curvos mirando hacia arriba. Así la mano tiene los apoyos más cerca. Pero el volante de mariposa no es solamente uno normal invertido. Tiene más curvas y niveles, para que la mano tenga más apoyos, el cuerpo más posiciones y la espalda más descansos. Sus apoyos son como dos alas de mariposa que se alargan hacia arriba. Para las tiendas de San Diego, para cualquier tienda en Chile tal vez, es una rareza.

Encontraste ese volante. Lo encontraste cuando ya te habías resignado. Lo compraste, a pesar de que no era el que esperabas. El tuyo, al lado del que viste algunas veces en las bicicletas de otros viajeros, era como de juguete. Igual lo compraste. Lo instalaste. Te gustó. Tu bicicleta adquirió un aspecto especial. Eso era lo que querías, que tu bicicleta se vea especial.

Esa bicicleta la armaste hace años en un taller, en el dato de tu primo. Su marco gris de aluminio, de ninguna marca, era gigante. Sus ruedas eran pequeñas. En esos días ya se usaban ruedas más grandes, de más velocidad. Las tuyas eran de 26 pulgadas. Era una bicicleta de montaña, para subir y bajar montañas por tierra. Era una mezcla de piezas mezcladas, armadas con lo que había en ese taller.

Dos ruedas de aro 26, un marco gris de aluminio grande, alforjas traseras y delanteras, botellas de agua por todos lados, un volante de mariposa.

No sabías si sus piezas eran buenas o malas. Menos para el viaje que hacías. Pero con esa bicicleta te irías. Con ella te moverías y en ella cargarías todo lo necesario para tu vida. También iban esas herramientas pesadas que no usarías. Esa bicicleta, con todo, sería una extensión de ti mismo. Con ella avanzarías y si ella falla, con ella te quedarías, o la abandonarías.

¿Abandonarla? Sé sincero con tus recuerdos. Esa idea en ese momento no la tenías. No era una posibilidad. Para eso llevaste esas herramientas sofisticadas y pesadas que no sabías usar, para pensar que ante cualquier cosa, en todo momento, tu bicicleta te acompañaría, que de alguna forma, si ella fallaba, tu arreglarías las cosas, que tú y ella siempre seguirían.

Esas herramientas eran una expresión hecha materia, hecha fierros, peso, volumen, de una porfía. Ante cualquier cosa, aunque esa bicicleta sea una chatarra inútil, eso de abandonarla ni se te ocurría. Tal vez por eso llevabas esas herramientas pesadas. Aunque no subieras usarlas te hacían pensar que ahí estaba la posibilidad de seguir. Si algo pasaba, mágicamente, esas herramientas, lo arreglarían.

La bicicleta se veía bien a primera vista para viajar, pero no sabías nada de sus partes más escondidas. No sabías si aguantaría o fallaría. Lo compensaste con herramientas que no entendías, que no sabías usar, que metiste al fondo de tus alforjas y que también quedaron escondidas. El riesgo de quedar tirado en medio de un lugar desconocido fue un tabú en el que entonces ni pensarías.


El desierto

El avión ya iba a aterrizar.

Viste el desierto desde la altura. Sentiste que llegabas a otro planeta. Un planeta enorme, amarillo y vacío. Vacío como todo planeta conocido, menos nuestro planeta.

Nunca más te olvidaste de esa vista. Así lo quisiste.

Yo nunca más me olvido de este paisaje, dijiste.

Como ese río sureño que te hizo recordar tu papá. Eras un niño. No te acuerdas de tu edad. Tú y tu papá se asomaban inclinados, apoyados en rocas, al borde de un río. Mojaban sus manos y refrescaban sus caras.

Guarda para siempre esto en tu memoria. Este río, esta agua, su sonido, esos musgos verdes en esas piedras, este verde del follaje que rodea al río. Nunca más te olvides de este río.

Nunca más te olvidaste. Puedes transportarte a ese momento, a ese lugar, a esa conversación. Puedes volver a los ojos de ese niño cuando quieres. Puedes volver y beber del agua fresca de ese río cuando quieres. A veces lo haces. Te apareces. Vuelves a mirar por lo que quedó en la memoria de ese niño en ese río. Ves esa visión, oyes ese sonido, escuchas esas palabras, te alivia de nuevo la sombra del verde frondoso que crecía al borde de ese río, el frescor de esa agua.

Te lo dijo tu papá. Cuando eras niño él para ti era un héroe. Entonces fue un héroe el que te dijo claramente que eso, que ese río, no lo olvides jamás. Su pedido fue claro: que nunca más te olvides, que sea un tesoro en tu memoria. Estabas de acuerdo. Tu sabías que eso era un tesoro. Sabías que esos momentos, que esas visiones, de lugares como esos, de ríos, de momentos y de visiones, serían tus tesoros.


***


Una vez viajaste en bus desde Santiago hasta Arica y luego desde Arica hasta La Paz. Ibas en otra expedición, esa vez con amigos, a Bolivia, a subir montañas.

Desde ese bus contemplaste durante horas al desierto. De pronto empezó, se abrió, se hizo gigante, te hizo pequeño y después nunca más terminó. Amarillo, café claro, morado, café oscuro, rojo. Montañoso, rocoso, escarpado, amplio, suave. El desierto fue cambiando de colores y de formas, durante todo el viaje.

Esta vez su aparición también te impactó. Tal vez fue por verlo desde el cielo, tan de pronto. Tal vez recuerdas más esa vista simplemente porque quisiste, porque así lo decidiste. Así como lo quisiste cuando niño, en aquel río.

Nunca fue el paisaje en sí lo determinante. Esta vez, como otras, simplemente decidiste mirar para no olvidar y punto.


***


Vives en un clima mediterráneo. De sequedad y vegetación incipiente. De montañas llenas de tierra y manchones de bosques esclerófilos, con hojas duras, acostumbradas a aguantar meses de sequedad.

Sueles ir al sur en los veranos, en las vacaciones, a un clima templado, lleno de agua, de muchísima agua durante todos los meses del año, lleno de verde por todos lados. Allá hay vida, mucha vida y mucha humedad en cada metro cuadrado. El desierto es lo opuesto. En el sur hay mucha vida en muy poco espacio. En el norte parece haber mucho espacio y nada de vida.

Cómo se sentirá vivir acá, en medio de tanto vacío.

Son puntos aislados en una hoja en blanco. Son puntos en medio de un pizarrón completamente en blanco. Son puntos desparramados, aislados, en el medio de un cielo completamente despejado. Son insignificantes y a la vez son tan importantes. Cómo no sentirse insignificante siendo tan pequeño en medio de tanta inmensidad vacía. Como no sentirse importante siendo algo, algo que es un cuerpo, en medio de una nada tan gigante.

Ese paisaje te recuerda que existe la nada y que es lo más grande que jamás conocerás. Al mismo tiempo te gustó y te asustó. La nada es demasiado poderosa como para tenerla tan presente. Vistas así asustan al mismo tiempo que encantan. Acogen al mismo tiempo que espantan. Van de la mano. Su belleza, su espectacularidad tiene que ver con su vértigo y con su peligrosidad.

Y el vacío es tal vez lo que tu mente y sus ansiedades se negaba a aceptar. Entonces estaba ahí, con su quietud. Cómo no te iba a impactar mirar.


Arica

Cristian es un gran tipo. Te va a recibir feliz en su casa, te dijo tu papá.

Cristian tiene cuatro hijas. Las dos primeras son adoptadas. Con su mujer no podían tener descendencia naturalmente, por lo que decidieron adoptar. Me gustó saber eso de él.

Luego vienen dos hijas más, nacidas naturalmente. Algo misterioso ocurrió con sus cuerpos. Cuando se relajaron, cuando dejaron de intentarlo, cuando no hubo ansiedad, hubo fertilidad.

Recuerdas aquella escena del río en el sur de Chile, recuerdas esa visión del desierto desde la ventanilla del avión, recuerdas una mínima parte de todo lo.que has visto. Sería imposible recordarlo todo. Sería nacer y vivir todo de nuevo. Recuerdas y destacas esa parte de la vida de Cristian. De todo lo que te habló tu papá de él, de todo lo que hablaste tú con Cristian, recuerdas eso, eso de la fertilidad y de soltar.


***


No recuerdas cómo llegaste a su casa. No recuerdas si llegaste por tu cuenta o si Cristian te pasó a buscar. Perfectamente pudo haberte ido a buscar al aeropuerto.

Cristian era de mediana edad. No tenía ni un pelo en la cabeza. Siempre pensaste que los pelados son buenas personas.

Entraste a su casa y no pudiste reconocer muy bien dónde te ibas a quedar. Cristian abrió la puerta de una bodega pequeña, que pudo ser perfectamente un closet, que estaba llena de cosas. Estaba tan llena de cosas que fue imposible evitar que algunas se cayeran hacia afuera al abrirla. Sacó algunos bolsos, hizo un espacio en una repisa y te dijo que ahí dormirías. Lo dijo con voz y cara de normalidad, como si lo que estuviera diciendo no fuera absurdo. Pudo haber sido una broma. Por un segundo pensaste que era una broma. Pero era verdad. Ese era tu lugar. En medio de las cosas había una tabla despejada. Ahí podrías instalar tu saco, estirarte lo más que pudieras, sin lograrlo del todo, y descansar.

A veces no basta con la buena voluntad.

Fue lo que pensaste cuando confirmaste que nada de esto era una broma, que era verdad y que era genuinamente un esfuerzo, una forma de rebuscar cómo alojarte en un lugar donde no había lugar, que era una solución para poder recibirte a pesar de todo, cuando lo que debió pasar era un simple No, que no venga para acá tu hijo, porque acá no hay lugar.

Dormiste ahí una noche, como si te estuvieras escondiendo de alguien, como si hubieras pasado por algún motivo a la clandestinidad o como si te hubieras metido escondido a esa casa a pasar la noche y allí nadie debía descubrirte.

Agradeciste a Cristian su buena voluntad, su escucha, haber podido usar su baño, haber podido robarle unas galletas de su cocina, haber podido usar su ducha. Luego te fuiste a un hostal.


***


Te pareció que la Arica de la antigüedad debió ser muy linda, pero no sentiste lo mismo con la actual. Creció mucho y mal, como tantas ciudades de Chile. No asumen su tamaño y terminan expandiéndose sin cambiar su mentalidad, como si siguieran siendo pueblos. Demasiada gente para veredas angostas, demasiados autos para calles estrechas, demasiadas cuadras para tan pocas plazas.

Una ciudad linda, con clima y entorno espectacular, pero con problemas de obesidad. Una ciudad grande que no quiere aceptar su adultez. Un adulto que no quiere crecer.

Arica, como muchas ciudades en Chile, se salva por su entorno. En el sur hay lluvias absorbentes, verde desbordante y volcanes sorprendentes. Acá, en cambio, hay playa inmensa y sol eterno, además de verduras y fruta en abundancia. Entonces Arica se salva, y a pesar de su obesidad, termina siendo un lindo lugar para estar.

Arica se sostiene gracias al valle de Azapa, con agua y un clima ideal para cultivar. Azapa cuenta con agua gracias a los glaciares del altiplano, que la almacenan en las alturas en gran cantidad y la dejan fluir eternamente, sin necesidad de lluvias, hacia el mar, donde está Arica, alimentando sus valles y dando a las personas la posibilidad de plantar, cosechar y habitar.

No puedes descartar así nomás esta ciudad. El mar, la playa, el viento, el desierto, el valle fértil, la memoria de su arquitectura vieja en el centro de la ciudad, la forma en como se diluye la identidad chilena y a la vez queda, pero mezclada con la peruana y la boliviana, la forma en como la cultura te dice que Arica es antes Altiplano, porque es chilena, pero fue peruana y hoy es chilena y peruana y también boliviana. Es una ciudad, como pocas en Chile, muy multicultural, y no hay que venir a un carnaval para verlo. Basta caminar.


***


Fuiste al famoso morro, ese montículo de tierra que domina la vista de la ciudad. Famoso por la Guerra del Pacífico, por ser un símbolo, por la historia de esa guerra que hizo que Arica esté en Chile y no en Perú, historia que acá no quieres profundizar.

Querías probar tu bicicleta. El morro era un buen paseo para eso. Desde arriba viste la ciudad. Tú que no distingues tantas formas en el desierto, porque no eres nortino, porque casi nunca lo visitas, que solo ves un gran desierto, te pareció que la ciudad flotaba en medio de la nada, o que colgaba hacia la nada, aferrándose, para no caerse completamente, desde el borde del mar.

Tu eres de esos ciclistas que viajan, te dijo un ciclista que te encontró en la cima del morro. Adivinó en lo que andas de inmediato. Tal vez fueron las parrillas de tu bicicleta, una adelante y otra atrás, exageradas para alguien que no tiene que cargar tanto peso. Tal vez fue ese volante de mariposa, raro para cualquiera, menos para quien hace con su bicicleta algo especial para viajar, para poder poner las manos en diferentes posiciones cuando el viaje es largo. Tal vez fue algo en tu actitud, en tu forma de estar, en tu soledad, porque ese ciclista asumió desde el principio que viajabas solo.


***


No recuerdas cuántos días estuviste en Arica. Tal vez unas dos noches más. Tal vez tres. Lo que sí recuerdas es ese sillín. Tú y tu bicicleta improvisada encontraron, en la tienda Oxford de Arica, un sillín de primer nivel. Los sillines Brooks, los tradicionales Brooks, estaban en oferta. Te llevaste uno de cuero, hecho a mano, a un precio irrisorio. Tu bicicleta era una montañesa armada por pedazos, con una mariposa de estándar San Diego. Nada más que eso, está bien, pero tu sillín era de otro nivel. Fue tu orgullo. Qué mejor que cuidar bien tu culo al pedalear.

En cuanto al hostal, era agradable. Lo que necesitabas. Estaba cerca de la playa. Tu no necesitabas mucho más. Una cama, una ducha, un lugar para dejar tu bicicleta. Estabas bien en ese lugar.

Con todo ya comprado, con gas para cocinar, con comida para los primeros días, con algunos repuestos más, decidiste que a la mañana siguiente te marcharías.

No irías de Arica al norte, sino al este, al altiplano. Tenías dos motivos. Un motivo sí podías contar y otro preferías ignorarlo. El primero: que te gusta, que te interesa mucho el altiplano como para no pasar. Te gusta su altura, su vegetación en la altura, su vida, sus humedales, sus aves, sus volcanes, que son gigantes. El segundo motivo: no sabías aún si tu viaje iría de Perú hacia el norte o de Bolivia hacia el este. Yendo primero al altiplano postergarías esa definición. Allá arriba, en el altiplano, verías qué camino tomar. Postergabas tu decisión para cuando ya estés arriba, para unos días más.

Cuando compraste los pasajes a Arica en aquella noche, en la casa de tus papás, te engañabas un poco. Sí, compraste ese pasaje, te movilizaste, pero eso no significa que abandonaste tus indecisiones. Más bien las postergaste. Todo bien. Ya verías qué hacer con ellas.


Chile

Soledad

Pedaleaste un par de horas o más. Condominios, intersecciones, comercios al borde del camino, casas y caseríos. De pronto nada. De pronto camino, tierra y rocas. Y luego un restaurant. Te detuviste allí a descansar. Querías esconderte del sol por un momento.

Llegó un vehículo. Se bajó una pareja que andaba de paseo. Estuvieron un rato. Se fueron. Te llamó la atención su fugacidad. Lo tuyo era diferente. Tu no podías llegar, aparecer, y al rato irte y dejar de estar. Lo tuyo era más lento. Al ritmo del pedal. Ibas más lejos, pero por más tiempo, sin nunca hacer eso de aparecer y desaparecer, sin nunca irte, así tan rápido, de ningún lugar.

Otros automóviles llegaron e hicieron lo mismo. Viste más gente aparecer y desaparecer. Se quejaban del calor. Se quejaban, pero luego desaparecían, entonces el calor para ellos, en sus autos con aire acondicionado, se iba. Para ti no era así. Ibas a pedalear por el calor por horas y días. Punto. No sacabas nada con quejarte. Ni se te había ocurrido quejarte.

No viste a ningún ciclista más. Solo eras tú. Los demás iban en vehículos motorizados. Solo tú no podías aparecer y desaparecer tan rápido de ese lugar. Solo tú te quedarías en ese camino y ese lugar. Los demás solamente pasaban y desaparecían.

En ese lugar notaste tu soledad. No fue por el vacío del paisaje. No fue por no ver personas. Fue precisamente por poder verlas, por sentirlas tan lejos estando tú tan cerca. Entraban y salían de ese restaurant. Formaban parte de un mundo que pasaba por al frente de tus narices. Tu no formabas parte de ese mundo.

Cuando viste el vacío del desierto desde el avión te habías preguntado Cómo se sentirá vivir acá, en medio de tanto vacío. Las personas del desierto podrían preguntarse lo mismo de un santiaguino como tú, de los santiaguinos como tú, o de cualquier persona que viva en una gran ciudad. Las personas que viven en lugares aislados podrían preguntarse lo mismo, pero al revés: Cómo pueden vivir en una ciudad, en medio de tanta gente. Seguro así se sentirán muy solos.

Ya lo había dicho Ernesto Cardenal. Que Si tú estás en Nueva York, en Nueva York no hay nadie más. Y si no estás en Nueva York, en Nueva York no hay nadie. Algo así podrán pensar los nortinos sobre la gente de la ciudad. Tal vez ellos ven en las concurridas calles santiaguinas otro desierto.


Agua

Con mucha agua a cuestas te pusiste a pedalear. Una caramagnola en tu volante de mariposa, una caramagnola en tu marco, una segunda caramagnola en tu marco, otra caramagnola amarrada en tu alforja trasera, una bolsa de agua guardada dentro de tu alforja trasera. Diez litros, tal vez.

Para ti no era un problema. El peso y el esfuerzo físico no era un problema. Había que contar con agua, con mucha agua. Había que beber, cocinar, limpiarse, tal vez curarse alguna herida con esa agua. Había que hidratarse mucho. Había que cargarla, porque cerro arriba era puro desierto y en los desiertos escasea el agua. Había que llevar mucha agua, entonces agua ibas a cargar. No era un problema. Era natural. Era como decir que para avanzar con la bicicleta había que pedalear y respirar.

Con algunas cosas eras una espiral de mente y ansiedad y otras eran para ti tan obvias, tan transparentes que simplemente las hacías y punto. Aunque cuesten, aunque sean difíciles o requieran esfuerzo. Las hacías sin dudar. Era como esa idea que recuerdas de Cristian, la del relajo y la fertilidad.


***


El camino del desierto se inclinó y solo subió. Subió y subió. Es lo que venía. Las subidas y subidas. Tu sabías. Ibas de mar a cordillera. Desde la humedad y el oxígeno hasta la sequedad fría y sin aire para respirar. Desde lo más bajo que se puede estar hasta las alturas que no dejan respirar.

Subir da perspectiva. Atrás estaba el desierto. Arriba era celeste claro, de cielo fuerte. La tierra, siempre iluminada, parecía arena. Tenía el color de la arena de la playa. A veces más café claro, a veces más rojo claro, a veces más naranja, a veces más arrugada, pero siempre clara, casi siempre suave, como una sábana, como una piel desnuda y acostada. Kilómetros de suelo descubierto, sin vegetación, sin nada para tapar. Te sorprendió que esa piel no sea nunca uniforme, que nunca aburra a la vista, que tenga tantos tonos y profundidades y capas. Te gustó que sus cambios sean armónicos, progresivos, sutiles.

