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Y recuerda y recuerdan a su hogar

Ella

Le gusta tomarla en brazos cuando ella llora. Le gusta saber que cuando él se pone a hablar de cualquier cosa y ella está cerca, ella entonces se calma.

Le gusta saber que ella llora por hambre, por calor, por sueño. Le gusta saber que llora por razones simples. Envidia esa simpleza, esa transparencia.

Le gusta saber que a veces ella llora porque se siente sola, y que deja de llorar —que deja de sentirse sola— cuando él la toma en sus brazos. Le gusta confirmar que, en sus brazos, escuchando su voz, ella puede relajarse. Le gusta saber que, para ella, él es alguien importante.

Le gusta poder ver entera esa vida en miniatura, tan pequeña que cabe en su mirada, tan clara que puede contemplar su ciclo completo. Sus etapas son pocas, y son simples.

Ella llora, come, mama, caga, duerme, despierta, juega y observa —pasmada, impresionada, a veces como hipnotizada— con los ojos bien abiertos, bien curiosos, casi todo, porque casi todo es nuevo, y todo debe parecerle grandioso.

Llorar, comer, mamar, cagar, dormir, despertar, jugar y mirar el mundo con los ojos bien abiertos debe ser muy nuevo y gigantesco. Solo eso, todo eso, es su vida entera.

A él le gusta. Le sorprende. Y le gusta que le guste tanto. Piensa que ella, tan de miniatura, tan simple, es grandiosa.

Llora

Ella lloraba mucho desde temprano. Lloraba porque, aún a oscuras, antes del amanecer, la mamá se fue. Porque forzosamente se tuvieron que separar.

Él la tuvo un buen rato en su pecho. Fue más tiempo de lo habitual. Caminó con ella por la casa y le habló de cualquier cosa, solo para hablar, para que ella lo escuchara, sin entender. Al rato, ella volvió a sentir compañía, se volvió a calmar y, para bien de los vecinos, dejó de llorar.

Aún no llega el alba y la mamá ya no está. Hoy a la mamá le toca salir y a él le toca quedarse en casa con ella: tomándola en brazos cuando llora, dándole de comer —porque de él ella no puede mamar—, mudándola si se caga, haciéndola dormir, viéndola despertar, acompañándola a jugar y observándola, mirándola con curiosidad, con asombro, cuando ella también mira casi todo con los ojos bien abiertos, con curiosidad, y siendo él mismo, muchas veces, el que ella se pone a mirar.

Cuando mamá

La mamá va a cruzar a oscuras, en su vehículo, toda la ciudad. Va a salir de la ciudad. Va a avanzar cordillera adentro cuando la oscuridad y los rayos del sol, aún escondidos tras las montañas, formen siluetas negras y azules en las cumbres más altas.

La mamá va a ver esas siluetas en medio de la madrugada. Va a estacionar su vehículo en el borde del camino y va a comenzar a caminar valle adentro, recién al alba, con mucho frío. Va a subir por la montaña con el sol del amanecer. Va a sentarse en una cumbre con el sol del mediodía. Va a mirar la cordillera desde arriba. Va a ver la ciudad desde lo alto. Tal vez los mire a él y a ella —que están allá abajo— desde esa cumbre, desde arriba.

Tal vez —ojalá, piensa él— la mamá pueda dormir una buena siesta en el valle, ya con más sol, ya con la misión cumplida, antes de volver a su vehículo y regresar.

Tal vez —ojalá, piensa él— la mamá regrese cuando su hija aún esté despierta. Si no es así, cuando ella despierte, seguro que ahí va a estar su mamá, ya en medio de la noche, ya en la cama, pegada a ella.

Ella va a sentir a su mamá y va a sentir paz. Él también va a estar ahí, y también va a sentir paz.

Se va

Él no puede imaginar cuánto debe extrañar esta criatura a su mamá. Él estuvo en esa posición, tuvo ese tamaño, vivió esos momentos, pero no se acuerda de nada. No recuerda qué se sentía cuando, de un momento a otro, su mamá desaparecía.

Se pregunta si ella siente esa pérdida como un desgarro o como un abandono o como una traición o como un asesinato, o si simplemente es una incomodidad.

