Mi mamá tiene la mejor de las pasiones. Ella no se impone a nada. No impide y no se pelea con casi nada. Mi mamá no se descontrola por nada. Nunca pierde la calma y menos la presencia. Nunca se va, nunca se mueve. Podrá hablar mucho, pero no decreta casi nada. Mi mamá flota de la nada.
Esa es la pasión de mi mamá. Es la mejor de las pasiones. Es la más liviana. Son muchas las pasiones, pero esa pasión, la de mi mamá, es la mejor.
Mi mamá puede detenerse y estar. Vaya que escasa virtud, esa de parar y quedarse, autentico oro de la actualidad. Tiene la pasión de pasar por el mundo demorándose, para que el mundo pase por su humanidad. Mi mamá está muy viva, porque no le pelea a casi nada.
Con esa pasión vive en el mundo y así lo consigue habitar.
Y nosotros, ilusos, que pensamos vivirlo solo por querer conquistar. Nunca conquistaremos ningún mundo. No conquistaremos nada. Con suerte a nosotros mismos, a nuestros pequeños munditos en nuestro efímero pasar.
Mi mamá, en cambio, no conquista su mundo. Ella, como pocos acá, conquista al mundo todo, sin ninguna batalla. Ella solo está y se deja estar. No hace falta más.
Mi mamá no le impone nada al mundo, no lo prescribe, no lo mueve y menos lo desfigura. Eso lo haría cualquiera. Cualquiera puede un buen día ponerse a picar. Ese es nuestro vicio, el de los que somos brutos, los que tenemos tanto ego que nos obsesionamos por dejar una marca al transformar. Mi mamá, en cambio, lo deja tal cual, le abre los brazos, lo acoge y lo deja ser, nada más.
Pobrecito este mundo, que ya no tiene tanta gente como mi mamá. Escasean los que sin tanta expectativa puedan por fin dejarlo en paz. Cuánto debe extrañar el mundo a quienes lo escuchen, sin tanta lucha de voluntad.
El mundo le afecta a mi mamá y ella se deja afectar nomás; el mundo la choca y ella se mueve, sin alegar; el mundo la acaricia y ella sonríe, sin esperar más. Mi mamá hasta le ha puesto la otra mejilla, con toda la dignidad, como otros tantos pasionales conocidos, escasos en la historia de nuestra sociedad.
Mi mamá con su pasión contempla al mundo. ¿Quién puede en estos días? Casi nadie. Mi mamá si puede. Lo contempla, se sorprende y lo refleja con acuarelas, en su pintar. Esa es la pasión de mi mamá, la de no buscar nada diferente en este mundo, la de notarlo a él y por eso comprenderlo profundo.
Eso es estar viva, es ser muy del mundo, eso es filtrarse en la oscuridad de la tierra húmeda y después dejarse llevar con viento, sin ningún rumbo.
Algunos dicen que eso no es nada, que es igual o cercano a nada. Que no hay ningún aporte, que si su pasión sirve eso sería, en fin, para nada. Yo les digo que tienen razón, pues mi mamá honra a la nada. Conquista a la misma nada.
Sin la nada no hay todo, no hay comienzo ni fin y lo que quieran hacer no tiene ni fondo ni techo, no tiene ni propósito ni modo. Sin nada, el mundo es estático, no se mueve, es materia estancada.
La pasión de mi mamá es tan liviana que se parece a esa nada. No es amenaza ni condición. Es pura potencia, pura posibilidad. No es indicación. Es fuerza mínima, brazos abiertos para acompañar sin miedo a cualquier cosa que pudiera pasar.
Por eso mi mamá —liviana—, flota, se desliza, llega y se encarama en casi todo lo que hay. ¿Acaso un martillo va a llegar al centro de las rocas, va a atravesar su densidad, va a ganarle a su dureza y a su poder? Pues lo que sí llega es el agua, forma liviana, que se encarama tiernamente y hasta le hace cambiar, sin doler.
Insistirán: que falta acción, que desde cuando la pasión es andar despistada y no es tomar las astas con convicción.
Yo insisto: le digo al cálculo y a la estrecha razón que la pasión de mi mamá es la más poderosa. Es la mejor, porque ama al mundo, lo mira y lo pinta, y el mundo se siente amado por mi mamá, y por eso la busca.
La busca porque quiere y nunca por obligación. Que cosa puede ser más poderosa que semejante relación. Al mundo siempre lo cambian, siempre lo obligan, pero casi nadie hace lo de mi mamá, de quedarse al frente, disponible, sin poner condición.
Mi mamá tiene pasión porque no hace nada, y el mundo se mueve hacia mi mamá, porque ahí tiene su cobijo. Quisiera parecerme a ella. Para ella esto es tan simple, para nosotros, egocéntricos, pretenciosos, es un acertijo.
Mi mamá, porque ama, también es amada. Amor incondicional lo llaman.
Que poderosa esa pasión, que no mueve, pero que provoca movimiento de la nada.
Con mi mamá, el mundo se mueve, y ella se mueve con el mundo, porque con esa pasión, su pasión, al mundo mi mamá lo ama.
Este texto es parte del libro Relatos.
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