La tierra seca no tiene pudor, no tiene vergüenza en dejar sus enormes partes a la intemperie. Muestra sus colores y sus relieves. En cambio tiene vergüenza de mostrar sus humedades, sus partes fecundas, sus partes bajas, sus partes por donde sí hay agua que pasa. En esas partes la tierra se viste con vegetación, se pone una manta verde que la guarda, que la tapa, que le da una apariencia diferente. Su cuerpo es abierto y suave, excepto ese resto en el valle, el más hondo, por donde pasa desde arriba hacia abajo, en una línea, en un tajo húmedo, el agua. Es toda esta inmensidad desnuda menos este valle verde, por donde pasa agua constantemente. Es tanto el contraste que se hace imposible no fijarse justo en esa mínima parte verde, donde hay humedad gracias al agua. Eso es sensualidad. Justo la parte que más llama la atención es la parte más pequeña, y a la vez la más oculta y más misteriosa.

Desde arriba contemplaste al valle. Te encantó el contraste entre ese verde húmedo y fértil de las partes bajas y la suave claridad amarillenta de la piel desnuda, de las partes más altas. La tierra debe ser femenina. Si tiene un género es el femenino. Es una piel desnuda y suave. Tiene una manta que cubre su parte baja, profunda, íntima, por donde pasa el agua, por donde la humedad habilita la fertilidad y donde esta mujer quiere taparse y vestir una manta. Es una mujer. Húmeda, pudorosa y reservada. Clara y despejada. Verde y tapada. Desnuda y cubierta. Es ambas cosas a la vez.


***


Seguiste. Seguiste mucho. Subiste y subiste. No paraste de subir. Solo era subir. Lento, con ritmo, con concentración. Ese vientre verde de mujer cada vez se alejaba más. Estaba cada vez más lejos, cada vez más abajo, cada vez más pequeño, más distante para mirar.

Fuerte y lento es una buena síntesis. Fuerte, porque necesitabas energía, porque cerro arriba no podías nunca dejar de pedalear. Lento, porque pedalear es más para mantenerse estable que para avanzar. No se avanza casi nada. Se avanza nada en comparación con lo que tus piernas hacen girar. Es todo lo opuesto a bajar, que consiste en pedalear poco y por inercia avanzar. Ir hacia arriba es a ratos desesperante. Es a ratos hacer las veces de un hámster que corre incansablemente, que hace rodar su rueda, y que no puede avanzar.

A veces pasaban automóviles. Muy pocos, pero sí pasaban. Aparecían y desaparecían. Eran como ilusiones. No iban por tu ruta. No estaban en tu tiempo. Tu ruta no es tan veloz. Tu tiempo no es tan veloz. Tu no puedes aparecer y desaparecer. En tu ruta lenta ibas siempre en soledad.

A tu izquierda había una camioneta estacionada. A tu derecha, una cuadrilla de trabajadores reparaba la carretera. No los contaste. No te acuerdas cuántos eran. Unos diez, tal vez. Zapatos de construcción, pantalones de trabajo, chalecos naranja fluorescentes, cascos, palas, más herramientas. Arreglaban algo de la carretera. Estaban concentrados en su tarea.

Tu pasaste y todos ellos, al mismo tiempo, te miraron. No dijeron nada. Solo se quedaron quietos, mirándote, pasmados. Tu ibas muy lento, suficientemente lento para que ellos te miren mucho tiempo. Nada dijeron. Nada hicieron. Solo te miraron quietos. Parecían en trance. Te sentiste como un fantasma, como algo raro. Te preguntaste qué pensaban, o si pensaban. Tu solo levantaste tu mano para saludar. Ellos no hicieron nada. No saludaron, no se movieron, solo te siguieron con la mirada, quietos, hasta que tu pedaleo te hizo pasar y salirte de la zona que alcanza su mirada.

Supusiste que tu lejanía haría que abandonen su parálisis y que sigan con su actividad del día. Nunca supiste qué pensaron. Te viste a través de ellos. Imaginaste lo que ellos miraban. Un ciclista cargado, respirando fuerte, pedaleando fuerte, avanzando lento, constante, sin parar, hacia arriba. Un ciclista por acá, por donde no parece ser algo normal. Un ciclista o un fantasma, porque tal vez eso son los fantasmas, unos desubicados que se apersonan donde no les corresponde, que aparecen sin motivo ni explicación y por eso dejan a la gente pasmada. Un ciclista, un fantasma, un imbécil, porque esos podrían ser los imbéciles, gente que hace cosas sin un sentido aparente. Lo que realmente pensaron, nunca lo sabrás.


***


Dejaste de subir y llegaste a un plano. A un alto, extenso y desértico plano. Ni rastros de verde. Era solo desierto. Era piel larga y desnuda. Amarilla y naranja. Era muy larga, muy extensa. Estaba toda desnuda. Seguiste recto. Más veloz, pues sin subir era todo al fin veloz. Pudiste avanzar sin tanto esfuerzo. Avanzaste más. Te metiste adentro y profundo en el desierto y en su inmensidad.

Los vehículos que pasaban eran casi todos camiones de carga. Iban y venían de Bolivia. Camiones chilenos, bolivianos y peruanos. Algunos te vieron, te adelantaron, se detuvieron y se bajaron. Querían conversar contigo.

Que a dónde vas.

Que ando viajando, desde Arica hasta donde pueda, tal vez hasta Bolivia, hasta algún lugar.

Que acá todo es muy seco, que agua, mucha agua vas a necesitar.

Que tiene usted razón. Agua traigo conmigo, en mi bicicleta, en estas botellas.

Que necesitas más. Que te regalaré la mía. Espérame un tantito, que vuelvo con un bidón. Quédate con esta agua. Más que yo la vas a necesitar. Cuando tengas sed, mucha sed, de mi te vas a acordar.

No te acuerdas cuantos fueron. Unos tres. Tal vez más. Paraban, te miraban, se bajaban de sus camiones, buscaban sus reservas de agua y te la regalaban. Tu tomaste mucha agua en ese desierto. Tomaste mucha agua y contra todos tus pronósticos llegaste al final del día con todas tus caramagnolas y bolsas llenas, como si estuvieras en la Patagonia, en la Carretera Austral, en esos lugares donde a cada rato hay ríos y esteros de agua, como si estuvieras en uno de esos lugares bendecidos, donde bebes sin problema porque agua hay por todos lados y de toda el agua se puede beber. Pues acá era igual, pero no con ríos, sí con personas, con camioneros, que tenían agua para regalarte siempre. Ni siquiera la tenías que pedir. La misma agua que habilitó ese tajo verde y misterioso valle abajo ellos te la querían regalar.

Todos tus viajes se trataron del agua. Siempre todo se trató del agua. Siempre la buscaste. Siempre la quisiste. Fuiste siempre al sur, a la Patagonia, a la Carretera Austral, por su agua. Buscaste su abundancia. En ese desierto el centro también fue el agua. No por su abundancia, sí por su escasez. Cuando abunda te sientes bendecido, lleno de verde, de humedad para respirar, de ríos para bañarte, de esteros para beber, de lagos para mirar, de glaciares para admirar. En el desierto escaseaba tanto el agua que no podías dejar de pensarla. Sentías permanentemente su escasez. La tenías siempre presente. La deseabas más, con más sed. La acaparabas, la cargabas, la tomabas aún con más deseo. Era lo que conversabas con la gente, con los camioneros que generosamente te la daban.

También te sentiste bendecido por el agua. Con tanta sequedad, con tanta ausencia de humedad, con tanto desierto, contar con ella era igual de mágico, igual de placentero. Fue otro paisaje, fue por escasez y no por abundancia, pero siempre en el agua estuvo tu afán.

Que haya desierto no significa que la vida no gira en torno al agua. Quizás es al revés. Quizás es igual con las personas y la soledad. Este paisaje de nada, de nadie a la vista en espacios enormes que se extienden hasta el horizonte tampoco significa necesariamente soledad. Te preguntaste hacia dónde ibas entonces, pedaleando desierto adentro, si sería a la soledad o hacia algo más.


Nada

El sol se retiraba, el espacio se oscurecía, el clima se enfriaba y tenías claro que no tenías nada de que preocuparse. Donde dormir no era importante. No había nada de lo que preocuparse. Todo era igual. Todo era desierto. Todo era plano y horizonte. Dónde dormir estaba resuelto. Por defecto. Qué complicada te haces la vida a veces, cuando tienes muchas opciones, y qué fácil fue entonces cuando no tenías ninguna.

¿Dónde dormir? En el desierto. En medio de toda su inmensidad. El desierto era un solo lugar, un solo.gran lugar sin más matices para ti,un inmenso lugar que tu recorrerías lento. Era el desierto y nada más.

Encontraste una roca. Era del porte de esos camiones que te llevaron agua en la carretera. Era el camino y, cincuenta metros más allá, esa roca. Instalaste ahí tu campamento. Serías tú, la roca y el desierto. Con esa roca la silueta que se vería de ti a lo lejos no sería solamente de tu carpa y de tu bicicleta. Te confundirías. Te sentirías más camuflado. Eso te tranquilizó.

Instalate tu campamento. Te refugiaste en tu carpa. Bebiste agua. Agradeciste una vez más beber agua en ese lugar.

No pasaron más camiones. No pasó nada. Saliste de tu carpa y sentiste que ya no había nada. Estuviste tal vez por primera vez en medio de la nada. Nada sonaba. Sonaba la nada.


***


Hace cuánto que no veías un cielo así. Brillante, luminoso, gigante. Que cielo más intenso. Las estrellas. Estrellas con estrellas que forman conjuntos y mundos extendidos de luces de estrellas. Nubes blancas hechas de puntillismo brillante. Tiempos de dimensiones abismales que nos hace sentir tan efímeros y perecederos.

De noche no pasa nada abajo en la tierra, menos en el desierto. Y arriba, todo pasa. De noche todo se invierte. La nada baja. Da oscuridad y descanso en la tierra. El todo sube. Muestra que más allá hay mucho más, muchísimo más. Lo existente queda arriba. La nada, contigo, en el suelo.

Es un techo envolvente. Hace cuánto no veías algo así. Viste un cielo así hace algunos años atrás, cuando pasabas noches sin carpa, mirando al cielo desde tu saco de vivac, antes de dormirte, en algún valle de la cordillera central. Pero no es lo mismo. Acá casi no hay humedad en el ambiente, no hay vapor que se interponga entre el firmamento y tu mirada.

Ves estrellas y conjuntos de estrellas que tienen la forma de la silueta de las montañas del horizonte. Ves estrellas detrás de más estrellas y ese blanco puntillista y luminoso parece no terminar. Se pierde en una nebulosa lechosa hacia el fondo, que muestra con claridad que es tu vista, y no su complejidad, la que no alcanza a llegar.

Pudiste ver ese techo iluminado. Sentiste que te miraba. Que se caía encima de ti. Que te abrazaba.

Pudiste ver la luz porque al fin, después de tanta ciudad, ya no estabas dentro de ella. Te saliste. Tu estabas en la oscuridad de la nada. Ahí hay que llegar para poder apreciar todo lo demás. No es en la luz desde donde se puede ver al cielo. Desde la luz de tu ciudad tu miras hacia arriba y te sientes solo, porque sientes vacío en vez de nada. Es muy diferente. Te olvidas que eres tan insignificante y que al mismo tiempo tu mundo es tan grande.

En la ciudad todo está iluminado. No puede verse ninguna luz que no sea de la misma ciudad. La luz propia a veces ensimisma y enceguece de todo lo demás.

Es el desierto con la vista al cielo más nítida del mundo, donde están instalados los lentes de exploración astronómica más grandes que pueda fabricar la ciencia y la tecnología. Es una región concurrida por mentes brillantes, científicos y científicas de todas las partes del mundo. Usan estos lentes, miran hacia arriba, avanzan en sus investigaciones, divulgan sus observaciones a los demás, quedamos todos asombrados. Observatorios gigantes con la tecnología de las potencias mundiales, que se instalan en este desierto a mirar.

En Atacama, por su sequedad, por su total oscuridad, están los ojos de la humanidad. Y no es porque en Atacama se haya hecho algo especial, sino precisamente porque acá no hay nada. Tal vez ese deba ser el mayor mérito de la humanidad: poder conservar aún, a pesar de todo, lugares de nada, con todo lo que tienen para dar.

¿Qué es la nada y dónde está? Que paradoja que desde esta nada, solo desde esta quietud y oscuridad de nada, puedas al fin mirar arriba y ver algo que habla de todo, del infinito del universo, de todo lo demás. Que solo si dejas de sentir que tú y solo tú lo eres todo, que solo si te sientes insignificante, diminuto, entonces puedas vislumbrar más allá y entender que perteneces a algo que te sobrepasa y que es mucho más grande de lo que puedes imaginar. Y entonces también, solo siendo diminuto, insignificante, puedes al fin entender que eres gigante.

Que hermosas son las paradojas: que tengas que sentirte en la nada para poder mirar más allá, para no ver vacío, para ver todo, todo lo demás.


***


El silencio fue impactante. Silencio absoluto. No escuchaste nada. El desierto es quietud. Cómo no lo pensaste antes, cómo no se te ocurrió, también es silencio, especialmente en una noche así, despejada y quieta y sin movimiento. Sin viento. Solo te escuchabas a ti mismo. Tu respiración, tus sorbos al beber agua, tu masticar, los cierres de la carpa, tus tus pies al tocas la tierra en tus pasos, el sonido y la materialidad de las cosas que manipulabas. El resto era la nada. Escuchaste la nada. No escuchaste nada. Miraste a la oscuridad y te quedaste quieto. No quisiste olvidarte nunca más que ese sí era el silencio, que esa era la primera vez que lo escuchabas.

No tuviste ansiedad. El tiempo era simplemente el que sonaba. Tu vida eran esos sonidos insignificantes que interrumpían el silencio total. Tu vida solo consistió en tu respiración, en tus sorbos al beber, en tu masticar, en los cierres de la carpa que producen un sonido tan particular, en tus pasos en la tierra, en las cosas que manipulabas. En nada más. Y cuando nada hacías, nada sonaba, entonces no pasaba nada y entonces no estabas en el tiempo.

Desde que comenzó a sonar, para no irse nunca más, ese sonido agudo y permanente en tu cabeza, desarrollaste un miedo al silencio, un miedo a escuchar ese silbido, ese sonido, en vez del silencio. Tinitus se llama. Ese silbido que a veces crece, que a veces pareciera que se va a acabar, pero que desde hace unos años nunca más se fue. Piensas que si volvieras a ese lugar, a un lugar así, al silencio absoluto del desierto, ya no escucharías, como aquella vez, como aquella única vez, al silencio. Tal vez escucharías a tu cabeza, a ese silbido, todo el tiempo. No podrías escapar del tiempo. Lo escucharías. Pasaría en tu cabeza. Lo evadirías ta vez con más ruido. Con música de tus audífonos, con ruidos importados de otros tiempos.

Y si alguna vez, por esos milagros inesperados, te liberas de la tinitus, tu sabes muy bien que lo primero que querrás será volver a ese lugar, a escuchar otra vez el silencio.


Calma

A medida que penetraste el desierto, a medida que ganabas altura, la piel seca y descubierta dejaba de parecerse a una manta suave y ligera. La piel descubierta es femenina, sigue siendo femenina, pensaste, pero ahora se nota más su edad. Cada vez más el paisaje era la piel cansada, arrugada, llena de marcas, llena de accidentes, de cerros, de piedras, llena de historias acumuladas.

Más arriba la piel se vuelve más verde. Aparecen las cumbres nevadas de los volcanes. Gigantes, piramidales, magistrales volcanes. Aparecen esteros, lagunas, aves. Subiste y subiste y llegaste al altiplano. El paisaje era emocionante. El altiplano es deslumbrante. Único. Tanto que te gusta ese paisaje y tan pocas veces que has ido al altiplano. Para ti está a trasmano.

Llegaste a unas termas. No recuerdas tanto. No puedes decir qué termas eran esas. No puedes mencionar el lugar. Solo recuerdas que las termas estaban abiertas para que cualquiera se pueda bañar. Estaban protegidas por una casa de piedra. Dentro de la casa había una poza de agua caliente. Ahí, cerca de esas termas, acampaste. En la tarde te bañaste. Recordaste ese lujo, esa magia de vivir en un país lleno de volcanes, de fuentes de agua calientes, por su actividad.

Que lujo. Cuántas termas así hay en Chile. Con tanta cordillera y con tantos volcanes.

Cuantas termas hay en Chile que nadie ni siquiera ha descubierto, que están ahí, esperando a que alguien vaya a bañarse, a pensar lo mismo que tu pensaste. Cuánto disfrutaste esa agua caliente, llena de minerales. Te relajaste.

Dedicaste el resto de la tarde a armar una pirca, una pared alta y ancha de piedras, para proteger a tu carpa de los vientos que en esta altura, en este altiplano, ya eran fuertes. Fríos y fuertes. Lo disfrutaste. Piedra sobre piedra. Era una labor lenta y constante. Te gusta hacer labores repetitivas. Como pedalear horas y días y semanas. Te hace olvidar. Te hace olvidar el pasado, dejar que pase como algo más, y te hace acordarte del presente. Te hace meditar.


***


Tus dispositivos no eran como los de hoy. No tenías dinero para un smartphone como los de hoy. Tu teléfono era de los más baratos. Tu música iba en un mp3. Casi no la escuchabas. Te costaba. No entendías bien como usarlo. Solo escuchaste a Mercedes Sosa. Algo de esa canción te emocionó. Sentiste una relación entre esa música y tu paisaje, y tu viaje.

Cómo mata el viento norte, cuando agosto esta en el día, y el espacio nuestros cuerpos ilumina.

Es una canción original de La máquina de hacer pájaros. La original es buena, pero la voz de Mercedes es como ese viento. Tu pensabas que era el viento del altiplano. Esa canción te hizo bien. Te acompañó desde ese día hasta hoy. No la olvidaste. La cantaste arriba de tu bicicleta cada vez que pudiste. Esa noche dormiste con su ritmo y con su melodía. No recuerdas cuantas veces la escuchaste, pero sí que la pusiste muchas veces en el reproductor, porque te gustaba la canción y también porque no sabías cómo poner más canciones.

No recuerdas cuántas veces escuchaste, en tu carpa, ya rodeada de piedras que te protegerían del viento, esa canción. Te dormiste con esa canción en tu cabeza, en tu voz. Te imaginaste que el paisaje era esa voz.


Recuerdos

Nunca faltan gringos. Por todos estos lugares los hay. Los encontraste afuera de un local importante. No te puedes acordar qué era ese local importante. Era un lugar donde había que parar. Fueras en bicicleta o en automóvil, como ellos, tenías que parar. Tal vez algo de administración de algún parque nacional. Conversamos. Tu sentado en unas rocas que hacían de cerco, al frente de una casa de piedra, banca, cerca de unos carteles que anunciaban algo importante, algo turísticamente importante en medio del altiplano, algo que no puedes recordar.