Como no recuerda nada, se pregunta qué sentiría ella, pero es una pregunta teórica. No se pone en su lugar. No puede. Le cuesta mucho.

Es difícil ponerse en el lugar de alguien tan pequeño, tan simple, que no exige puntos de vista, ni perspectivas, ni conceptos, sino precisamente menos de todo eso: menos puntos de vista, menos definiciones, menos palabras. Es difícil ponerse en el lugar de alguien tan pequeño, alguien que ocupa tan poco espacio. Habría que achicarse para caber en su lugar. Ella solo exige estar, para vivir lo que acaba de pasar.

Y la extrañan

Ella es tan simple que no necesita decir ninguna palabra para que a todos les quede clara esa atracción magnética por su mamá. Ella quiere oír el timbre de su voz de cerca, quiere sentir su olor, tocar su piel y, especialmente, su pezón. Quiere su calor corporal.

Qué importante, qué fundamental es para ella la mamá.

Él la entiende perfectamente cuando se trata de extrañar a la mamá. Él también la extraña: a su amiga, a su amante, a su pareja, a la mamá. Tampoco necesita palabras, ni conceptos, ni puntos de vista para expresar lo magnética que es para él la mamá.

También quiere que sea su voz —su timbre, su registro, su vibración— la que rompa el silencio y llene los espacios y los rincones de este lugar; también quiere que sus olores —los olores de su cuerpo, de su sal, de su humedad, de su intimidad— aparezcan en sus respiraciones. También quiere estar cerca, quiere tocar su piel con su piel. Quiere decirse a sí mismo, decirles a sus dedos, a las yemas sensibles de sus dedos, que su amiga, su amante, su pareja regresó, que ya está acá.

Él también siente paz, también se tranquiliza cuando apoya la cabeza en sus pechos, cuando siente de cerca su respiración, cuando su piel hace contacto con la piel de la mamá.

Él también, desde mucho antes que ella, consigue paz y calma cuando está la mamá. Desde antes de que la mamá fuera la mamá.

Él sabe que va a volver. Sabe que más temprano que tarde, van a escuchar el timbre de su voz romper el silencio de esta casa y convertirla —solo con su sonido— en un hogar. Sabe que la partida de la mamá solo marca un dulce contraste entre ausencia y presencia, que hace más feliz su llegar.

Él piensa que ella, tan pequeña, seguramente no conoce esas cosas. No sabe de contrastes. Ni de luces incipientes que forman contornos en las cumbres de las montañas más altas en medio de la oscuridad, ni de presencias y ausencias de la mamá. Seguramente no necesita saber. No necesita palabras ni conceptos. Tal vez, para ella, la mamá salió y punto. Punto final.

Y él

Él la mira en su alfombra, entre sus juguetes. Ese es su lugar favorito cuando no están disponibles los brazos ni los pezones de la mamá.

Se da vueltas intentando alcanzar cosas, intentando avanzar. Todo lo que la rodea le parece un mundo gigantesco.

Él piensa que esas cosas deben ser como esos libros que uno no puede dejar de tener cerca, que se llevan a todas partes, para leer un poco más en cualquier momento, apenas haya una mínima oportunidad. Porque lo que dicen, lo que muestran, lo que insinúan o preguntan son novedades: experiencias grandiosas antes desconocidas, a veces gigantescas.

Para ella, esas cosas —esas pelotitas, ese tren de madera— dicen, muestran, insinúan y preguntan. Son novedades. Son experiencias antes desconocidas. Muchas veces, gigantescas. Se las quiere llevar a la boca. Quiere sentirlas. Quiere desmembrarlas.

La mira

Él quiere compartir con ella esa curiosidad por el mundo. Quiere hacerlo con palabras. Tiene ganas de que un día ella aprenda a escuchar palabras, y entonces él pueda regalárselas: como cuentos con dibujos, como historias actuadas por él mismo, como relatos contados en voz alta o enviados en forma de mail, de carta, de libro. Especialmente para ella.

Él quiere que un día ella, ya habituada al lenguaje, le cuente los suyos: los cuentos de su vida. Él quiere escucharlos todos: sus sueños, sus fantasías, sus ficciones, sus excusas, sus verdades y sus medias verdades.

