Digo los hombres porque son casi todos hombres. También hay mujeres. Dos entre casi cuarenta. Ninguna forma parte de una cuadrilla. Son los hombres.
Son chilenos. También hay cuadrillas de bolivianos. Los chilenos son seguros y parsimoniosos. Los bolivianos, rápidos y ágiles.
Se necesita de ambos, porque la electricidad, hay que repetirlo, no puede dejar de circular.
Son años y siglos y milenios igual. Son milenios de duro trabajo, para que esta energía domada nunca deje de circular.
Primero fue el calor del fuego, a través de la madera. Ahora es la electricidad, a través de todos estos fierros gigantes que hay acá.
Fuego y electricidad. Son igual.
Insisto, que los hombres trabajan para que la electricidad no deje nunca de circular. Por eso están acá.
De pronto los hombres terminan su jornada.
Se van.
Llegan y se van en unas máquinas fantásticas. Las máquinas simulan ser mosquitos, pero a una escala gigante. Son mosquitos gigantes de metal.
Son helicópteros.
Se llevan a los hombres en grupos de dos y de cuatro. Llegan muchos mosquitos de metal. Uno tras otro. Los hombres se meten adentro y se van.
Cuando los helicópteros están acá, escupen un viento rabioso, como si nos qusieran expulsar. Y el sonido del motor es tan fuerte que todos pasamos a ser sordos, absolutamente sordos, hasta que cargan a los hombres en su interior, se suspenden en el aire y ráudos, como mosquitos gigantes imposibles de atrapar, se van.
Nosotros nos quedamos solos.
El sonido rabioso de los helicópteros se pierde valle abajo y acá queda un silencio natural. Un silencio de frío. Un silencio de fin de jornada. De nada más.
Hicimos un fuego en una colina.
Hay suficiente combustible vegetal para hacer un buen fuego, con buenas brasas.
Son tantos años con el fuego. Tantos años con su calor y su seguridad.
Quedamos nosotros y el silencio.
El silencio es casi absoluto. Casi, porque cerca del campamento hay un murmullo intruso que no para de sonar.
Es la electricidad. Sigue circulando.
Pasa por los cables. Son cables sostenidos por torres gigantes que los hombres, todas las mañanas, visitan para reparar. Están a metros de nosotros. Es un río constante que va contranatura cerro arriba, contradiciendo la ley natural, según la cual los fluidos de la montaña no han de subir, sino bajar.
Cae la penumbra.
Todos los colores cambian alrededor. El cielo pasa del blanco al celeste y luego a un calipso oscuro. Algunas montañas se vuelven naranja y después moradas.
Casi todas las montañas se vuelven cafe anaranjadas. Luego otra vez moradas.
Del otro lado, hacia el mar, el horizonte es celeste y después naranjo. Su naranjo crece hacia arriba y se vuelve rojo. Luego rojo azulado. Luego azul de oscuridad.
En el ocaso, los colores se transforman en otros colores.
De pronto el relieve se pierde y todos los colores y los tonos pasan a la oscuridad. Todo se llena de frío y oscuridad.
Todo se viste de un negro profundo y de un curioso blanco de nieve, que a pesar de ser blanco, acá también es de oscuridad.
Todos es oscuridad. Fría y quieta oscuridad.
Solo brillan las estrellas. Es un brillo tenue. Lejano. Dejan a la tierra en penumbras. No la iluminan. En la tierra es tiempo de descansar.
En casi toda la tierra es tiempo de descansar. Hay un lugar donde eso ya no sucede.
En las montañas que se ven en el otro extremo del valle hay luces. Aparecen y crecen cada vez más. Todo alrededor se apaga menos esas luces, que aparecen cada vez más y cada vez con más intensidad comienzan a brillar. Son puntos en donde nunca llega la oscuridad.
Es luz artificial.
Es una mina, que chupa esta energía, esta misma electricidad que escuchamos pasar rauda cerro arriba, sin parar. Estos cables y estas torres llevan la electricidad para allá.
La mina nunca está quieta. Nunca está satisfecha. Pide energía rabiosamente, toda la noche, todo el día, todas las noches y todos los días. La pide con prisa y con rabia. Usa en su intermedio a ejecutivos e ingenieros, también a abogados, para exigir que a como dé lugar, la energía nunca deje de pasar. La mina necesita electricidad ahora ya, siempre es ahora ya.
Para la mina siempre es ahora. Nunca es después. Siempre necesita energía. Nunca hay una noche para parar. En la mina no hay oscuridad, para ella la noche que fue noche desde siempre ya dejó de importar.
Nosotros acampamos acá.
Cuidamos el campamento donde mañana, desde temprano, llegarán los hombres en los helicópteros a trabajar. A seguir trabajando para que la electricidad no deje de circular. A volver a levantar y reparar las torres gigantes que cayeron con el temporal del invierno, porque ni las fuertes tormentas de nieve la van a parar. Ahí van a estar los hombres, ahí va a estar la minera pidiendo siempre más. A como dé lugar.
Somos lo mismo. Desde el fuego hasta la actualidad.
Es la misma necesidad que crece y crece y es cada vez más grande y cada vez pide más.
No podemos parar al fuego. No podemos parar a la electricidad. No nos podemos pararnos a nosotros mismos.
Es la caja de pandoras que abrimos hace milenios. Salió fuego. Luego vino la electricidad. Es lo mismo. Ya no podemos cerrarla y ya no sabemos como pararla.
Hay que estar acá, en la montaña, para ver con nitidez cómo esas luces interrumpen a la verdadera noche, a la noche que es noche porque es de silencio, de frío paralizante y de oscuridad. De todo lo que hay, o no hay, antes del fuego que un día el hombre quiso controlar.
Hay que estar acá para ver el contraste entre la noche eterna y las luces rebeldes que no la quieren aceptar.
Es el progreso.
Somos nosotros, que acampamos acá para acompañar a esos hombres que vendrán todos los días a trabajar.
Somos nosotros, que durante el día también somos esos hombres.
Somos nosotros, que solemos olvidar que la misma ciudad donde vivimos, donde después volveremos, está hecha de mil y millones de veces más luz artificial que la que vemos con tanto contraste, gracias a esta noche montañosa, en esa mina que igual que nuestra ciudad no para de funcionar.
La ciudad, más que la mina, es la que pide cada vez más.
En la ciudad pensaremos en el silencio, en el frío y en la oscuridad.
En la ciudad recordaremos a esos mosquitos gigantes. A los helicópteros. Los recordaremos felices, porque son fantásticos. No pensaremos tal vez en toda la energía que necesitan para escupir viento, rugir y levantar su pesada estrcutura metálica del suelo y volar.
Esas máquinas fantásticas son una más de las máquinas fantásticas de la ciudad. Todas necesitan electricidad.
En la ciudad pensaremos en esta noche que ya no existe.
Nos lamentaremos, porque se nos extingue, o nos alegraremos, porque será agradable recordar ese silencio y esa oscuridad.
Pensaremos en esa mina iluminada que no se detiene. Leeremos textos como estos. Lo haremos tranquilos, olvidadizos, en la ciudad, con luz artificial.