Hablaste con él y con ella. Eran agradables. Jubilados, seguramente. Una pareja. De un inglés entendible, a pesar de ser estadounidenses, a pesar de que siempre te ha costado entenderlos, porque hablan muy rápido, porque tu hablas las dos o tres frases que sabes con tanta seguridad que después los demás creen que los vas a poder entender.

Te preguntaron por más lugares de la zona. Querían recomendaciones y opiniones de un nacional. Hablaste desde lo que sabías. Para ellos eran consejos valiosos. Para ellos eras un local, porque eras chileno. No importaba que tu ciudad estuviera a miles de kilómetros de ese lugar. Más de dos mil con total seguridad. No importaba que tu hogar sea tan diferente a como era todo en el altiplano. Crees recordar que preguntaron si valía o no la pena ir a los salares. Crees que esa fue la pregunta, que eso fue los que ellos pensaban hacer, pero no estás seguro, porque no te puedes acordar. Qué importa. Lo que recuerdas es porque quedó en tu corazón y lo que no recuerdas será porque no era tan importante, o tal vez cuando lo sea importante lo recordarás.

Les dijiste que valía la pena.

It’s worth it, les dijiste. Vale la pena.

Te preguntaste de dónde sacaste esa expresión. Tu inglés era suficiente, pero claramente básico. Esa frase era de más nivel que tu rudimentario inglés. Recordaste quién decía eso. Por eso la incorporaste a tu repertorio, porque para ti, para tu memoria, era significativa. Esa frase la usaba Katherine. Katherine se refería a la relación, al amor que se apagó, o se transformó, o se ensució, o se dilató, o como sea.

This is not worth it, te dijo ella. Esto no vale la pena.

Esto no vale la pena. Esa frase te llegó. La esperabas, porque esas cosas se esperan. Otras cosa es que uno quiera ignorarlas o evadirlas o taparlas, como se tapa la vista del sol con un dedo, pero se esperan. Igual te impactó.

Te sorprendiste de tu memoria, de cómo funciona. Confirmaste lo que dicen neurocientíficos y esotéricos, esa idea tan transversal, que lo que recordamos es lo que nos hace emocionar. Que recordar tiene su origen etimológico en el corazón, en volver a visitar al corazón. Que todo lo que recordamos son re corazonadas. Que la razón no es más que una forma de mostrar superficialmente, incompletamente, lo que sabemos, que lo que sabemos es la suma profunda de lo que nos emocionó. Que al final somos pura emoción.

Te impresionó que ese recuerdo sea tan duro, tan emocional, y que ahora lo uses para cosas tan banales, tan cotidianas, como recomendar algo a gente que ni conoces. Pensaste que así son un poco las cosas, que hay cosas que se caen, que antes eran lo más importante, y que después solo se usan como accesorios, como instrumentos al servicio del día a día, sin el significado que antes tenían. Al principio te dio pena pensar así. Pero pensaste que es lo mejor, que si no fuera así no lo soportarías. Te aliviaste, entonces, de que pueda ser así. Lo valoraste como una forma de soltar, de aliviarse, sin olvidar.

A veces te da miedo la memoria. Piensas que tus recuerdos volverán como un chiste malo. Cruel y malo. Que las palabras se repetirán con ironía, para que no olvides los dolores. Por qué esa ansiedad. Por qué no mejor dejar que las cosas pasen como tengan que pasar y que después se transformen en cosas que queden disponibles para usarse para cosas más mundanas. Las cosas importantes a veces quedan tiradas. Eso es sano. El que quiso ser guitarrista y ya no ve su guitarra tirada. Ya no le causa dolor. Le causa ternura, nostalgia, y a veces usa esa guitarra para jugar a que es guitarrista, que es muy diferente a querer serlo de verdad, o como mesa improvisada, o como estante de libros, y lo hace con gusto.


Apuntes: Cuenta algo de Canadá

Habla un poco de tu viaje a Canadá. Parte desde un poco antes, desde cuando renunciaste a tu trabajo en una minera, en la fundación de una minera, para irte a viajar.

Después de dos años te habías acostumbrado a ese lugar que al principio miraste con extrañeza, a ese paisaje árido y montañoso, de valles verde claro y montañas amarillas, de tardes naranjas, de tierra, al interior de la cuarta región, en Salamanca. Sabías que no era tu lugar, que no era para siempre. Puedes decir que como casi nadie renuncia en esa industria, tu tuviste una despedida a lo grande. Fue una fiesta sorpresa para ti, en la casa de tu jefe, a las afueras de Salamanca. Cuenta que como eras el festejado te daban más y más de tomar. No cuentes todo. Solo que al día siguiente no pudiste ir a trabajar, porque terminaste borracho, muy borracho, sin poder moverte de una de las camas de visita de la casa de tu jefe. Puedes decir que por suerte supiste dónde vomitar y que cuando volvió tu jefe del trabajo, la casa estaba limpia.


***


Cruzaste casi todo el planeta. Llegaste a Toronto. Viviste en una pieza con un filipino solitario, que en el día era filipino y en algunas noches salía vestida de filipina. Lavaste autos en una tienda de Nissan. Nunca habías trabajado tanto. Fue un trabajo muy físico. Eran autos enormes y venían uno detrás del otro y todo el día. Te veían trabajar tanto que pensaban que eras refugiado, como muchos allá. En esa oficina casi todos eras de Bosnia, pero a te había llevado un venezolano que sintió cercanía contigo. No profundices en la historia de ese otro venezolano con el que te justabas en cafés a hablar de opciones de trabajo. El que te decía que el mundo se iba a acabar y que el único país que iba a quedar sería Canadá. Ese que estaba medio loco. Obsesionado. Ese que notabas estresado, traumado con esto de no contar con un lugar para caerse muerto, con esto de tener que estar tan lejos y tan solo para tener seguridad. Mejor vuelve a hablar de Nissan. Ellos allá no te creían cuando tú les decías que simplemente estabas viajando por placer y por curiosidad. Te ayudaron más de la cuenta, porque ellos ayudan a todos los que son migrantes. Te dieron el trabajo a pesar de tu no tener licencia de conducir. Allá conociste una solidaridad especial entre personas que vienen de situaciones traumáticas, de Venezuela, de Bosnia, de Filipinas, de a Pakistan, de muchos lugares, de guerras, de dictaduras, de hambrunas. Ese gerente de Nissan te dijo claro: Yo te voy a ayudar, porque eres nuevo acá, y acá ayudamos a los recién llegados.

Cuenta que renunciaste a ese trabajo al cabo un un mes y algo más, porque te fuiste a trabajar a una fábrica de cangrejos en Halifax, en la costa este que mira a Europa. Te tomaste un avión a la costa menos visitada de Canadá. Te costó irte para allá. Te costó decidirlo, porque Canadá era también la costa oeste, Europa, Estados Unidos. Podías ir a cualquier lugar.

Cuando llegaste viste que las condiciones laborales eran malas, que trabajarías de noche, que serían muchas horas, que te pagarían en negro. Puedes contar que llegaste a un departamento cercano a la fábrica, apartado de la ciudad, sin nada cerca, que compartirías con unos chilenos que llegaron igual que tú, con el mismo dato de Facebook. Llegaste a ese departamento al anochecer y hablaste toda la noche con un chileno que trabajaba allá, que compartiría departamento contigo, que antes fue miembro de la Policía de Investigaciones en Chile, que estaba obsesionado con los asesinatos, con las torturas y con el dolor. Él casi solo hablaba de eso. Te contó cómo los entrenaban para ser policías, que era básicamente a punta de palizas. Te habló sobre cuerpos de personas muertas, sobre cómo él espiaba a sospechosos de crímenes, en paredes, siguiendo personas, colgándose en teléfonos. Te habló de las disputes entre colegas, las que se resolvían con combos, patadas y pistolas. Te dijo que era informático y que podía hackear hasta tu propia cuenta bancaria. Te dio miedo ese policía, o ex policía. Hablaron toda la noche. Te preguntaste qué hacía ahí este policía o ex policía, si estaba de vacaciones, si estaba viajando como cualquier persona, si estaba ahí por algo más, investigando a alguien o si estaba ahí porque él mismo estaba escapando de algo.

Cuando amaneció, tomaste tus cosas y te fuiste ningún lugar. Le dijiste a ese policía o ex policía que no te gustaron las condiciones y que si preguntan por ti para el trabajo en la fábrica de cangrejos, que diga que te fuiste para siempre o que nunca llegaste. Simplemente te fuiste. Dejaste el trabajo tirado antes de empezarlo. Tampoco fue tan fácil. Al irte sentiste miedo. Aprovechaste el Wifi de un café y llamaste a tu hermana menor. Lloraste por el otro lado del teléfono. Tu hermana te dijo que te admiraba. Nunca más lo olvidaste. En medio de tu llanto ella te dijo que te admiraba. Eso te dio tranquilidad. Nunca te dijo por qué te admiraba. Solo te lo dijo. Tú pensaste que era por ser alguien que busca la libertad. Eso te hizo sentir bien.

No sé si tu hermana o los demás saben que tu búsqueda de la libertad a veces es la principal barrera para vivirla, porque se transforma en una exigencia. Eso te daba ansiedad.


***


Deja la historia esa de Canadá hasta acá. Si sigues sería una estafa. Se supone que acá quieren leer sobre un viaje en bicicleta por el Altiplano. Sigue hablando de ese viaje por Canadá más adelante. Pero por favor, resume, por favor, para qué tanto detalle.


Putre

No querías cruzar las puertas y por eso te fuiste a viajar. No querías decidir si seguir al este o al norte y por eso tu cabeza, indecisa, no dejaba de funcionar. Pero nunca se te ocurrió parar a descansar, evaluar las condiciones del lugar, replantearte si lo que hacías estaba bien o estaba mal. Para ti estaba bien.

Tan indeciso eras en algunas cosas y tan decidido en otras. Por eso debe ser difícil para los demás entenderte. Tal vez no se imaginan que si tomas esos riesgos, en otras cosas quedas inmovilizado, paralizado, congelado, como si acabaras de ver un fantasma.

Ahí estabas tú. En tu parte decidida. Convencido, focalizado, totalmente entregado, luchando. Nunca te cuestionaste si acaso no era muy peligroso lo que estabas haciendo, más aún con una bicicleta hechiza, más aún siendo un impostor, siendo muy bueno para pedalear, por tu físico, pero muy malo para reparar una bicicleta hasta en las cosas más mínimas.

No es que no conocieras los riesgos. Los conocías perfectamente. Tenías conciencia de las posibilidades, de como podrías accidentarte, de como podrías incluso por un error o un accidente matarte. Sabías todo eso. Lo considerabas. Intentabas reducir el riesgo. Pero nunca dudaste. Nunca, en ningún segundo, se te pasó por la cabeza que esto no era para ti, que hasta acá llegas. Esto sí era para ti. Tu sabías que podías, que lo intentarías, y punto.

Tu no sabías cuánto tiempo duraría esto, pero por algún misterioso motivo habían tramos que no se cuestionaban. Subir al altiplano, por este camino, era un hecho. No estaba en discusión.

Incluso ese día, que por primera vez pensaste que no podías, que físicamente se te hizo durísimo, que tu cuerpo entero, especialmente tu cabeza, por la falta de oxígeno, por la altura, te dolía, no pensaste en abandonar. Pensaste que era difícil, que era incomodo, doloroso, que tal vez no podrías, pero nunca dudaste en seguir, nunca pensaste en replantearte no seguir hacia arriba. Supiste que podrías no lograrlo, pero sabías que no era tu mente la que lo iba a determinar.

No sabes hasta hoy si esto es una virtud o una enfermedad. No sabes si esa actitud es terquedad o valentía. No sabes si es brutalidad o genialidad. No lo sabes, pero intuyes que no es ni lo uno ni lo otro, que eso queda para los demás. Los demás lo calificarán. Para ti debería ser más simple: así eres tú. Punto. Ese eres tu. Punto. Es tu intensidad.

Sabes que tu mente te deja siempre estancado en un mar de indecisiones y confusiones ridículas, pero sabes también que nunca te vas a quedar quieto, porque en algunas cosas tu mente no se mete. No sabes Cuándo, Cómo y Por qué. Intuyes que más o menos podrías saber Qué. Pero sí sabes que a veces tu corazón llega a rescatarte.

Tu corazón te saca de tu mente dubitativa, sobrepensadora, tramposa, idiota. Te dice que lo acompañes, que te va a llevar lejos, muy lejos, y tu vas. Como ahora, que te vio así, tan confundido, y te tomó de la mano y te tiró, te arrojó, te escupió, tal como estabas, desde la casa de tus papás en Santiago hasta el altiplano.

Es el corazón el que te trajo, el que te lleva. Parar su impulso es imposible, porque ese eres tu. Tu no te puedes negar a ti mismo. Eso es un oxímoron. Así que no te quedó más opción que seguir pedaleando, seguir subiendo, seguir soportando ese dolor de cabeza, esa respiración agitada, esa falta de oxígeno, porque ese eras tú queriendo ser tú, y que tu sepas, tu nunca fuiste algo certero, nunca fuiste algo que se pueda explicar en simple. Que tu sepas, tu siempre fuiste por suerte algo riesgoso, algo arrojado, contradicciones, grietas, impulsos.


***


No soportabas más. El camino solo subía y entonces para avanzar tenías que pedalear fuerte, y para pedalear fuerte tenías que respirar, tenías que respirar rápido y fuerte, y respirar rápido y fuerte era justo lo que te hacía mal, porque no había oxígeno, porque te dolía la cabeza, por el sol, por la puna, entonces subir pedaleando era pedalear, desbalencarse, caerse, recuperarse, empezar de nuevo, caerse, recuperarse, empezar de nuevo, hasta que la paciencia se acababa y te tirabas al suelo exhausto, para respirar, para pensar nunca en abandonar, siempre en recuperarse un poco, unos segundos, un minuto, para volver a empezar.

El paisaje se puso café y gris. A los lados viste un conjunto de árboles bajos, antiguos, raros. Árboles en el desierto. Árboles que parecían petrificados. Estaban muy separados uno del otro. Tenían pocas hojas. Nunca supiste lo que eran esos árboles de troncos anchos, de pocas ramas, de pocas hojas, de estaturas bajas, de distancias grandes entre sí, como queriendo respetar la vista del desierto, queriendo respetar la vista del vacío.

Pasó un camión. Muchas horas anduviste solo. Sin un solo automovil que te pasara. Sin una sola alma humana en todo el paisaje. Eras solo tu, el sol y tu respiración. Ese camión fue tu primera compañía humana en todo el día, en el ya avanzado día. Nunca sabrás en qué estado te vio ese camionero. Si sabes que no dudó en detenerse, bajarse del vehículo y ofrecerte transporte, con bicicleta y todo, hasta Putre, hasta la próxima ciudad. Tu te negaste. Tu estas decidido, convencido en completar tu propia vía crucis. Tu estabas ensimismado. Nunca sabrás en qué estado te vio ese camionero, pero ese camionero insistió, no una, sino varias veces en llevarte. Nunca entendió que alguien se negara a semejante ofrecimiento, en semejante lugar, en semejante situación. Entonces aceptaste. No fui yo, no fue mi mente la que renunció a esto, te dijiste, fueron las circunstancias. Te sentiste mal por romper uno de los requisitos idiotas que tenías en tu cabeza: hacer todo en bicicleta, sin ayuda de transportes motorizados. A veces te sientes mal por cosas muy ridículas. Hoy deberías sentirte muy bien por haber aceptado ese aventón. Hoy deberías pensar que ese señor, con ese camión, justo a tiempo, demasiado justo en su tiempo, te salvó.


***


Recuerdas muy bien como se veía Putre al llegar. Lo viste desde el compartimento de carga del camión. Ibas ahí con tu bicicleta. A veces asomabas tu cabeza para ver el paisaje. Te estremeció ver lo que aún te faltaba por recorrer de subida. Lo seco que era, lo aislado que era. Nunca pensando en qué te hubiera pasado sin ese camión. Nunca pensaste en otros desenlaces.

Recuerdas ver la entrada a Putre desde arriba, pero no recuerdas más cosas del camionero. Él te dejó en Putre. Esperas haberle dado las gracias, haberte despedido con amabilidad. Crees que fue así. Estás casi seguro de que fue así, porque tu eres así, pero no te acuerdas de nada.

Estuviste dos noches en Putre. Decidiste que debía ser así. Que necesitabas un día entero de descanso, para aclimatar tu cuerpo a la altura. Caminaste en Putre. Fuiste lejos, alto, muy lento, pero muy constante, para que tu corazón asimile la altura. Tu vista también se sobrecogió con el lugar. Viste a Putre desde las alturas y viste todo el paisaje que lo rodea.

Fuiste feliz en Putre. Allí había muy poco. Eso te daba paz. Casas de piedra y de adobe, colores blancos, sol, pocas personas, personas silenciosas, tranquilas. Era suficiente, para qué más, si Putre estaba al medio de un espectáculo magnífico de humedales, guanacos, montañas y volcanes gigantes.

Tu hostal era una casa antigua. Las piezas tenias techos altos. Las paredes eran anchas. El patio interior era amplio. Recuerdas levemente a dos mujeres, de tu edad, con las que compartiste. Tal vez te gustaban, tal vez les gustaste. La atracción no derivó en nada sexual. Tu nunca fuiste rápido para esas cosas. La atracción sirvió simplemente como el motor para escucharse, para compartir, para conversar, para reírse. Recuerdas que compartieron libros. Ellas andaban con libros. Leíste el libro que ellas tenían. Las Venas Abiertas de América Latina. No estás seguro si era de ellas o si era del hostal.

Al que más recuerdas, más que a las dos chicas, es a él. Al papá. Al viajero y papá. ¿Cuántos años habrá tenido? No te acuerdas. Supones que unos cincuenta. El pasaba más tiempo viajando que trabajando. Pasaba más tiempo viajando que con su familia. El estaba separado. Dos hijos tuvo antes de separarse. Él viajaba mucho, a veces solo y a veces con sus hijos. Hijos de veinte, veintitantos años. Grandes ya. Grandes como para aguantar los viajes, y entonces las ausencias, del papá. El iba y venía. Cuando iba, era solo o con sus hijos. Cuando venía, era o para trabajar, o para ver a sus hijos. No te acuerdas en qué trabajaba. ¿En qué puede trabajar alguien así, para tener esa vida? Su vida era única. Eran sus viajes y sus hijos. Sus viajes eran siempre por acá. Por el norte de Chile, por Bolivia, por Perú. De las personas que conoces, es la que más conoce esos paisajes. Sus viajes eran así. De estar en lugares así, como Putre, apartados, silenciosos, sencillos. De poca gente, de gente tranquila, silenciosa, como son los andinos.

Él es de las pocas personas, en toda tu vida, de las pocas, o tal vez el único, que de forma muy natural, de forma muy convincente, de forma muy normal, te ha dicho Yo soy feliz.


Hacia Parinacota

No recuerdas nada de tu viaje desde Putre hasta Parinacota. Nada. Te esfuerzas, pero no logras dar con ninguna imagen.

Tal vez esa es la libertad, que no haya cosas que recordar. Que no pase nada significativo. Que andes sin pensar nada y entonces sin recordar nada. Que vivas puro presente y no dejes nada para la posteridad.