Tiene muchas ganas de compartir con ella el escuchar y el contar. Que un día él le cuente, y que otro día ella le venga con un cuento, y él se quede en silencio a escuchar.

Se imagina mundos inventados con palabras que se entrelazan como una telaraña literaria que solo crece y se condensa y se hace realidad. Una telaraña que los llena de experiencias, que enreda al mundo real con el mundo relatado, y que tantos mundos enlazados ya no puedan desarmarse. Que se vuelvan un nudo de nudos, un entramado de hilos apretados, imposible de separar. Que no los separe nunca más.

Él la quiere acompañar. Quiere empujarla fuerte en este mundo que cada vez se le expande más. Que antes era solo la mamá, y ahora también es esta alfombra con juguetes, y después serán las palabras, y luego los significados. Y un día su mundo se expandirá tanto, que él, cansado, ya no la va a alcanzar.

Y se miran

Cuando deja de lado sus pelotas y sus trenes de madera, a veces, como si recién se diera cuenta —como si recién recordara que hay otra persona—, ella se pone a mirarlo a él.

Se queda mirándolo con los ojos grandes, abiertos, fijos. No se mueve. Él tampoco. Ambos se quedan quietos, mirándose por segundos, por varios segundos. Ella en su alfombra, él en una silla. Ella mirando hacia arriba, bien arriba. Él inclinando la espalda, encorvándose un poco para acercarse, para estar un poco más a su altura.

A él le gusta esa mirada de asombro, como si ella recién lo reconociera, como si recién supiera quién es él.

Me pregunto qué ves en este tipo que, a pesar de todas sus dudas, quiere ser tu papá.

Él se pregunta qué siente, qué piensa. Se pregunta, nervioso, si ella lo ve como él espera que lo vea: como papá.

Se pregunta si ella estará de acuerdo con que en este mundo la valentía y la felicidad no son posibles sin ir acompañadas de las dudas y el miedo, que en este mundo esas cosas van juntas.

Se pregunta si ella le ve las dudas y el miedo, porque cree que es lo que más se le nota. Y se pregunta si ella acaso también será capaz, un día, de ver en él lo demás.

Y recuerda

Él se acuerda de sus miedos. Del fantasma que lo visitaba, que venía a buscarlo, que aparecía como quien aparece en medio de la noche, cuando uno baja la guardia, cuando está en la cama, sin ver nada, vulnerable.

Qué miedo da escuchar pasos sigilosos en medio de la noche, cuando hay silencio total, cuando uno se alista para dormir sin esperar a nadie, y de pronto se escuchan los pasos de alguien, de algo, de una presencia que está en la casa.

¿De quién serán esos pasos? ¿Y por qué viene justo a estas horas, cuando tengo miedo? Es un fantasma. Tal vez es algún muerto y me viene a buscar.

A veces eran pasos pequeños en el pasillo contiguo al dormitorio; a veces cosas que se caían, que sonaban, que lo despertaban, y al día siguiente estaban desparramadas en el suelo; a veces sentía un peso leve en su cama, como de un cuerpo del tamaño de un gato; a veces, simplemente, sabía. No escuchaba pasos, no sentía un peso, no veía nada. Solo sabía que estaba ahí. Que lo miraba. Que lo había vuelto a visitar.

Eso lo dejaba paralizado en las noches, y en los días no podía descansar. Porque no es sano salir al mundo de día como si todo fuera normal, sabiendo que cada noche eres visitado por una presencia que no se explica, que no se presenta, que no se va.

El fantasma aparecía en las noches, pero también en el día. En la noche lo acosaba. En el día él ya no lo podía olvidar.

Él, estresado, cansado, pensando que tal vez se había vuelto loco, caminaba sin ir a ningún lugar; hablaba si tenía que hablar, pero no decía nada; comía porque había que comer, pero no tenía hambre; tomaba agua porque se supone que hay que tomar agua, pero no quería saciar ninguna sed. Pensaba, porque su cabeza no se podía quedar quieta, pero no tenía nada más que pensar. Olvidaba que hacer el amor era por amor y para amar. Se iba desconectando. Se iba quedando en blanco.

Y recuerdan

Él no la trajo al mundo. Los padres no traen al mundo a sus hijos. Es al revés.