Tal vez el camino fue demasiado pacífico, demasiado tranquilo, demasiado bueno.

Tal vez solo se debe a que tienes mala memoria, pero prefieres pensar que no recuerdas nada porque fuiste libre, porque pedaleabas y punto. En el presente, en la realidad, en la realidad de la realidad. Que eso fue la perfección.

Prefieres pensar que ese trayecto, del que no tienes ninguna imagen, fue el centro de tu viaje. Quieres pensar que tu viaje pudo ser bueno o no, pudo ser gozoso o sufrido, feliz o triste, pero que por ese trayecto del que no recuerdas imagen alguna, del que quieres creer que tu mente se fundió con el presente, tu viaje habrá valido siempre la pena.


Y después de Parinacota qué

Cálculos en un cuaderno. Pros y contras. Balances. Sumatorias de kilómetros. Kilómetros divididos por días. Números de días. Números hipotéticos. Demasiado hipotéticos. Falsos. ¿Cuántos días? No sabías. Ni sabías si serían meses, semanas o días. ¿Y si no sabías, de qué servía dividir kilómetros por días? ¿Y de qué servían los kilómetros sumados, si ni sabías donde irías?

Llenaste páginas de números y de cálculos falsos. Páginas y páginas. Tal vez fue la forma que encontraste de evadir tu incertidumbre. Tu vacío.

El desierto que atravesaste también estaba vacío. Pero era diferente a ti. El desierto llevaba milenios así. Hace milenios se había vaciado y hace milenios lo había asumido. Tu parecías estar lejos de eso. También parecías necesitar milenios para poder aceptar. Entre el desierto y tu se notaba la diferencia de edad. Uno calmo, apacible, asumido; otro inquieto, hiperactivo, confundido.

Te preguntaste cómo hacías para que el vacío de ese paisaje te pudiera calmar, porque eso sí recuerdas, que a pesar de todo lo mirabas y te calmaba. Cómo hacías para que no sea siempre un contraste vertiginoso, una incomodidad. Te preguntaste si lo aceptabas tal cual o si de diferentes formas, con cálculos inanes en tu cuaderno, con preocupaciones hipotéticas, con inventos, con ansiedades, lo veías así de grande, así de vacío, y entonces en vez de mirarlo, en vez de resignarse ante un espacio de milenios y de kilómetros de nada, de simpleza, de tierra seca, de alguna forma, aunque fuera imposible en una vida tan corta como la tuya, lo querías llenar.

Te preguntaste si tal vez por eso te gustaba tanto el sur, lleno de agua, lleno de hielo, de ríos, de lagos, de vegetación, de bosques. En el sur tu vista no se desafiaba por el terror de la nada. En el sur el agua se preocupa de llenar con verde cada rincón. Tal vez esa es una de las razones por las que en el sur puedes descansar.


***


Al norte estaba Visviri. Visviri es una localidad interesante. Ahí se mezclan las naciones en un comercio vivo. Un mercado famoso, que junta tres naciones, vive en esa remota ciudad. Ahí se borran las fronteras, como es todo acá, porque acá todo es antes altiplanico, andino, aimara, antes que chileno. O antes que peruano, o antes que boliviano. Visviri queda muy al norte, lo más al norte, pegado al borde de la frontera norte de Chile. Demasiado en el borde como para dudar de que sea chileno. Por ahí sigues hacia Perú, luego Ecuador, luego todo América.

Ya sabemos que por el este, por el paso de Tambo Quemado, vas a Bolivia. Bolivia es hermosa. Es diversa. Es de altiplano y de selva. Luego, ya en la selva, de pronto será Brasil. Brasil será tan gigantesco como caluroso y desconocido para viajar.

Y tu no estabas ni en Visviri, ni en Tambo Quemado, ni en Perú, ni en Bolivia, ni en Ecuador, ni en Brasil. Estabas en Parinacota sin saber por donde seguir.

Parinacota es un pueblo famoso. Las fotos de sus iglesias son famosas. Tu también las fotografiaste al llegar. Fueron hechas de piedra, barro y paja. Tienen una forma colonial y un color blanco elegante, rústico y elegante, que juega muy bien con el paisaje, con el verde claro y amarillento del altiplano, con el blanco permanente de las cumbres de los volcanes. Las vistas a los volcanes son espectaculares. Son enormes y dominan todo el paisaje. La laguna, o bofedal, que está en su costado la adorna con aves y vida muy cerca. Es un pueblo muy pequeño y es un buen lugar para estar. Tal vez mejor si no hubieras estado así, tan indeciso, tan ansioso. Tal vez te pudiste haber relajado un poco y la pudiste haber disfrutado más.

Mañana seguirías a uno de esos dos rumbos. Mañana. No pasado mañana. Tenia que ser mañana. ¿Por qué te ponías esos plazos? ¿De qué escapabas? ¿De qué creías que escapabas? ¿Quién te apuraba? ¿Quién creías que te apuraba? ¿Qué te presionaba?

Ya no podías. Ya te cansaban esos cálculos inanes. Kilómetros más kilómetros divididos en días. ¿Qué kilómetros? ¿Cuántos días? No sabías.

Ibas y volvías. ¿Cuántas veces fuiste y volviste? Varias. Más de las que te gustaría aceptar. Desde tu campamento, al borde del pueblo, pegado a una pirca de piedras que te protegía del viento, mirando la laguna, esos volcanes hermosos y gigantes, hasta el pueblo, hasta el restaurant, el mismo restaurant donde comiste una cazuela apenas al llegar.

En el restaurant estaba ese señor local que conocía muy bien los alrededores. A él le pedías consejo. Que si en caso que fuera hacia Bolivia, qué me espera allá. Qué si en caso que fuera hacia Perú, allá que me espera. Una vez ibas preguntando por el camino hacia Bolivia y al rato volvías por el paso hacia Perú. Cuántas veces te vio llegar de nuevo ese señor. No lo recuerdas. Tal vez por vergüenza no lo quieres recordar. Más de tres, seguro. Ese señor te tenía paciencia, porque paciencia es lo que hay que tener con alguien que te pide consejo, información más de una vez, y que además cambia de parecer, y entonces te vuelve a pedir consejo, información, más de una vez, pero esta vez no para Tambo Quemado, sino para Visviri, y luego no para Visviri, sino para Tambo Quemado. Paciencia es la que tuvo ese señor. Compasión tal vez. Empatía.

Oye muchacho, cuando tomes una decisión. Cuando sepas para donde partirás mañana en la mañana, avísame, por favor, así yo me quedaré tranquilo sabiendo más o menos donde estarás. Si pasa algo, será bueno saber dónde andas. No pasan muchos ciclistas como tú por acá, y acá es peligroso, es frío.

Está bien señor. Así será. Cuando tome una decisión le avisaré.

Volviste a tu carpa. Tenías la misión de decidir e informar de tu decisión al señor.

No podías decidir. No lo lograbas. Entonces dejaste que la suerte lo haga por ti. Tomaste una moneda. Cara era hacia Visviri, hacia Perú, hacia Ecuador. Sello era hacia Tambo Quemado, hacia Bolivia, hacia Brasil. Cara o sello. El azar haría lo que tu ya no podías.

El primer intento fue invalidado. Cayó en cara en tu mano, pero luego se te cayó de la mano y termino en el suelo, con sello. No sabías cuál validar, si el primero o el segundo resultado. El primero tenía sus motivos. Era lo primero que salió, era el primer resultado a respetar. El segundo también tenía lo suyo. Era el definitivo. Era como al final, después de toda la caída, ya en el suelo, quedó. Hiciste un segundo intento y dio cara, pero tal vez empató con el sello anterior, porque el argumento de que el sello era el que finalmente había quedado era bueno, era mas convincente. Entonces cara y sello estaban empatados. ¿Entonces un desempate? No. Esto no funcionaba. Esto se había invalidado desde el principio. Nunca sabrás si fuiste tu mismo quien saboteó todo o si el accidente de la mano y el suelo en realidad ocurrió sin tu voluntad y tu participación.

No seas iluso. Acá nada pasa por sí mismo, acá pasa lo que tu quieres que pase y si no sabes qué quieres entonces lo que pasa es pura confusión. Entonces ni la suerte te ayudaría. La suerte no te iba a sacar de acá. Si algo en limpio puedes sacar de esta escena patética es que estas cosas no se delegan a una moneda.

Decidir quien parte en un juego de mesa, sí. Decidir quién parte pateando los penales para definir un partido empatado, sí. Decidir quién lava la loza, quién va a comprar más cerveza, quién se queda con el control del televisor, si. Si, si, si. Esas cosas, sí. Decidir dónde viajar, decidir estas cosas de tu vida, no.

En el frío amanecer del siguiente día, entre las escarchas heladas de la carpa y tus dedos petrificados, tomaste una decisión. Irías a Visviri. No recuerdas por qué. Tal vez, porque dejaba más opciones, más fantasías abiertas hacia el norte. Tal vez porque en verdad nunca quisiste ir tan hacia el este, no por Bolivia, sí por Brasil, que te parecía exótico, raro, por su clima, por sus ciudades, por su inseguridad, difícil para pedalear, porque no tenía lo que a ti te gusta, que es la montaña y no sabes si el frío, pero al menos no el calor tan extremo y al menos sí los paisajes que han sido fabricados por heladas.

Ese señor estaba reposando en una silla de descanso, al aire libre, justo afuera de su restaurant, disfrutando los primeros rayos del sol, disfrutando el aire del amanecer. Tu llegaste pedaleando, con tu bicicleta armada, lista para viajar. Iré a Visviri, le dijiste. Que bien. Gracias por avisar. Me tranquiliza saberlo. Buen viaje muchacho. Gracias a usted. Un gusto conocerlo.

Avanzaste por un camino recto que se mete sin vacilaciones en el desierto. Sin curvas. Sin vacilaciones. Tal vez eso te incomodó. Nunca lo sabrás. Nunca sabrás realmente que te pasaba. Por suerte estabas solo, porque alguien te hubiera querido zamarrear. Lo más seguro es que te hubiera querida golpear. Al menos gritar. Llevabas 500 metros o tal vez más. Un kilómetro, tal vez. Paraste. Miraste a todos lados y te diste la vuelta. Cambiaste de opinión. Volviste a Parinacota. No irías a Visviri. Si irías a Tambo Quemado.

Cuando pasaste nuevamente por Parinacota, ahí estaba el señor. Aún sentado donde mismo, mirando el amanecer, viendo como avanzaba hacia lo alto el sol. Te miraba con cara de intriga, de sorpresa, tal vez de enojo. Y este loco que hace otra vez acá, debió pensar.

Hola de nuevo. Vuelvo porque cambié de opinión. No iré a Visviri. Iré a Tambo Quemado. Por eso paso de nuevo por acá. Porque me di la vuelta. Pero ahora ya me voy.

El señor no lo podía creer. Más bien fue a ti a quien te dejó de creer. tu dejaste de ser alguien importante para ese señor. El señor, que antes fue tan paciente, tan empático, levantó la mano con desgano y miró inmediatamente hacia otro lado, como diciendo que ya no le importaba. Ándale a la cresta, fue lo que el señor no dijo, pero que tu escuchaste con su cuerpo, con su expresión. Ni modo. Te fuiste. Te despediste. El señor mantuvo su mirada en el amanecer, te ignoró y nunca se despidió.


Bolivia

Cruce [adaptar prosa y relato a estilo general]

¿Qué me recomienda para hacer allá?

Te recomiendo no ir.

Después de que te dieron la autorización oficial para salir del país pediste al funcionario de la Policía de Investigaciones alguna recomendación sobre tu viaje.

¿Qué me recomienda para hacer allá?

Te recomiendo no ir.

Eso dijo mientras terminaba de digitar información en su computador, al otro lado de la ventanilla. Lo decía, él aseguraba, Por tu propia seguridad. Porque eres chileno.

No recuerdas qué cosas más dijo. Básicamente que del otro lado de la frontera, de la frontera que acababas de ser autorizado a cruzar, todos te odiarían, porque eres chileno y allá todos odian a los chilenos. Te contó que hace poco un chileno fue linchado en un pueblo que estaba justo al otro lado de la frontera, cerca de donde tu ibas. No recuerdas bien por qué. La historia ahora te parece inverosímil. Si hubiera sido así, lo recordarías más, habría aparecido en los medios, tus cercanos se hubieran preocupado más. No sabes si el policía exageraba, si eso del linchamiento fue real o no. Lo importante era que según él, en esa época, en esa zona, la hostilidad hacia los chilenos iba en aumento.

Gracias por el consejo, le dije, porque no supe qué decir. Y seguí mi camino hacia Bolivia.


***


El cruce fronterizo de Tambo Quemado está a más de 4.600 metros sobre el nivel del mar. En la parte más alta, en esa tierra de nadie que está entre la aduana chilena y la boliviana, el cambio trasero, que se encarga de cambiar las velocidades de la cadena en el piñón, se dobló en más o menos 45 grados, como se doblaría un objeto de plasticina, como si no fuera de acero y aluminio. No aguantó más fuerza, porque lo mío era subir y subir desde Arica a cero metros de altura, hasta acá, a 4.600, y mi bicicleta era una montañesa armada con piezas baratas, adaptada para un viaje improvisado, con un cambio trasero que claramente no estaba preparado para este nivel de exigencia.

Cuando intenté llevarlo a su posición original, moviéndolo y forzando sus materiales, no aguantó más y definitivamente se rompió. Quedé con todo el cambio trasero en mi mano y entendí que mi bicicleta, desde ese momento, ya no funcionaba como tal.

Sabía usar el cortacadenas para cortarla y sacarla, pero no para volver a unirla, por lo que pude sacar el cambio trasero y la cadena. Ahora tenía media bicicleta, o un tercio de bicicleta, porque sin cadena funcionaba como tal solo de bajada, con el vuelo que da la gravedad, y en plano o de subida solo servía para llevar mis cosas. El resto del trabajo tenía que hacerlo caminando, con la bicicleta al lado.

Entonces me puse a caminar, aún de subida. Si no quería dormir en esa tierra de nadie, tenía que apurar el paso, porque ya se terminaba el turno de atención de la aduana y a eso le seguía el frío y la noche.

Tras más o menos una hora llegué a lo más alto. Vi hacia Bolivia y supe que estaba salvado, porque además de una fila enorme de camiones parados que iban en dirección a Chile, vi que era solo bajada, mucha bajada, que era un valle inmenso hacia adelante, solo de bajada, y mi bicicleta volvió a funcionar con esa parte que aún servía.

Así llegué a la aduana boliviana. Y si hay algo fácil en Bolivia, es entrar por una aduana: te timbran lo que quieras y pasas, sin preguntas, sin revisarte nada, solo con timbres oficiales en los papeles que les muestres. Luego, pura y constante bajada, y ya en el ocaso llegué al temido Tambo Quemado, el pueblo anti-chileno, un lugar notoriamente pobre, con edificios bajos y antiguos, en medio del duro y amplio altiplano, lleno de camiones, de neumáticos y de comercio de paso para los camioneros.

Paré donde tenía que parar, en la plaza principal, porque en ese lugar terminaba la bajada, y antes de que me diera cuenta, en no más de dos minutos, tenía a unas treinta personas rodeándome. No me dejaban ir para ningún lado; sus caras eran de curiosidad y fascinación por ver a un cicloviajero, con su bicicleta y sus alforjas. Me llenaron de preguntas, como una conferencia de prensa improvisada donde cada vez se sumaban más curiosos. Yo ni siquiera me había bajado de la bicicleta, y cada vez estaban más cerca mío, y yo cada vez más rodeado. Que De dónde vienes, que Adónde vas, que Dónde duermes, que Cómo lo haces con el agua en el desierto, que De dónde eres. Les dije que soy chileno, y les gustó, y me dijeron que Chile debe ser lindo. Por acá se ven pocos chilenos, casi nada, a pesar de que estamos tan cerca, de que somos hermanos. Uno de ellos dijo que somos hermanos, y eso me emocionó.

Esa noche alojé en un hostal de Tambo Quemado, muy malo, muy sucio, en muy malas condiciones, porque Tambo Quemado es pobre. Al día siguiente subí mi bicicleta y mis alforjas a al menos tres minibuses que iban conectando pueblos del altiplano hasta llegar a La Paz. Compartí viaje con cholitas, con gallinas, con obreros, con campesinos, con estudiantes.

El último minibús que tomé no me dejó en La Paz, como yo quería, sino en su periferia, en El Alto, conocido por ser peligroso.

Ahí quedé yo con mi media bicicleta y mis alforjas, en medio de la calle. Pensé que mi mejor estrategia contra posibles ladrones era que se acerquen curiosos y que nos hagamos amigos. Y no tuve que hacer mucho esfuerzo para que la escena de Tambo Quemado se repitiera: curiosos rodeándome, hablándome, preguntando. Mientras les respondía, armé mi bicicleta y monté todo mi equipo. Y volví a escuchar, entre los que me rodeaban, Somos hermanos.

Llegué al centro de La Paz, en bicicleta, con la parte que funcionaba, porque desde El Alto es pura bajada. En La Paz estuve unos días, vi a una amiga paceña, a Gabriela, que me trató muy bien, que me presentó a amigos y a su marido. Con ellos compartimos paseos y cenas. También fui al estadio a ver el clásico Bolívar versus The Strongest. Conocí el mítico estadio de las eliminatorias sudamericanas, donde Maradona se comió seis goles como DT de Argentina. Vi al chileno Rodríguez en un gran momento, y también a Chumacero —tremendo jugador— en vivo, en un partidazo, en un espectáculo de estadio lleno, con clima de clásico, con trompetas, con hinchadas que cantaban todo el partido. También arreglé mi bicicleta en un taller.

La Paz, si la vemos desde un punto de vista occidental, no es una ciudad linda, pero es muy interesante para un chileno. Volvería feliz, en alguna fecha festiva, porque tiene tantas fechas festivas como culturas y lenguas milenarias conviviendo en simultáneo.

En La Paz terminé de comprobar que pude solucionar un accidente que ni imaginaba. Yo solo imaginaba la tortura de parchar un pinchazo. No quería enfrentarme a la vergonzosa realidad de estar viajando por Sudamérica en bicicleta sin saber parchar bien una cámara. Pero fue mucho más que eso: tanto más que terminé sin cadena, sin cambio trasero, en un paso fronterizo de altura. Pasó todo eso, pero en realidad todo estuvo bien y entonces no pasó nada. Solo cambió el plan de mi viaje, ¿y qué importa?, si los viajes son también para eso: para que uno pueda perder el control.


Apuntes: La Paz

Haz justicia con La Paz. No puede quedar solamente ese texto en el que te ensañas con ella. A La Paz le tocó el hastío. No puedes ser tan injusto con esa ciudad. No puede ser que lo único que digas sobre La Paz sea una colección exagerada de cosas que te colmaron la paciencia, a las que te refieres con animadversión.

Escribe algo para hacer justicia. No es necesario que inventes nada. Tu ya conocías esa ciudad desde antes. Cuando fuiste

Habla bien de La Paz. Habla de Gabriela. De ella y del tiempo con ella.


La Paz

Para no pagar impuestos, casi nadie termina sus casas. No las pintan, quedando la ciudad tapizada de color ladrillo, dando al paisaje urbano un aspecto de construcción mediocre a medio hacer. No sé si es una nula preocupación por la estética u otra forma incomprensible para mi de entenderla.

Tal vez esta estética, si puede llamársele así, es heredera de la cultura aymara, la que es notable en la pampa altiplanica. Ahí pueden destacar sus colores fuertes en contraste con el desierto. En ese paisaje queda claro que hay cultura ahí donde escasea el agua y el aire. Esa fuerza se desvanece, o más bien se confunde, por acoplarse de forma para mi tan rara, tan inconsciente, con la ciudad.

En el contexto urbano, la estética andina pasa de ser un arte magistral y un testimonio de una cultura milenaria a una especie de diseño kitch ultra saturado, el que me hace recordar, más que a la grandeza del tahuantinsuyo, a la estética de esas iglesias evangélicas rimbombantes, esas que decoran a Cristo con los colores más fuertes y chillones posibles, con flecos dorados y cordones blancos de los que cuelgan flores y globos pintados con colores dorados, como si el más mínimo espacio sin color o sin adornos fuera un vacío sin el Dios que adoran, como si el ojo, entonces, tuviera que resignarse, más que por convicción o curiosidad estética, por la mera saturación.

Dejémonos de cuentos bienpensantes: la ciudad es fea. No hay vuelta. Otros podrán decir lo contrario. Tal vez por convicción, por quedar bien. Esta es mi sincera opinión. Si quieren cambiarla, entonces que la hagan de nuevo, o que trabajen hasta el cansancio para mejorarla. Yo no ayudo. No estoy de humor. Yo me voy.

Si buscar la identidad local, si distinguirse de la cursilería pretenciosa de ser más occidental, si estar orgulloso de lo propio para no mirar a cada rato lo ajeno es esto, prefiero ser un cursi europeizante o agringonizado. Con este intolerable ejemplo mejor renunciar a algo propio. Díganme cursi, cuico o snob. Todo eso lo acepto antes que decir que es muy lindo este gallinero, o muy digno, o muy interesante, o muy pintoresco u otro adjetivo calificativo diplomático que si se piensa con un poco más de perspectiva hace un flaco favor, pues se le hace un flaco favor al malo diciéndole que es bueno sólo para salir del paso, sin permitirle replantearse a si mismo, o al inútil diciéndole que es talentoso, sin ayudarle a buscar más caminos. Sin embargo, no soy tan genuino, ojalá lo que escribo sea para ayudar. En realidad es solo por desahogo. Sí, es una rabieta, porque estoy mal. Son notas que registro en mi celular mientras camino por estas calles buscando dónde arreglar mi bicicleta para seguir con mi viaje. No encuentro ningún lugar, ni para escribir ni para arreglar mi bicicleta.

Quiero ser insolente. Tengo ganas. Lo siento, pero le tocó a esta ciudad estar al frente mío, así que va a tener que aguantar.

Si hay alguna posibilidad, acá siempre termina ganando lo feo, sea por falta de plata, despreocupación, mal gusto o algún motivo que ni averiguaré, porque cuando mi bicicleta esté arreglada en un santiamén me iré de acá. Ni la más pudiente de las esquinas, aquellas que pueden terminar sus construcciones porque hay más recursos, se libera de compartir sus espacios con obras horribles que más bien parecen demoliciones. Ojalá fueran eso, pero ni son demoliciones ni incendios ni un reciente bombardeo. Son así, así quedaron: decadentes. Son desechables. Hasta las fachadas bonitas, con sus harapientas casas vecinas, corren la misma suerte.

Pues claro, quien no va a ver todo esto como desechable, si la ciudad se levantó sobre una red de ríos y lagunas subterráneas provocando eternos problemas estructurales por la mala calidad del suelo para edificar. Incluso generando derrumbes en las partes escarpadas, las que ceden después de lluvias intensas. Supongo que en esos lugares no debería volver a construirse, pero eso es lo que suele pasar: esos lugares se vuelven a edificar, porque aquí no hay control ni parece haber planificación. Cada uno se encarama donde puede, incluso sobre esas laderas de tierra que parecen relaves, o esos despeñaderos que parecen estar hechos para más temprano que tarde volver a derrumbarse.

Mejor cerrar los ojos o evitar la mirada. Pero eso agudiza el olfato e inmediatamente llega hasta el cerebro el olor. Llega la orina y la basura acumulada. Si obviamos el olfato no hace falta adivinar que la próxima víctima es la audición. El ruido no da descanso. Los vehículos pasan como cardumen por las calles y sus baches, sin respetar nada, ni pensar a los transeúntes. Van tocando la bocina como si siempre estuvieran apunto de pasar muchos accidentes, porque yo supongo que la bocina es para eso, para los accidentes. Pues todo esto es un gran accidente, una sumatoria de desagradables accidentes. Tal vez las bocinas señalan eso: accidentes por todos lados, de basura, de congestión, de ruido.

Además, como las callen suben y bajan todo el tiempo, como si simularan olas de alta mar, se escuchan por todos lados motores sobre revolucionados. Los transportistas de minibuses, que aparecen por todos lados y en todas las direcciones, también tocan las bocinas incansablemente para competir por pasajeros. Algunos, en las ferias itinerantes, ponen con enormes parlantes una música andina electrónica y creo que un poco sound, una fusión rara, sin importarles ni siquiera que a cincuenta metros otros hacen lo mismo con rock, cumbia o esa misma mezcla desafortunada. Todo lo anterior al mismo volumen, confundiéndose dos o más melodías que ya por si solas son incómodas, quedando una mezcla sonora tortuosa, dejándome más mal genio y más perplejo al no percibir en ningún rostro cercano alguna insinuación de disgusto o desprecio por esta irrespetuosa y ojalá inconsciente violación del ambiente. Y no se detiene ahí, porque también están los vendedores ambulantes, gritando sus productos, o los policías de tránsito, a quienes alguien rara vez obedece, pues solo están ahí para intentar hacerse notar con su silbato, el que compite de igual a igual con los incansables bocinazos. Y nadie toma en cuenta a los policías y los policías insisten en hacerse escuchar, y el resultado es que están todo el día con su silbato agudo haciéndolo sonar.

Como las calles son tan estrechas y las veredas peatonales casi nominales, todo se siente más cerca, demasiado cerca de mi oído. Se escuchan las conversaciones. Parecen borrachos.

Todo ese ruido, todo en una incompresible orquesta permanente que parece no tener escapatoria en una ciudad construida sobre un gran hoyo, como si alguien se hubiera avergonzado y hubiera cavado un agujero gigante, querido enterrar estas casas, caminos, puentes y edificios para siempre, pero habiendo olvidado cubrirla de tierra, dejándola todavía viva para seguirse multiplicando, ahora desde el fondo del orificio hacia afuera, pues ahora no solo es el hoyo, ya ganó terreno hacia afuera.

Si alguien quiere venir a cubrirlo de tierra, terminando la tarea inconclusa, le advierto que ya es demasiado tarde, pues en la periferia, en suelo plano y ya a 4000 metros de altura, sin aire y con frío, la ciudad crece al pulso de la aún importante migración campo-ciudad. Allí los lustrabotas andan con pasamontañas para no ser reconocidos por la ley. Allí existe la feria más grande del mundo, la que ofrece de todo, desde autos enteros hasta piezas de aviones.

Allí las cholitas mandan. La tentación de fotografiarlas por sus pintorescos vestidos se difumina al saber que les carga que lo hagas, arriesgando una paliza o al menos un insulto. Ellas no están para los gringos imbéciles como yo. Además, la tentación de acercarse se esfuma cuando notas que mean ahí mismo, en la calle, bajo sus vestidos, que son de las que contribuyen a ese aroma de la ciudad. Que tiran la basura a la calle así como respiran o miran, que se resisten a gestos tan sencillos como devolverte el saludo, que no ceden ni un centímetro su cultura rural a las nuevas necesidades de convivencia urbanas.

No hay escapatoria, he pasado horas caminando por escombros, recovecos, calles, plazuelas, avenidas y barrios buscando un lugar que me libere del mal olor, del ruido y de tener que chocarme con todos y con todo en cada segundo y en cada metro cuadrado. Solo conseguí fatigar mis piernas, porque no hay más que un puñado de calles planas en la que se pueda andar. Son cerros inclinados por todos lados uno tras otro y sin fin, y son calles que suben y bajan desparramadas, como burlándose de ti, de tu estado físico y tu orientación espacial.

Subir y bajar calles es exigente, y más si estás en la altura y hay menos oxígeno. Acá no se puede respirar normalmente. Hay que luchar contra el aire enrarecido y tener que respirar exageradamente por la boca, cuyos labios duelen, porque ya se habrán secado y partido por la falta de humedad en el ambiente.

Ni pensar en encontrar fácilmente un café o un restaurant en donde refugiarse. Los cafés, donde uno puede ir a respirar, a conversar, a leer o simplemente estar y procrastinar no existen o aún no los veo ni en la zona sur, donde está la gente cuica, pituca como yo, porque ahora si que me siento cuico. Los restaurantes ni hablar. La comida callejera no es el lugar de mejor recomendación. El bajo precio de esos locales callejeros se paga más caro con la diarrea casi garantizada.

Tuve que refugiarme en el Burguer King y en los patios de comida rápida, los espacios más agradables, por limpios y “silenciosos”, que encontré.

O esta es una ciudad nefasta o yo soy un viajero muy nefasto, o ambas combinadas. Tal vez la veré con otros ojos en otra oportunidad. Tal vez he pasado muchos días pedaleando en el silencio del desierto y me desacostumbré a la locura de cualquier ciudad. Tal vez un día vuelva con otra actitud, buscando fundirme con el ruido, ese que yo sé que es magistral, con el sonido fuerte de sus costumbres milenarias, de su Carnaval, tal vez un día con esta ciudad nos podamos reconciliar. Así será: un día volveré a la miraré desde el asombro. No es esta oportunidad.

Ahora que ya está lista mi bicicleta, tengo que hacer mis últimos tramites y mañana, antes del alba, mandarme a cambiar. A ver si puedo, porque los transportistas con sus sindicatos anunciaron que mañana se paralizarán y cortarán los accesos de la ciudad. En el hostal nos recomendaron no salir. Yo me voy igual. Supongo que los transportistas quieren hacer un bien a la humanidad, pues para eso que solo detengan a la gente que quiera entrar. A los que nos vamos, por favor, dejadnos en paz.


Apuntes: Pepino es fundamental

Pepino (su historia y su historia posterior en Patagonia)


Apuntes: El Titicaca

El titicaca.

Y los suizos y los franceses

Acá y en muchos lugres más las cholitas me querían comprar a Pepino. Pepino fue un personaje más. Fue mi Wilson.


Perú

Puno

El policía fronterizo peruano ya te había entregado tus papeles para entrar al país. Ya podías entrar a Perú en toda regla. Ese oficial nunca entendió por qué lo perseguirte por toda la sede fronteriza, como si él te hubiera robado algo a ti. Tú y ese policía parecían una gallina persiguiendo a su pollito por todo el corral. Tú eras la gallina, porque eras mucho más alto que él y porque tú eras el que lo perseguía. Él no quería nada más contigo. Ya te había dejado pasar y punto. Tú no lo soltabas. No lo dejabas tranquilo. Ibas tras sus pasos, con tus bolsas de comida en tus manos.

Señor oficial, olvidé declarar que llevo conmigo estas bolsas de comida orgánica y que están abiertas. Quiero mostrárselas, señor, para que pueda revisarlas. Dígame si puedo o no entrar a su país con esto.

El señor ni te miró a la cara. Tampoco miró esas bolsas de comida. No le importaban.

Sí, sí, normal, puede pasar. Vaya, nomás, te dijo el policía.

Pudo haberte dicho que lo dejes de molestar, que aunque llevaras droga él no tenía ganas de revisarte, que no seas terco, que te vayas a la cresta y rápido. Seguro quería decirte algo así. Lo tenías cansado. Entendiste que estabas haciendo el ridículo. Esta no era la aduana chilena donde te revisan hasta tus pensamientos. Acá te timbran, te ven la cara y te piden que pases para que dejes de molestar. Punto final.

El policía te dijo sí, que puedes pasar, porque era un buen tipo, porque pudo haberte mandado a la mierda si así hubiera querido, pero te dijo que sí, que pases nomás, en primer lugar, porque así lo dejarías de molestar, porque era la forma más eficiente para hacer que lo dejes de perseguir de aquí para allá.


***


Kasani, Yunguyo, Cuturapi, Pomata, Callumaqui, Juli, Llave, Acora, Plateria, Chucuito.

Pueblitos que bordean el Titicaca por el sur, desde la frontera con Bolivia hasta Puno. Casas cuadradas, de cemento blanco y gris, de ladrillos naranjos, de techos planos, distanciadas unas de otras. Entre ellas hay suficiente espacio para que pueda verse el lago que parece mar, el cielo y el altiplano.

Van pedaleando por un camino amplio. Las personas los miran mucho al pasar. Eso es normal. Tú y ellos están acostumbrados.

Allí van esos que viajan en bicicleta. Allí van los gringuitos de la bicicleta, debieron decirse entre ellos los pobladores, o al menos debieron pensar.

Algunas casas eran de colores fuertes. Rojo, naranja, amarillo, verde claro. Hacían buen juego de tonos con el paisaje azul marino del lago, con el verde seco y el amarillo del altiplano.

Era un largo camino que bordeaba el lago mar. Eran esos pueblitos. Era cielo celeste claro despejado. Era el paisaje amarillo y gigante por todos lados. Era un viento fuerte que soplaba frío desde el frente, que hacía que tu cámara de fotos y tu celular dejen de funcionar. Era mucha vista y mucho paisaje. Era un camino de casas que se dejan espacio unas con otras, de un paisaje colorido, ventoso y relajante.

En algunos pueblitos las ferias estaban abiertas. Estaban llenas de gente y de actividad. Viajar en bicicleta tiene ese placer. Pasas, compras comida fresca, como pan y verduras, la amarras en la parte superior de tus alforjas traseras y luego sigues con tu recorrido. Eso es lo que hiciste. Era cosa de parar, meterse en la feria, comprar, cargar pan y verduras, comer un poco de eso y continuar. Esa rutina es entretenida, es deliciosa, es liviana, es lujuriosa.

Muchas cholitas te miraban. Sonreían. Algunas se reían. Miraban tu pepino amarrado en la parte trasera de tus alforjas, justo donde acomodadas tus panes y tus verduras.

Te compro tu pepino. Te pago 15 soles por tu pepino. Te pago lo que me pidas por tu pepino, te decían.

A todo el mundo le encantaba tu pepino. Cuando veían que ibas con él se alegraban. Algún gesto de alegría te devolvían. Te encantaba que les encantara tu pepino. Ahí ibas tú, con tu bicicleta, con tus alforjas, con tus panes y tus verduras frescas amarradas arriba de tus alforjas, con tu humanidad arriba de toda esa bicicleta pesada, y con tu pepino, amarrado justo al lado de tus panes y tus verduras.

Te sentías especial, afortunado, cuidado, ayudado por tu pepino. No ibas solo, ibas con tu pepino. Estaba perfectamente bien que estés con él, mostrándolo, exponiéndolo, repartiendo su sonrisa por donde fueras a pasar.

No está en venta el pepino, dama, les decías a las cholitas.

Respondías con una sonrisa, porque gracias a él todas esas conversaciones eran en un clima de complicidad y de alegría. Eso era para ti. Ese era el regalo de tu amiga. Eso es lo que ella te había dicho, que era símbolo de alegría, de carnaval, eso es lo que tu habías querido escuchar, es lo que te había gustado tanto escuchar y eso es lo que sería. El pepino era la fiesta, era la felicidad hecha muñeco, representada en un muñeco, y ahora la fiesta del carnaval, y toda esa energía, iba contigo en tu bicicleta, amarrada justo al lado del pan y la verdura fresca recién comprada en estas ferias entretenidas, variopintas, llenas de vida, en estos pueblos que bordean este lago mar, llenos de aire, llenos de viento, con vistas profundas, en este día tan especial. Eso no tenía precio. Eso, el pepino, no se vendía.


***


Puno era otra cosa. Era más grande. Era una mancha grande de naranjo ladrillo encaramada entre los cerros que terminaban cayendo abrutamente al Titicaca.

Sus calles eran muy pequeñas para la cantidad de peatones y motos que pasaban. Las grietas de las calles eran demasiadas para todas esas motos y todos esos vehículos, de todo tipo, que circulaban. Las paredes eran demasiadas para todo ese ruido que se acumulaba. Las casas eran las mismas de los pueblitos que recién habías pasado, de cemento y de ladrillos, pero estaban todas demasiado pegadas y encaramadas. No sabías quién compraría tanta cosa, porque en todos lados alguien vendía algo. En cada rincón había un puestito de algo, de cosas o de comida, de mucha, de demasiada comida. Los olores eran fuertes, por las ferias que funcionaban con mucha intensidad y por la humedad estancada, que salía de las alcantarillas y se mezclaba con el olor a pescado o maíz del mercado. Puno era lo que antes te había gustado en los pueblitos, pero estaba muy junto, demasiado junto y mezclado.

Cenar en ese mercado era mala idea, pero candidatos a llegar hasta el final, hasta las últimas consecuencias con las malas ideas, siempre hay. Tú siempre fuiste uno de esos candidatos. Siempre lo has sido. Ahí estabas tú, listo para decir presente, para llevar a la práctica hasta las últimas consecuencias una idea tan mala como esa, como ir a cenar al mercado de esa ciudad.

Fuiste con los holandeses. Ellos querían cenar allí. Ellos te invitaron a acompañarlos. Tú los quisiste acompañar. Te comiste algo que parecía una cazuela. En Chile ese plato sería algo cercano a una cazuela. Sopa con un poco de arroz, con un poco de maíz, con pollo y con otras especias. Después vino el plato de fondo. Era un pollo con arroz, nada del otro mundo.

Adivinen, pues, que fue lo que pasó. Adivinen cuáles fueron las consecuencias de esta idea ya consumada. Pues es fácil adivinar las consecuencias. Es fácil adivinar que esa noche no dormiste nada, que te la pasaste yendo al baño a botar esa cena lo más rápido que tu cuerpo pudo, que después volviste a ir al baño para botar todo lo que tu cuerpo tuviera aún de comida, que después volviste a ir al baño porque tu cuerpo botaría todo, y si ya no había comida entonces botaría tu líquido, todo el líquido que podía. Tu cuerpo se sentía envenenado y quería botar como fuera, con toda su furia, todo lo que tuviera. Si hubiera podido botar sus propias tripas, si ellas no estuvieran aseguradas entre ellas, agarradas, pegadas entre ellas, ellas también hubieran todo expulsadas, también se hubieran ido por ese escusado. Tu sentiste que tu cuerpo querían botarlo todo. Era alguien enojado que no quería saber nada de nada, que no quería nada, que todo lo agarraba y aún con rabia lejos lo lanzaba.

Te deshidrataste. Botaste todo lo que hubiera sido líquido o comida. Sentiste frío por fuera y tu piel hervía. Tu cuerpo estaba muy a la defensiva.