Ella fue a buscarlo. Él no quería escuchar. Ella insistió. Él fue difícil, resistente, orgulloso, ensimismado en su mente fuerte y en sus propias explicaciones. Ella no lo abandonó. Él no quería soltar y ella lo esperó.

Él, tan duro, tan encerrado, tan orgulloso, pensó que ella —que esa invitación— era precisamente su enfermedad. Entonces se escapó y eso lo enfermó más. Ella tuvo paciencia. No lo dejó solo. Sabía que tenía que esperar.

Él sabe, de alguna forma, que fue ella quien lo trajo al mundo. Se pregunta si acaso ella se acuerda. Se pregunta si, cuando lo mira así, pasmada, quieta, con los ojos bien abiertos, no está recordando que él era él, el que ella venía a buscar.

Él se pregunta si ella lo perdonaría si recordara que, cuando iba a visitarlo, él solo se quería escapar. Se pregunta si ella entendería que, ya enterado de su venida, él no veía más que fracasos, proyectos a medio camino, dificultades, lugares comunes, convenciones sociales asfixiantes, problemas económicos, problemas familiares, aburrimientos, desencantos, sufrimientos. Que no quería ir. Que no quería morir ni nacer. Que quería espantarla. Que no quería ir con ella. Que se quería quedar.

Él se pregunta si ella sabe que le salvó la vida. Porque si la vida viene de la muerte, a la muerte le sigue la vida. Y esa vida nueva ya no quiere mirar para atrás. Porque las vidas son más vitales cuando caminan hacia sus propias muertes. Y son más putrefactas, más moribundas cuando se quedan quietas, ensimismadas, justificadas, como si fueran eternas, sin querer cambiar nunca nada.

Él se pregunta si ella se acuerda cuando él aceptó. ¿Cómo fue que pudo soltar? ¿Cuándo fue que él murió y le dio la mano? Pudo nacer de nuevo, con ella, material y realmente, el mismo día, en el mismo instante en que ella salió del vientre adolorido de su mamá.

En ese momento él pudo ver al fantasma. Pudo enfrentarlo. Pudo mirarlo a los ojos. Y entonces el fantasma dejó de ser fantasma. Se volvió materia. Realidad. Y desde ese instante, ella empezó a mirarlo así: pasmada, quieta, con los ojos bien abiertos, con mucha curiosidad.

A su hogar

A pesar de todo, el miedo a no ser lo que quiere ser con ella nunca se le va a acabar.

Lo único que te pido es que, cuando crezcas, me sigas llamando papá.

Le dice, mientras ella lo sigue mirando a los ojos.

Él no quiere olvidarse de darle todo. No quiere dejar nunca de tejer una telaraña de ficciones y mundos cruzados para compartir la vida con ella.

Nunca va a dejar de tener miedo, porque él se enamoró de ella. Y como en todo enamoramiento, siempre habrá mucha felicidad y, también —inevitablemente— una sombra de inseguridad. Un miedo a perderlo todo. Porque solo puede haber miedo a perderlo todo si mucho se tiene. Y con ella, él tiene mucho; él se siente millonario.

Enamorarse —piensa él— es como escalar una montaña enorme, con vistas impactantes, y saber que un paso en falso puede hacer caer al montañista. Y que esa caída, desde tan alto, puede ser fatal.

Su seguridad, su paz, su tranquilidad, es saber que ya es su papá. Que ya tejen un mundo juntos. Y que, para empezar a tejerlo, ni él ni ella necesitaron hablar. No necesitaron palabras, ni conceptos, ni definiciones. Él no las usó, y ella ni siquiera las ha aprendido.

Él le heredó, naturalmente, lógicamente, obviamente, algo que los va a acompañar siempre.

Es la atracción magnética por el timbre de su voz, por su sonido, por su olor, por todos los olores de su cuerpo, por su piel, por descansar en sus pechos, por tocarla, por esa felicidad concreta de extrañarla cuando se va, y de que vuelva. De que quiera quedarse. De que este sea el lugar donde pueda descansar.

De que su sonido, sus olores, su calor corporal, sean el hogar.

Tan real

Ella llora cuando mamá se va, y la extrañan, y él la mira, y se miran, y recuerda, y recuerdan, a su hogar tan real.


Este texto es parte del libro Relatos.

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