Agradeciste tener una habitación personal con baño privado. Ya no sabías dónde pasabas más tiempo, si en el baño o en la cama de esa habitación. Como fuera, estar solo te permitía quejarte, hacer muecas, decir palabras sin sentido, rezar, tiritar e ir al baño en calzoncillos, en posición de zombie o casi arrastrándote por el suelo, sin pudor. Todo te dolía, pero al menos podías vivir a tus anchas ese dolor. Peor, mucho peor, hubiera sido tener que guardar la compostura.

Mejor hubiera sido, por cierto, si el baño no hubiera tenido ese olor a cañería estancada que te provocaba náuseas, que te sacaba harcadas, que te hizo vomitar en algunas de esas carreras al baño, como si ya no bastara con botarlo todo por la parte de atrás.

Santiago, lo siento, tenemos que irnos, que te mejores, que tengas buen viaje, te dijo, desde la puerta de tu pieza, a la mañana siguiente, el holandés.

Educados, simpáticos, agradables los holandeses serán, pero no dejan de ser europeos del norte, fríos, pragmáticos e insensibles europeos del norte. Él se disculpó, dijo que lo sentía, que tenían que seguir con su viaje, que te iban a dejar ahí. Tu le dijiste que está bien, que les vaya bien, que disfruten, que te vas a recuperar. Tu no esperabas que se quedaran para cuidarte, tu preferías tu soledad para vivir a tus anchas tu enfermedad, para hablar incoherencias e ir al baño como si fueras un zombie, pero sí que al menos te regalen un almuerzo de arroz bien cocido, o que te dejen líquidos hidratantes, o cualquier cosa que te haya ayudado un poco más. Con más agua potable de la que ya tenías te conformabas. Ellos se fueron y no supiste de ellos nunca más. Ellos ni siquiera saben si saliste vivo de ese lugar.

Algo le dijiste desde tu cama para despedirte, alguna incoherencia inentendible. Estabas volando en fiebre. No estabas para despedidas razonables y sentidas. En un inglés delirante, mirando al techo, mirándolo de reojo, te despediste.

Minutos después bajaste las escaleras del hotel, antes de que sea la hora del check-out. Pagaste una noche más. Volviste a tu cama para descansar de esa epopeya que fue bajar y subir las escaleras.

Ganas de comer no tenías. Mucho menos ánimo para cocinar. Sed si tenías, pero tu cuerpo botaba todo lo que te metías. Te pusiste paños húmedos en el cuerpo para bajar la temperatura y te quedaste dormido. No es que no se te ocurriera nada más, es que no podías hacer nada más. En esos minutos la vida consistía en sentir fiebre, en intentar bajarla y en lograr dormir, aliviado, cuando lo lograbas.

Por suerte tu pieza tenía una televisión en la esquina superior izquierda. Arriba, lejana, la pantalla pequeña de una televisión antigua, cuadrada, cúbica, de esas que si no sintonizan bien un canal, muestran una guerra de hormigas, un ruido permanente de puntos negros y puntos blancos mezclándose sin parar, frenéticamente. Prendiste esa televisión y viste una guerra de hormigas durante horas. Esas hormigas no se cansaban. Era ruido blanco, relajante, preciso para descansar.

Jesús es el camino y Dios misericordioso te salvará.

Guerra de hormigas.

Llame ya. Llame ya y además se llevará esta imperdible oferta.

Tres detenidos por robar lana de alpaca en una comunidad.

Guerra de hormigas.

Los goles de la liga local.

Llame ya. Estas plantillas cambiarán su vida. Llame ya y gane además un viaje a las Bahamas.

Te fiebre aumentaba. Te deshidratabas. Algo más que zapping tenías que intentar. Te vestiste, te levantaste y aún con nauseas, con asco, con fiebre, saliste a la calle. Irías a una farmacia a comprar lo que fuera necesario para salir de ese estado. Saliste a la calle y atravesaste cuadras enteras de olores, de humedad estancada y mezclada con la comida pasada del mercado, del mismo mercado que te tenía en ese estado. Atravesaste esas barreras hostiles. Cinco cuadras y ahí estaba la farmacia.

Hola. Me siento mal. Fiebre toda la noche. Fiebre ahora. Tengo asco. Tuve diarrea y vomité toda la noche. Dígame usted por favor qué le compro, qué puedo tomar.

Con suerte podías hablar. No importaba. Con la mitad del esfuerzo normal bastaba. Tu cara blanca, tus ojos cansados y tu postura escogida, de no aguantar más de pie, hacía la otra mitad. Se veía a la legua en la que estabas.

Cuanto poder tiene una bata blanca. La chica que te atendió en la farmacia tenía una bata blanca. Eso te tranquilizó. Gracias a esa bata blanca le creíste todo, le diste toda la autoridad.

Usted necesita estos electrónicos para hidratarse. Y estas pastillas para dejar de tener nauseas.

Deme 5 litros. Deme esas pastillas. Deme todo, todo lo que me diga que necesito démelo.

Beba de a poquito. De a sobritos. Que se mejore.

Fueron tres noches en total en esa pieza de baño con olor a humedad. Fue una de esas noches entera viendo El Padrino. Nunca habías visto la zaga entera, de principio a fin. La televisión peruana la dio entera para ti. Te salvó de la guerra de hormigas, de los canales sobre Jesús y del Llame ya. Fueron días y noches de cama, de tímidas salidas al exterior para buscar más electrolitos y de pronto galletitas.

No estabas listo. Aún estabas muy débil, pero no te ibas a quedar ahí eternamente. Ya podías caminar bien y si ya podías caminar, tal vez podrías pedalear. Después de la noche tres, en el día cuadro, tomaste tus cosas y seguiste pedaleando, Puno hacia arriba, por arriba de las casas encaramadas en los cerros, desde donde se ve el Titicaca a lo lejos, desde donde se ven esas islas turísticas, famosas, el motivo por el que los turistas van a Puno, esas islas de paja donde parece que viven personas. Subiste, por esa vista, por ahí dejaste Puno y seguiste.


Juliaca

Gritos de un hombre y llantos de una mujer. Gritos fuertes. El hombre estaba fuera de sí. Llantos interminables. La mujer parecía desamparada. La voz del hombre era ronca. Parecía ser alguien mayor. La de la mujer era aguda y parecía de alguien más joven.

A veces la mujer murmuraba algunas palabras. Eran pocas en comparación con el hombre. El hombre gritaba y hablaba más. A sus palabras le seguían golpes, severos golpes. Sonaban cosas. Sonaban cosas golpeadas con cosas. Chocaban fuerte. Sonaban con violencia.

Gritos de un hombre, llantos de una mujer, sonidos de cosas que se golpeaban con fuerza contra otras cosas. Todo eso arriba, desde el techo, desde el techo para ti y en el piso para ellos. Ellos en el cuarto de arriba. Tu en ese hotel, en un cuarto que está justo debajo de ellos.

Eran las cuatro de la mañana, o las tres, o las cinco. No te acuerdas. Era la madrugada. Estaba oscuro. Era antes del amanecer. Era un hotel local, un lugar simple, austero, pensado para los locales. Era un hotel y una ciudad sin atisbos de turismo internacional.

Te quedaste quieto, inmovilizado. No supiste qué hacer. Quisiste hacer algo. Te preguntaste si esos golpes los recibiría ella, si la dañaban, si podrían ser en algún momento letales. Y si fuera así, qué harías, que tenías que hacer, te preguntabas. Te decepcionaste de ti mismo. Querías subir un piso, tocar la puerta y hacer algo, no tenías idea qué, pero algo. Querías intervenir.

No hiciste nada. Te quedaste quieto escuchando. Esperabas, deseabas que esos sonidos terminaran. Hubiera sido mejor para tu conciencia que cesaran. Pero los sonidos no se terminaban y ahí estabas tu, inmovilizado, desde tu cama, mirando a tu techo, escuchando al techo y sus gritos, y sus llantos y sus golpes.

Tuviste miedo. Pensaste que ese tipo, que esa voz ronca y descontrolada te atacaría, te dispararía, te apuñalaría. Esa voz era un monstruo. Tuviste miedo de ese monstruo.

Aceptaste tu miedo. No subirías las escaleras. No harías nada por tu cuenta. No serías, no eras el héroe que te imaginabas. No irías a enfrentar a ese monstruo poniéndole tu pellejo. No te atrevías. No todo lo que te imaginabas ni todo lo que deseabas sería lo que harías.

Te preguntaste qué más podría hacerse. No te conformabas. Irías a la policía. Harías una denuncia. Eso era lo que te correspondía. Sentiste que era tu deber. Si lo otro que no harías era impulso y valentía, lo que sí harías —denunciar— era lo razonable, era un deber. A primerísima hora irías a hacer una denuncia a la policía.

En los primeros asomos de luz, antes incluso que los rayos, ya estabas en la comisaría.

Qué hace una persona como esa en un lugar como este, debieron pensar los policías peruanos al verte. Un chileno que viaja solo en bicicleta, en las primeras horas de la jornada, cerca de las seis de la mañana, en una comisaría de Juliaca, frente a dos policías, haciendo una denuncia de violencia de género. Para los policías debió ser raro. Al menos, raro.

Tu no sabías si se hacían este tipo de denuncias en Perú. No sabías qué nivel de importancia se le daba a estas cosas en estas zonas. Ni sabías cómo nombrar la denuncia. ¿Violencia de género? Suena raro. Tal vez por allí no sonaba a nada. No sabías ¿Violencia de un hombre contra una mujer es violencia de género? ¿Violencia a secas? ¿Gritos y golpes y voces descontroladas? ¿Golpes? ¿Gritos? ¿Golpes, llantos y gritos?

Buenos días señor, qué necesita. Buenos días caballeros, quiero hacer una denuncia. Una denuncia de qué. De violencia contra una mujer, de un hombre contra una mujer. A ver, explíquese bien, por favor. Fue en el hotel donde pasé la noche, a unas diez cuadras de acá. Durante toda la noche escuché golpes y gritos. No me atreví a ir por mi propia cuenta a ver lo que pasaba. Creo que la mujer podría estar muy mal. Oigame, señor, lo que nos dice es grave ¿Está usted seguro? Si, estoy seguro. Escuché gritos y golpes toda la madrugada. Pues entonces vamos para allá. Vamos en el carro de patrullaje. Usted señor vendrá con nosotros y nos podrá mostrar.

La camioneta de los policías partió rumbo a tu hotel. Era la camioneta, dos policías y tú en la parte de atrás. Tu ibas en la parte donde podría ir alguien que ha sido arrestado. Tú dudabas. No tenías idea de qué tipo de policía era esta. No tenías idea de qué harían ellos al llegar. No sabías en qué te estabas metiendo. Pero ya estabas en esto. No había vuelta atrás.

¿Este es el hotel? Si, caballeros, es este. Pues vamos a entrar. Usted señor venga con nosotros, para que nos diga qué pieza es.

El recepcionista ya estaba instalado en la puerta del hotel. Qué hacen estos, en un lugar como este, a estas horas de la mañana, debió haber pensado. Nunca más te olvidaste de su reacción, de sus ojos abiertos y su expresión seria, de sorpresa y apuro en mostrar compostura. Eras tú, un turista chileno, el que anda viajando solo en bicicleta, ingresando a primera hora a su hotel, acompañado de dos policías. La escena era a lo menos rara.

Buenos días, permiso. Vamos a entrar a su hotel para hacer una operación.

Los policías ingresaron sin dar al recepcionista ninguna explicación mayor. Solo ingresaron. Tu ibas con ellos. Tampoco diste ninguna explicación al recepcionista. Tu solo entraste y seguiste a paso firme a la pareja de policías.

Qué habitación es la de los sonidos violentos, señor.

Te pidieron que los llevaras a la habitación de los ruidos. Los llevaste a esa habitación, justo arriba de la tuya. Estabas seguro que esa era la habitación. Estabas tú y esos dos policías, a primera hora, en la puerta de esa habitación. Los policías tocaron fuerte la puerta. Abrió la puerta ese hombre. Vestía una bata de dormir. Era demasiado temprano para llevar pantalón.

Y que hacen estos, en un lugar como este, a estas horas, tocando la puerta de mi pieza, debió pensar ese hombre. No podía entender qué hacía en su puerta un chileno y dos policías. Se quedó mirando esa escena medio dormido y medio perplejo, esperando explicación. Tu recuerdas el rostro de ese señor. No sabes describirlo bien, pero sabes que no te causó una buena impresión. No sabes por qué, pero podrías decir que tenía cara de golpeador, de alcohólico y golpeador. Tal vez solo estaba dormido y con mal humor.

Buenos días, señor. Disculpe la hora. Lo hemos despertado pues este señor que nos acompaña, que ha dormido la noche recién pasada en la habitación que está justo debajo de la suya, lo está acusando de golpear a su mujer con violencia. El señor asegura haber escuchado a una mujer llorar y a golpes fuertes toda la noche. El señor también dice que escuchó gritos muy fuertes de parte de usted. ¿Es eso cierto? No, no es cierto. Muy bien señor, gracias por responder. Ahora queremos saber qué dice de esto la mujer. Llámela, por favor.

La mujer no llegó a la puerta. Solo se dejó ver tímidamente varios metros detrás de ese hombre. La mujer era claramente mucho más joven. Ese hombre, mucho más viejo.

Estos policías preguntan si te he golpeado. Diles que no, dijo ese hombre. No, no me ha golpeado, dijo la mujer, la chica, la niña, con una voz tímida y siempre desde atrás, siempre un poco escondida. Muy bien, muchas gracias. Todo está resuelto, dijeron los policías. Gracias señor y disculpe las molestias, dijeron los policías. Ya nos vamos. Y se marcharon.

El hombre cerró su puerta. Tú te quedaste solo, al frente de la puerta de alguien que no te dio una buena impresión, que acababas de acusar de maltratar violentamente a una mujer, que seguías pensando que era —que podría ser— alguien violento.

Dejaste de pensar en cualquier cosa que no fuera solamente salir lo más rápido posible de ese lugar. Tu bicicleta se arma con seis bolsas, entre alforjas y bolsos. Además tiene cuerdas y botellas. Fuiste a tu pieza, tomaste todas esas cosas juntas, de una sola vez, como si tuvieras cuatro manos, y te marchaste.

En menos de dos minutos ya estabas pedaleando por Juliaca hacia el norte. No sabes cómo lo hiciste tan rápido. No tuviste que dar la cara a ese hombre. Te escapaste de ese hombre. Ni siquiera le diste tiempo al recepcionista de preguntarte algo. Él te vio bajar las escaleras con todos tus bolsos y cuerdas y botellas, como un equeco, montarlas en tu bicicleta, que estaba en el pasillo del primer piso, y después te marcharte, volar, esfumarte.

Y esa chica siguió allí con ese hombre y ese hombre siguió allí con esa chica. Y los policías, los desprolijos policías cumplieron su deber sin hacer nada, o siguiendo un procedimiento parecido a hacer nada, de hacer como que hago algo pero en realidad me lavo las manos y no hago nada. Pero estarán tranquilos, porque cumplieron con su deber, lo que es muy distinto a querer comprometerse, a querer ayudar de verdad. Tu también cumpliste con tu deber, calmaste un poco tu conciencia por no haber podido actuar antes, en la madrugada. Qué más ibas a hacer. Sabes muy bien que no ayudaste en nada, que eso que hiciste fue por muchas cosas, tal vez por ti en primer lugar, antes que la chica. Sabes que muchas veces cumplir con el deber se parece a no hacer nada o casi nada.

Esa chica seguiría igual. Ese señor seguiría igual. Ellos seguirían allí, en esa pieza de ese hotel. A ti te tocaría olvidarte y ponerte muy temprano, esta vez desde muy temprano, a pedalear.


***


¿Podría acampar en su terreno? Claro, puede, normal. Ya le traigo agua para beber.

Ese señor de esa casa, con ese cerrito, con esa vista al Titicaca, te dejó acampar en su propiedad. Tu sabías que te iba a decir que sí. Tu no molestas a nadie. Instalas tu carpa, te duermes y después te vas. Y toda la gente en esos lugares es buena. Es raro que no te vayan a dejar.

Ese señor dejó al lado de tu carpa un balde grande de agua potable. Tuviste de sobra para lavarte la cara, para tomar y para cocinar. Tuviste tiempo de sobra para sacarle fotos a los flamencos volando, para ver el Titicaca cambiar de colores. De celeste a azul y luego a naranja, luego azul oscuro y luego negro. Todo oscureció y entonces fuiste a dormir.

Con ese señor no intercambiaste casi palabras.

El silencio puede ser terrible, sofocante, como el de los vencidos, o el de los prisioneros que no tienen ya nada más que confesar, o el de los pobladores de una favela ocupada por militares, que acaban de expulsar a los narcotraficantes, en Río de Janeiro, que ya no saben en quién confiar y no saben qué y con quién hablar, y que deben callar, o el de dos amantes que no se atreven a hablar lo que es obvio y que se ahogan en agua estancada.

La otra opción es la paz real que no necesita nada. Es una persona descansando, es un barrio durmiendo, son dos amantes que ya lo hablaron todo y que entonces pueden prescindir de las palabras. Es el silencio del presente, de la tranquilidad, de no necesitar decir nada porque con los demás no se tiene nada pendiente y cada uno está tan tranquilo, o tan cansado, tan satisfecho, que no quiere o no tiene nada que preguntar ni contar.

Tu silencio con ese señor fue de la segunda opción. Tu y ese señor callaban porque esa tarde y ese atardecer ambos estaban en paz.


Apuntes: Tu bicicleta

Si supieras de mecánica, si manejaras lo esencial, podrías andar con una bicicleta de no muy buena calidad, que no sea tan apropiada para un viaje así, pero al menos podrías cuidarla. Sabrías como. Sin saber cómo cuidarla, entonces sería bueno contar con una de calidad, que resista, que no falle, que no se desgaste tanto, que no te necesite tanto, que no le afecten tanto los kilómetros, los ripios, el peso de las alforjas. Pero no tenías ni uno ni lo otro, entonces no es casualidad lo de Tambo Quemado y esto tampoco es casualidad.

Continúa...


Apuntes: Sigue hablando de Canadá

Decidiste volver a Toronto, pero por tierra, haciendo dedo, o autostop como también dicen. Compraste una carpa para dormir en cualquier lugar y a la carretera. Serían días y días de viaje. Te llevó mucha gente. Casi siempre te alojaron en sus casas. Conociste muchas casas. Conociste gente solitaria, viejos jubilados y solos, que amablemente te recibieron en sus casas. Siempre querían que te quedaras más tiempo. Un día te llevó un camionero, en un camión gigante. Desde su cabina se veía la carretera como si se estuviera en el segundo o tercer piso de una casa grande. Terminaste alojando en su rancho, con su familia. Estuviste muchos días con ellos. Viviste el thanks giving con toda su familia. Conociste a su señora y fuiste el tercer hijo de la familia. Jugabas partidas de juegos de mesa con él en las noches, partías leña en el día. Un día lo acompañaste en su camión. Fue un día entero de viaje en camión. Que manera de viajar, de ir a buscar cosas, de ir a dejar cosas, de recorrer kilómetros y kilómetros en esas máquinas gigantes. Que manera de trabajar.

Conociste a las familias de esa familia. Muchos eran acadien, una nación francesa diferente a la de Quebec. Más pobres, más rurales, menos cercanos a Francia. Asentados en New Brunswick.


***


Seguiste. Llegaste a Moncton. Te fuiste a un hostal. Era una casa enorme, acogedora, llena de gente como tú, que viajaba por meses y que quería un lugar para estar en paz. Moncton es una ciudad sin ninguna gracia, pero eso esa casa era lo mejor y por eso recuerdas a Moncton con cariño. Hiciste una expedición de caminata de días y días con un belga y una francesa. Viajeros como tú. Vagos como tú. Conociste a una canadiense de habla francesa que te dijo que vivía en un lugar que, cuando lo señaló en el mapa, parecía puro mar. No era puro mar, eran unas islas pequeñas, pequeñísimas, en medio del mar, en medio de ese archipiélago enorme que se desparrama hacia el norte de Canadá. Ella te ofreció acompañarla y con ella fuiste para allá.

Estuviste más de un mes en la Iles de la Magdalena. Son un par de islas pequeñas unidas con puentes, con pueblitos pintorescos, con casas de colores fuertes para hacer frente al paisaje de frío, de viento fuerte, de lluvia y de una nieve que en invierno vuelve al mar blanco hasta el horizonte. Son más franceses que los franceses. Rurales. Tradicionales. De lazos familiares y comunitarios estrechos. Fuiste allegado de una familia de niños que jugaban fútbol contigo. Fuiste novedad para la comunidad. Un día fuiste incomodidad y decidiste irte de esa isla en cuanto llegara de nuevo el barco, porque a la isla se llegaba en un barco que llegaba una vez cada dos semanas y que viajaba horas y horas por el mar.


***


Ya estabas más cerca de Toronto. Antes pasaste por Quebec y por Montreal. Decidiste viajar a Nueva York desde esa ciudad. En el viaje en bus a Nueva York conociste a Katherine. En Nueva York ella se fue a hacer sus cosas y tú las tuyas. Estuviste en Nueva York con tu amigo Ernesto. Qué manera de pasarlo bien con tu amigo Ernesto. Que manera de disfrutar de un chileno, por fin un chileno en su casa, Ernesto. Qué manera de estar solo también, cuando Ernesto te dejó la casa para ti solo. Tu no querías hacer nada. Ya no querías ser un turista. Mientras todos pensabas que viajabas, que paseabas, que conocías, te dedicaste a no hacer nada en la casa vacía de Ernesto.

Volviste a Montreal a ver a Kathrine. Viviste la navidad y el año nuevo con la familia de Kathrine. Estuviste todos los días con Kathrine, en Montreal y en Gatinou. Fueron días felices.


***


Por fin llegaste a Toronto, solo para tomar el avión de vuelta a Santiago, después de 7 meses. Estuviste en Santiago sin saber qué hacer. No tenías un lugar. Estabas en la casa de tus papás. Era un esfuerzo estar en la casa de tus papás, con sus reglas, con sus conversaciones, con sus rituales, agradeciendo, pidiendo permiso. Al mes Kathrine te fue a ver. Se quedó contigo, en la casa de tus papás. Viajaste con ella por la Patagonia en bicicleta. Ella se quiso quedar. No consiguió ni siquiera un voluntariado. Tú qué la ibas a ayudar si no tenías ni siquiera un hogar. Tampoco tenías un plan. Toda esa visita de Kathrine fue cansadora. Se notaba que te esforzabas por estar con ellas mientras no sabías dónde estabas parado tu mismo, porque llegabas de un viaje a nada. Ella se fue y a ti, en soledad, te dieron ganas de llorar. Era una mezcla de inestabilidad, de vacío incómodo, de no saber qué hacer.

Estabas en nada. Quedaste en la nada. De buscavidas a la deriva en Canadá a quedar viviendo de allegado en la casa de tus papás. Sabías que necesitabas volver a escaparte para volver a conectarte. Entonces tomaste un avión hasta Arica y ahora estás acá.

Elimina pasajes de esta historia. Es demasiado. Qué le importa a los demás lo que hiciste en Canadá. Que les importa lo que sentiste. Qué les importa tu historia sentimental. Cuál es el afán de querer dejar todo esto registrado.


Apuntes: Habla del punto de inflexión

Soñar que voy a Ecuador.

Yo idealizo Ecuador, Perú, Bolivia. Como países con pueblos sencillos, donde no ha llegado tan fuerte la modernidad. Pueblos escondidos. Culturas tranquilas. Etc etc

La escena con el señor que me hace preguntas, hasta que me pregunta donde voy

Para y querer volver, como Forest gump

Pasar por ese pueblo hermoso y creer que pueblos asi deben haber miles


Un email

Hola!

Me mejoré completamente de la guata. No he avanzado mucho, porque me quedé todo el día en un pueblo muy chico y tranquilo con unos mecánicos arreglando la bici. Al final nos hicimos amigos. Mi bici tenía problemas técnicos menores pero que quería solucionar antes de que fuera demasiado tarde (solo no podía). Al igual que en La Paz, yo fui el ayudante y ellos me enseñaron lo que hacían. Muy bueno. Aprendí un montón. Por ejemplo, puedo cambiar piolas sin problema. Me invitaron a comer y tuve que tomar una sopa dudosa (ojalá no me arruine la guata de nuevo). Insistían, por cordialidad, a que la comiera. La clásica del viajero. Nos hicimos buenos amigos.

Lo de Cusco o Arequipa está en suspenso. Lo que me ha hecho pensar. Ahora estoy en el medio de ambos caminos. Me quedé acá más tiempo por la bici (con los mecánicos). Hoy ya no avancé mucho. Lo que quiero en el fondo es simplificar la vuelta. Llegar a Arica en algún momento y luego tomar un bus a Santiago. Quiero cuidar mi plata para el regreso. No me hace mucho sentido ir lo más lejos posible si es solo por ir lo más lejos posible.

Anímicamente he estado bien, pero aprovecharé la pregunta para escribir sobre las cosas que he pensado haha, porque andar solo si hace pensar. Si no lo leen o no lo leen al tiro (cualquiera) está bien. Se entiende perfectamente. Yo aprovecho el medio para escribir:

Me ha costado esto de tomar rutas y decidir yo solo y me llama mucho la atención. Me he enfrentado a varias decisiones de ese tipo pues hay mil opciones. Pienso si es porque soy poco valiente (¿Importa ser valiente porque sí, sin un sentido?) o si es por algo más. Cómo me puede costar tanto algo tan simple. Cómo resuelvo todo lo logístico, menos la decisión. Lo “simple”. Me hace pensar en qué me falta para que eso no sea tan difícil. Tirar una moneda para que ella decida por mi no es suficiente. Incluso me hace sentirme incompetente. Una moneda no puede pensar por mí. Hoy la cuestión es qué camino tomar en un viaje, no es tan importante (solo es importante hoy), pero mañana va a ser dónde vivir, cómo, qué hacer y por qué.

Pienso que me falta compañía. Me falta un grupo, gente, alguien con quien hacer complicidad en los proyectos, lo que no logro con los gringos que encuentro en el camino, porque son otros viajes de principio a fin. Son geniales y a veces me siento muy en complicidad con ellos. Incluso me siento muy “gringo” con ellos, por la forma de relacionarse de ellos y la mía y especialmente por la forma de viajar, pero ellos vienen de lejos y se van lejos. Son otras vidas.

La soledad es espectacular. Con esto no la tiro a la basura, para nada, pero tal vez para expediciones concretas y claras (Cochamó, siete días; paseo en bici, dos semanas de tal a tal lugar, por ejemplo). Este viaje no es así. Su inicio fue improvisado y quedó con sus objetivos abiertos. Necesitaba partir para no seguir “dando vueltas en el living”. Buena decisión, de la que no me arrepiento, pero estaba el desafío de ir decidiendo. Me llama la atención lo que me ha costado.

Si ya me cuesta decidir en lo que sea, en bici qué camino tomar es algo muy literal y evidente y sin alguien en el camino a veces no tiene gran diferencia para dónde dirigirse. No hay sentido. El camino “en si” no puede ser el único sentido. Es un poco lo mismo ir al norte o al sur. A veces uno toma un camino simplemente porque el otro lo toma, o porque a uno le toca ser el que lo tome (teniendo que mantener la seguridad para guiar al grupo o a la pareja), o porque no importa mucho que camino tomar, porque allá van los amigos, allá va la compañía. No es porque ese camino sea mejor en sí, sino porque hay más sentido ahí.

Me disfruto mucho a mi mismo en la naturaleza, en la paz de acampar y dormirse a las 7pm en silencio y despertar muy temprano para hacer deporte, quedando cansado para volver a dormir (muy diferente a la vida de la ciudad, llena de estímulos). En lo concreto, me disfruto y veo como supero de las más simples a las más serias dificultades con habilidades sociales y paciencia, lo que me hace ir contemplando el viaje en su conjunto, pero por otro lado se me hace difícil decidir las rutas, lo que me hace no disfrutar tanto de éstas, o a veces no me importa mucho ver un gran paisaje o unas ruinas incas. La contemplación de las maravillas de la naturaleza a veces se me hace obvia o incompleta, pues no las comparto con al menos una persona con la que tenga complicidad. El mapa de la ruta incluso, con sus atracciones y conexiones, a veces me parece una red de posibilidades sin sentido claro. Nihilismo.

Los momentos críticos en soledad también han sido mas serios de lo que hubieran sido con alguien, pues la compañía (bueno, obvio que con excepción de las malas compañías, que también existen) hace más liviano el ambiente, hace ver las cosas como simples situaciones, entre tallas y conversaciones, que al final son anécdotas (estar enfermo tres días en una pieza o quedar en la frontera de Bolivia con la bici mala, por ejemplo).

A veces estoy muy conectado con el universo, pues soy solo yo y la naturaleza, lo que es impagable y lo que voy a segur haciendo toda la vida, pero a veces estoy muy solo, pues no soy yo y el universo, sino yo y mis pensamientos, viejos y conocidos pensamientos, sin contraste. Por esa ambivalencia sé que mi viaje, si dura hasta el Cusco o sigue a Arequipa, no es mucho más allá. No es toda América solo, porque por más que conozca gente maravillosa (gente maravillosa hay en cada rincón del mundo, lo que sé por experiencia propia) no está la complicidad del proyecto. Es individualista. Mi estadía en La Paz, por ejemplo, la pude disfrutar porque allá tengo buenos amigos (la Gabriela Fabre, su marido y su amiga). Si no, hubiera sido una lata.

Este viaje ha sido muy bonito por el estilo (en bici). Seguro habrán más (tal vez más cortos, tal vez más largos). No quiero tener la presión de pensar que esta es la última oportunidad de hacer algo así, porque eso me conecta con la tendencia que tengo a, al tomar decisiones, pensar más en lo que pierdo que en lo que gano, a arrepentirme solo por eso, a traicionarme a mi mismo. Además, el futuro todavía lo tengo que escribir. En realidad no tengo por qué pensar que mi futuro va a ser aburrido y me voy a “esclavizar” en una oficina sin poder nunca más subirme a una bicicleta, meterme a un bosque o subir un cerro. No puedo seguir viajando para evadir “lo que venga”. Lo que quiero es disfrutar lo que me queda de viaje, disfrutarme mucho a mi también, con mis reflexiones tormentosas y buenas, todas, porque me quiero y es espectacular ir con todo a cuestas sobre dos ruedas y también, en la ruta, mentalizarme para la vuelta. Aceptar que he sido tremendamente privilegiado al haber conocido Canadá, un país espectacular, y hoy hablar una lengua más con fluidez; haber conocido más a una canadiense, quien quedó siempre en mi corazón, y haber disfrutado Quebec y la Patagonia con ella y hoy de estar recorriendo el altiplano en bicicleta. También quiero aceptar que soy tremendamente privilegiado porque en efecto no estoy solo, en Santiago (y también en otros lugares) está el cariño de ustedes, mi familia, además de muy buenos amigos, gente muy valiosa que me espera, para hacer proyectos o solo para compartir las cosas simples de la vida. Aceptar eso y disfrutar lo que me queda acá, pensando en el retorno a Santiago y en lo que viene para el futuro, que no siempre (al menos en el mediano plazo) será viajar. No puede ser todo viajar. Si ya no hay sentido hay que cambiar, conectarse con proyectos y con personas. Buscar gente que me acompañe y a la que yo también pueda acompañar. Ir más allá de mi mismo.

Bueno, me sirvieron de plataforma para poner un poco las cosas que he pensado. No sé si en mucho orden, porque acá cobran por la hora de internet.

Me alegro mucho que estén con mucho trabajo. Tu mail papa desde el cerro suena genial!

En la hora que he estado escribiendo, mi guata ha digerido bien la sopa :)

Los quiero mucho,

Santiago


Altiplano

A Arequipa

Quechuas

Fotos

Tormenta

En estas zonas del altiplano se me hace difícil diferenciar a los animales salvajes de los domesticados. Los veo a todos mezclados en el mismo espacio abierto. Además, no los reconozco, ni menos los diferencio a todos. Alpacas, llamas… y hasta ahí llego. Luego hay más especies que no puedo nombrar.

Al ir subiendo montaña arriba vi también, lejana, a una mujer solitaria, al parecer vigilando a sus animales. Me costó notar su presencia.

Como es costumbre, los animales me miraban perplejos al pasar. La mujer también. Al igual que los animales, detuvo lo que estaba haciendo, se quedó quieta y se puso a seguirme con la mirada.

Cuando me miran así, pasmados, entiendo que no soy del lugar, que soy raro. Me siento como algo ajeno, como un fantasma. Tal vez si una vez veo a uno, me comportaría igual, mirándolo inmovilizado, como si el tiempo se hubiera detenido.

La sorpresa de los animales y de la mujer debió ser más grande en un lugar como este. Por acá ya no pasa casi nadie, menos un cicloviajero y menos montaña arriba cuando está por llegar una tormenta. Además, este camino ni siquiera estaba en el mapa convencional. Es un camino descontinuado que ya nadie usa.

El día anterior, aún en el valle, cuando preguntaba por dónde se llega a Arequipa, me apuntaban en la dirección contraria a la que yo iba, insinuando que estaba totalmente perdido, que me diera media vuelta. Se referían a la ruta principal, pavimentada y baja, la que pasa por el valle en vez de ir por la montaña. Esa ruta yo ya la había descartado. Yo quería venirme por acá.

No sé cuánto tiempo pasó. Supongo que unas dos horas. De repente los animales comenzaron a cruzarse en sentido contrario. Descendían la montaña con prisa, como una estampida. Se alejaban decididamente de lo que había más arriba.

Ellos conocían este lugar. Sabían lo que hacían. Bajar rápido era lo obvio, alejarse de la tormenta era lo obvio, pero los humanos, o los citadinos como yo, fantasiosos, hambrientos de nuevas experiencias, necesitamos llevar la contraria. Solemos rebelarnos a estas normas, no sé si con buenas razones. Yo no quería ir con ellos. Iba contra natura hacia arriba, directo a la tormenta. Sentía, o más bien quería creer, que los animales se iban retirando precisamente por eso, para dejarme a solas con ella.

Si hubiera estado con alguien necesitaría una explicación sensata para esta terquedad. Por la ausencia de argumentos me hubiera visto obligado a dar media vuelta, descender y buscar refugio. Estaba lejos del último pueblo donde dormí, pero seguro había lugares de sobra para acampar. Recuerdo un puente y un río, mucho más abajo. Tenía comida suficiente para esperar uno o dos días más y cruzar con buen tiempo.

Eso era lo razonable, pero estaba solo, no necesitaba convencer a nadie y quería seguir. En ningún caso por coraje, más bien por terquedad, terquedad y miedo. Yo también estaba escapándome. Así como los animales, yo también estaba escapándome de una tormenta, pero para los humanos esas tormentas no vienen de fuera, sino de dentro de la mente.

En eso estaba, ya no pedaleando, sino caminando con lentitud, tirando la bicicleta como un bulto hacia arriba, recogiéndola con esfuerzo cuando, por el peso de las alforjas, se me desbalanceaba y se me caía al suelo de nuevo.

Iba parando cada diez pasos para intentar respirar un poco más. Se me cruzaba la idea de dejar la bicicleta tirada. Acá escasea el oxígeno y, mientras más subo, menos tengo para respirar. El camino está suelto, lleno de piedras y arena, y la pendiente se vuelve cada vez más empinada.

Creo que las condiciones del lugar, con una bicicleta pesada, llena de alforjas a cuestas, justifican una marcha tan patética, tan lejana de esas postales de turismo aventura, donde los expedicionarios se ven guapos, fuertes, felices y fotogénicos. Yo me sentía cansado, errático, torpe y ansioso, ansioso por subir y avanzar como sea.

Yo ya sabía de la tormenta hace un buen rato. A veces los ojos solo sirven para confirmar, para contemplar lo que ya sabíamos. Pues bien, era el momento de los ojos. Ahora las nubes cargadas de agua y corriente estaban al frente mío.

En cambio, la vista a mis espaldas estaba despejada. Mirar atrás me recordó a las cumbres de la cordillera central de Chile. A lo lejos aparecían otros valles y otras montañas altas, solo visibles desde alturas como esta. Del otro lado, hacia el frente, era puro misterio, solo se veía una pared húmeda y oscura. Solo se veía la tormenta.

Llegué al punto más alto. Al fin se acababa la pendiente y, tras avanzar unos metros en plano, el camino por fin comenzaba a descender. Ya había cruzado al otro lado de la cordillera. Un logro por el lugar en el que estaba.

La bicicleta dejó de ser un bulto. Pude montarla y pedalear. No di ni cinco vueltas a la rueda y ya estaba en medio de un bombardeo de sombra, agua, viento y electricidad. Toda esa humedad estaba chocando violentamente con el lado de la montaña al que recién había entrado. Aun cuando la esperaba, la tempestad, su intensidad, su rapidez, su violencia, me tomó por sorpresa. Me atropelló con ruido y masa desatada.

Yo te avisé, los animales te avisaron, no te vayas a quejar ahora, pensé que me decía, como si fueran sus palabras de bienvenida. Tú me avisaste, los animales me avisaron y me da lo mismo. No caminé patéticamente hasta acá para nada. Voy a seguir como sea, pensé y dije en voz alta, hablándole a ella y hablándome a mí mismo.

Avanzar en la bicicleta era difícil. No tenía visibilidad, el viento me quitaba el equilibrio y los granizos chocaban con fuerza contra mi cuerpo. Los granizos dolían especialmente en los muslos, donde solo vestía las patas de pedaleo. Eran como piedrazos arrojados por el viento. No entendía qué clase de bienvenida era esta.

Me imaginaba que estas piedras de hielo me las disparaba alguien con una pistola de postones, alguien con alguna animadversión contra mí.

Tuve que bajarme de la bicicleta y usar sus alforjas como un pequeño escudo. Me cubrí detrás de ellas, le di la espalda al viento y me acurruqué. Mi espalda y las alforjas de mi bicicleta me dieron el refugio que necesitaba por unos segundos. Intenté calmarme para pensar. Comí lo que tenía a la mano, para que mi cuerpo tuviera calorías, y fui sacando de a poco mi ropa, hasta que me vestí con todo lo que tenía, no solo por el frío, sino también porque así no dolería tanto recibir a mansalva estos postones de hielo.

Decidí que tenía que avanzar lento, con cuidado, pero que iba a avanzar, aunque eso significara ir casi de cara al viento y los granizos. Había que descender y para descender había que avanzar. La tormenta era una ola gigante y yo la tenía que atravesar por debajo. El camino se volvió lo suficientemente ancho como para poder ir pedaleando sin riesgo de caer en una pendiente por la poca visibilidad.

Entonces avancé.

En algunos momentos el viento aumentaba su fuerza. En esos momentos no podía hacer nada. Me detenía, me bajaba de la bicicleta y nuevamente me acurrucaba entre las alforjas, la rueda y mi espalda, hasta que cesaban esas rachas. Ya no quería más esos granizos.

En uno de esos momentos me pregunté cómo estaba, si acaso estaba bien o si estaba sufriendo con todo esto. La pregunta fue sincera, quería saberlo. Primero examiné las variables físicas y confirmé que no estaba en peligro, que sabía muy bien qué hacer.

Pero yo ya tenía esa respuesta. Siempre, a pesar de todo, a pesar de la lejanía, de la soledad, de la altura, de la tormenta, de los granizos, me sentí seguro. Esa no era mi preocupación. La duda era sobre los asuntos que nos importan a los humanos, era psicológica, emocional. Yo estaba muy bien. Esa fue la respuesta.

Me gustó confirmarlo. Me gustó mucho preguntarlo, verlo y confirmarlo. Me hizo sacar un buen grito de desahogo. Era mi cuerpo, mezclado a más no poder con la fuerza del agua. Pensé que cualquier fantasma, si existiera, desearía sentir al mundo, ya no al psicológico, sino al mundo físico, ese de piedra y hielo, con toda su fuerza. Yo lo estaba sintiendo, me estaba sumergiendo en él, lo estaba encarando, una vez más, con intensidad, con furia. Yo estaba vivo.

Me acordé de mi tormenta, la de mi cabeza. De esa tormenta había logrado escapar. Mi cuerpo estaba en movimiento y mi cabeza estaba en paz, focalizada completamente en protegerme del viento y de los granizos.


***


Debió pasar un poco menos de una hora. Había logrado descender lo suficiente, aún con muy poca visión, pero sin ese viento que disparaba granizos a quemarropa.

Me sorprendió la calma y el silencio. Era como cuando uno sale de una discoteca, con todo el ruido y el movimiento, y afuera, en la calle silenciosa de la madrugada, aún con los oídos sensibles por la música a todo volumen, se siente con más fuerza, con más contraste, con más claridad, lo que es el silencio y la tranquilidad.

Las nubes también pasaban con calma. Parecía que me acariciaban la cara. Me sorprendía que estos cuerpos tan sutiles, solo hace un rato, habían sido tan violentos conmigo. Pasaron de los postonazos de hielo a las caricias de vapor.

Nunca sabré si pueden sentir a un humano, pero yo sí las sentí. Las sentí en los granizos y ahora en la niebla. Alcanzaba a sentir el movimiento de su humedad en mi piel. Ya me habían dado mucha batalla, supongo que ellas también querían descansar. Ahora soplaban y se acercaban con timidez.

Ellas mandan. Ellas son las que ponen las reglas. Ahora querían una tregua. Yo ya había pasado la ola gigante por abajo. Ahora me sentía en la profundidad de las nubes. Y me sentía en paz.

Cuando vi dos lagunas a mi lado me alivié. El mapa que había estudiado, antes de que mi celular se congelara y dejara de funcionar, decía que al otro lado de la cordillera tenía que encontrarme con al menos dos de estas reservas de agua. Era una justo después de la otra, pero ambas muy parecidas y juntas. Recuerdo haber pensado que esas serían mis referencias. Si las encontraba, significaba que iba bien, que aún iba en el camino a Arequipa.

Vi esas lagunas, confirmé que iba bien, y me alivié un poco más.

El agua se veía en perfecto reposo. Había tres aves en el borde, una hembra y dos hijas, supongo.

Como la visibilidad era tan baja, pude haber pasado estas lagunas sin notarlo. Eso me tenía muy pendiente. Iba a entender si no las veía, pues a veces ni se podía reconocer la dirección del camino a metros de distancia, pero encontrarlas era mucho mejor. Creo que las nubes ya sabían de mi preocupación. Sentí como si ellas me hubieran ayudado. Justo antes de pasar por las lagunas, dejaron de acariciarme la cara, se abrieron y me dieron más visibilidad.

Pasaron las horas y yo seguía perdiendo altura. Las nubes se levantaron mucho más y apareció por primera vez la vista del valle al que me dirigía. Mi destino ya no era solo una pared húmeda y oscura que atravesaba. Ahora había horizonte.

Pensaba que ya había descendido lo suficiente. Estaba muy equivocado. Mi vista siguió el camino hacia abajo y no alcanzó a encontrar el final de la montaña. Aún estaba muy alto. Desde donde miraba podía observar todo el valle en el que me estaba sumergiendo.

Era el momento para detenerse y observarlo. Esa vista, y lo que quede en mi memoria, sería mi mapa.

Si las nubes regresaban, ya sabía que mi ruta marcaba una gran C por la ladera izquierda de la montaña, y tras montarse en el filo de una lengua poco pronunciada, debería pasar al valle que tenía abajo mío, tendiendo levemente hacia la derecha, para seguir por una pendiente recta que descendía hasta perderse de mi vista. Toda esa visión era información muy útil para mí, orientación clara por al menos una hora más.

Creo que esa visión fue otra cortesía de las nubes. Era como si estuvieran preocupadas de guiarme. La aparición de las lagunas y después esta panorámica me dieron orientación y confianza.

Tal vez las nubes me vieron más tranquilo y pensaron que había visto demasiado, porque tras unos breves minutos de pedaleo con vista despejada, volvieron a aparecer, cada vez más densas, cada vez más cerca mío. Otra vez ocuparon toda mi visión. Otra vez era casi todo blanco.

Al rato comenzó a caer mucha nieve, con intensidad y calma a la vez. Atravesé un puente de metal y accedí al primer pueblo del otro lado de la cordillera. Solo vi a un hombre en todo el pueblo. Estaba encaramado en el techo de su casa, reparándolo, supongo que para proteger su casa de la nieve. No me vio como un fantasma. Me acerqué y pudimos conversar un poco. Si no fuera por él, hubiera pensado que este era un pueblo completamente abandonado.

Aproveché una sede social que tenía su puerta abierta para descansar, para hidratarme y para comer algo caliente. En ese lugar, entre mis cosas, me alegré por ver mis calcetines de lana. Creo que era lo único que no llevaba puesto. Mis pies se estaban congelando, pero la lana en mis dedos fue la solución perfecta.

Cuando dejé el pueblo, ya no nevaba, pero la nube me seguía acompañando, dándome solo un poco de visibilidad. Mi pedaleo ya no descendía tanto, iba por terrenos planos y largos. Pensé que ya había dejado atrás la cordillera. Estaba calmo y el día se empezaba a terminar.

Conté unos cincuenta pasos del camino hacia la izquierda e instalé mi carpa en medio de una gran cancha abierta de arena desértica.

Esa fue una noche muy tranquila, quizá la más tranquila de todo mi periplo por el altiplano. No hay como dormir después de un día intenso.

Al anochecer, cuando el sueño ya casi se apoderaba de mí, sentía que nevaba nuevamente, con mucha tranquilidad. Alcancé a dormirme sintiendo que los copos de nieve acariciaban el techo de mi carpa. Primero chocaban con suavidad con el toldo y luego se deslizaban hacia abajo con mucho sigilo. Creo que notaban la paz de mi descanso, porque lo hacían con mucha delicadeza. No me querían perturbar.

En la mañana no me desperté por el frío o por algún ruido específico. En ese lugar, el silencio era absoluto. Solo me escuchaba a mí mismo respirar. Lo que me hizo abrir los ojos fue sentir el peso de la carpa sobre mi cuerpo. Todo el techo pesaba sobre mí. Por fuera estaba lleno de nieve. Era la misma nube, ahora condensada en estado sólido, que se había acurrucado al lado de mi carpa durante la noche. Gracias a esa masa cercana nunca sentí el frío matutino del altiplano al que ya me había resignado a aceptar en mis mañanas.

Al salir de mi carpa quedé descolocado. No estaba en ningún lugar. Mis ojos no distinguían formas en el paisaje. Todo había desaparecido, el camino, el horizonte, las rocas y cualquier elemento que esperaba encontrar. Solo había blanco, sin distinción de cielo o suelo. Estaba dentro de una pelota de pin-pon. Estaba en un lugar sin matices, que podría ser perfectamente el hogar de un fantasma.

Con pura intuición llegué a donde debería estar el camino, pero intenté no alejarme mucho de la carpa. En ese paisaje, sin referencia alguna, podría perderme fácilmente en medio del blanco.

Tras el desayuno, preparé mis cosas para salir. Esta nube se tenía que levantar y yo tenía que estar preparado para ese momento. Aún estaba completamente dentro de ella. Arriba, abajo y al lado de pura humedad blanca. Fue una mañana especial.

A lo lejos noté que la nube se abrió sutilmente. Bastó una pequeña fisura en la pelota de pin-pon para darme visibilidad, sentido del horizonte y volver a sentirme en la tierra, para dejar de ser un fantasma que flota en el blanco y volver, una vez más, a la tierra. No necesité tanto, solo distinguir una mínima diferencia de matices en el horizonte. Con eso, recuperé la orientación que necesitaba y mi bicicleta comenzó a rodar nuevamente, ahora sobre un camino nevado y un poco resbaladizo.

Al poco andar, la nube se levantó por completo. Entendió que yo tenía que partir y simplemente me abrió las puertas de salida de par en par, esta vez de forma definitiva, pues valle abajo se veían claramente los rayos del sol iluminar el relieve. Estaba totalmente despejado.

Vi con claridad lo que me quedaba por delante. Una vez más, noté que estaba muy equivocado. Pensaba que ya había descendido suficiente, que ya había dejado la montaña, pero aún quedaba mucho valle por bajar, aún estaba muy alto.

Si alguna vez soy un fantasma, o algo parecido, me gustaría serlo en forma de nube, o más bien en forma de agua. El agua se hace líquida para viajar por las montañas hacia abajo, tocándolas por sus partes más escondidas, se evapora para subir por las montañas hacia arriba, acariciándolas por sus partes más expuestas, y se congela para quedarse cerca de las cumbres, abrazándolas y aferrándose a ellas, con muchas vistas hacia todos lados.

De todos modos, no soy un fantasma, lo pude comprobar en este cruce de cordillera, porque pude sentir a este mundo con intensidad, como lo sienten los seres de acá, y pude hablar con ese señor que trabajaba en el techo de su casa, que no se quedó mirándome pasmado. Eso me tranquiliza, porque me gusta ser de acá, de este mundo, y me gusta sentir esta tranquilidad.


Mar

Arequipa

Arequipa

Los niños que vi en el pueblo

Como es.llegar desde la montaña

Ahí me empezó a gustar tanto el café. Ademas de lo que vi en Canadá

“Tu debes ser de los que vienen de Ushuaia… te ves genial”

El hostal

Cristal.. intenté robarle un beso

Vargas llosa

Pasear por la ciudad

Ciudad linda. Como idealizo estos países 

Bajada

Ir carretera abajo en bicicleta es como volar. Tal vez.

Cuando la carretera está despejada, cuando la pendiente está suficientemente inclinada, cuando no hay tantas curvas que obliguen a bajar la velocidad, para no pasar de largo por la inercia, cuando se puede tomar velocidad sin necesidad de apretar tanto los frenos, cuando se toma velocidad sin riesgo de caerse y accidentarse, es como volar.

Es como uno, que nunca ha experimentado volar, que solo lo ha soñado, supone que es volar. Pero cuando tu sueñas felizmente que vuelas te sientes liviano. Te suspendes en el aire y progresas hacia arriba para flotar en el aire y ver todo desde lo alto. Esto es diferente. Es incluso lo contrario, porque no flotas, no te suspendes, no te quedas mirando todo desde lo alto. No eres una pluma, eres una piedra. Caes. Te arrojas. Eres pesado y con ese peso vas hacia abajo a toda velocidad. No es como vuelas en tus sueños. Tal vez eso es lo que te queda si quieres volar de verdad y solo en tus sueños, que aceptes todo lo contrario a lo que crees, que te sueltes, que sueltes los frenos de tu bicicleta y que caigas con ferocidad carretera abajo, en vez de levitar.

Continúa...

Punta de Bombón

Comida

Viste un desvío. Se bifurcaba desde la carretera hacia el mar. Por ahí se perdía hacia abajo un camino irregular, de tierra y de piedras, que era apenas distinguible del entorno. A lo lejos se veía una casa abandonada. Más que una casa era una caseta, una media agua, cuatro paredes, un techo y una terraza de cemento que daba al mar.

Esa terraza sería suficiente. Era lo que esperabas hace horas. Fueron horas de desierto y mar, sin un metro de sombra para detener el hambre y descansar sin quedar insolado a la intemperie.

Hace horas que para subir ya no ibas en línea recta. Para ver tu entorno solo mirabas de reojo, porque no querías levantar tu cabeza. Ya no solo era hambre, era un cuerpo que tiritaba. Dejar de pedalear, comer y postrarse en el suelo era lo que querías. La sombra que viste de reojo, en una de las bajadas, en la terraza de esa caseta o media agua, era justo lo que buscabas.

Todo ese lugar, la entrada, el camino de piedra suelta, la casa, su terraza, la vista al mar, estaba desolado. Desde hace horas que solo eras tú y nadie más.

Llegaste a esa terraza y dejaste tu bicicleta tirada, sin cariño, en el suelo. Ya no tenías energías para el cariño. Solo la soltaste y como cayó quedó. Quedó abandonada a tus pies. Tiraste tu cuerpo en esa terraza, como si ese suelo fuera un colchón. No te importó que fuera cemento duro. Te contentabas con poder postrarte en esa superficie plana y de sombra. Te tiraste y te quedaste quieto en el suelo como un borracho.

El vacío de tus tripas te impidieron dormirte, como hubieras querido. Dormir no era para nada suficiente. Con voluntad te sentaste para acercarte al animal muerto que era tu bicicleta. Desataste cuerdas de las alforjas traseras. Dejaste cosas desparramadas por todo el lugar. La combinación de fatiga y de ansiedad dio como resultado esta escena de torpeza y cosas tiradas por todos lados. Sacaste todo lo que encontraste. Leche en polvo, chocolate en polvo, cereales, agua, pan, avena, tallarines, un atún.

Tus tallarines con atún se cocinaron justo cuando ya te habías devorado, o más bien tragado, todas las leches con la avena y el pan. No dejaste ni para los insectos. Todo estaba delicioso, delicioso para un gusto que no pasa por el paladar, sino directamente por las tripas. Descubriste que también tenías un jugo en polvo. Lo disolviste y te terminaste el resto de tu agua. Fueron sorbos muy dulces. Fue el postre perfecto para terminar.

Te acostaste satisfecho. Tu barriga iba a explotar. Tus brazos ya no tiritaban. Ahora sentías placer corriendo por las venas de tu cuerpo. Te relajaste. Te reíste. Te sentiste en ese momento la persona más feliz que nunca nadie, en todo el mundo, iría a encontrar. Te sentiste como la Homo Sapiens cazadora recolectora de Harari, esa que se dormía tras acabarse todas las reservas dulces del árbol frutal. Te encantó que esa felicidad se haya dado en una baldosa así, en una baldosa cualquiera, en una casa abandonada en un lugar cualquiera que mira al mar. Abriste tus piernas y tus brazos en esa baldosa. Te acariciaste tu panza con placer. La sentiste llena. Expulsaste a tus anchas un gas por tu boca que sonó más fuerte que el viento y las olas del mar. Que gusto, que placer, que vida buena, pensaste que se podría leer en los subtítulos de ese ruidoso gas. Miraste al cielo. Tenías mucha sombra para poder dormirte sin temor alguno a la permanente amenaza solar.

Las siguientes horas fueron una siesta deliciosa. Te habías acabado toda tu comida. Al despertar, ya bien avanzada la tarde, tendrías que volver a pedalear para alcanzar alguna ciudad. Tenías que comprar más comida y cargar tus botellas con agua potable. Eso no era un problema, porque con todo ese combustible, con esa siesta, Ica estaba a la vuelta de la esquina.


Final

Epílogo

Hace años que quería escribir sobre este viaje. Lo necesitaba. No sé por qué. También necesito respirar para vivir y tampoco sé realmente por qué. Escribir fue una necesidad y punto. Imposible explicarlo del todo. Fue una necesidad que a veces se parece a respirar.

Tal vez es pura nostalgia. Tal vez es para volver a mirar, con la memoria, la belleza de la inmensidad abrumadora y colorida del desierto y el Altiplano. Tal vez es para volver a recorrer lugares tan perdidos que no puedo ni siquiera encontrar en los mapas.

Tal vez escribí para volver a vivir así: errante, sin plan, sin convicciones, solo, confundido. No sé por qué siempre he sentido atracción por estar a la deriva. Consciente e inconscientemente lo he buscado y muchas veces, no sé si por fortuna o desgracia, lo he encontrado. Eso me ha dado mucha luz, mucha felicidad, y también penumbras.

En fin, esta historia, la de un viaje por el Altiplano, un viaje de caminos perdidos en una bicicleta improvisada, es una historia muy actual. La memoria siempre se ha tratado de muchas cosas antes que solamente del pasado. Es una forma más de volver a enfrentarse a preguntas actuales, pero con una excusa perfecta: hablar de algo que se supone, que solo se supone, ya pasó.

No escribí esto sino para hacerme cargo, en primer lugar, de algo que llevo dentro. Por eso este libro no encaja muy bien con algún género en particular. No es en ningún caso una guía o un blog de viaje. Tal vez es una crónica de viaje. Puede ser una memoria personal, pero no es para nada una autobiografía. Tal vez es simplemente un libro sobre mí, sobre un aspecto de mí, ambientado en un tiempo y un espacio específico, en un viaje, y punto.

A mí me gustan los viajes, entonces los viajes que he hecho son, para mí, una buena forma, de las más apasionantes, para llegar a la profundidad que quiero alcanzar, para decir lo que quiero decir, para aspirar a alcanzar ideas universales gracias la inspiración de lo particular.



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Amorío

Eres mi deseo cuando estás lejos. Eres mi temor cuando estás cerca. Eres ajena cuando estás con gente. Eres mía cuando te dispersas. Eres ansiedad cuando entras en mi mente. Eres de mi cuerpo cuando muestras tus caderas. Eres soledad cuando estás presente. Eres fantasía si imagino nuestra suerte. Eres una rama que podría desprenderse. Eres mi ego por robarte una sonrisa. Eres destacada por estar ausente. Eres obsesión cuando pienso que te quiero. Eres alegre y al mismo tiempo triste. Eres tantas muchas cuando te miro. Eres mi angustia porque no me viste. Eres más real cuando te olvido. Eres un vicio si me respondiste. Eres desentendida y yo tu marido. Eres decepción si te dejé y te fuiste. Eres mi esposa y yo un desentendido. Eres tantas cosas que ya hiciste. Eres una hoja más del río. Eres acento nuevo que trajiste. Eres valiente y yo te admiro. Eres variedad y yo confundido. Eres de verdad porque no existes. Este texto es parte del libro  Relatos . Para acceder a todos mis libros...

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