Y Francisco, que en Chile ni siquiera escribía bien en español, ahora hablaba alemán sin problema, y la Victoria también hablaba alemán como si nada, como si fuera fácil.
Y en ese hablar de Francisco, incomprensible para mí, estaba el resultado del esfuerzo y la valentía y la perseverancia y el compromiso y la claridad para decidir aprender alemán, y para eso antes aprender inglés, y antes migrar, y con hijas recién nacidas, y con la Victoria, aprendiendo y criando, y trabajar en una tienda de bicicletas y después pasar a testear bicicletas importadas en Alemania y después pasar a ser diseñador especialista en cueros en Rimowa, en una buena posición, viajando como técnico experto por Europa y por China.
Y entonces cuando Francisco hablaba alemán con los demás yo no entendía nada y también, aunque suene contradictorio, entendía todo, y yo no entendía lo que él decía, no entendía qué palabras significaban sus sonidos, y a la vez lo entendía todo, y es que eso que hablaba era una consecuencia concreta, visible, perceptible, de todo ese periplo de viaje y aprendizaje y familia y trabajo y riesgo y esfuerzo, y eso sí lo entendía.
Y el alemán sonaba lindo, porque las herramientas que se usan bien son lindas también para presenciar, y entonces Francisco era el mismo y no era el mismo, era el mismo amigo y además era todo ese recorrido, y todo ese recorrido se expresaba, se sintetizaba de forma concreta conmigo como testigo, cuando íbamos a comprar pan y él se enfrascaba en un conversar que yo, que no hice ese recorrido, no entendía, pero que podía valorar.
Y Francisco usa herramientas con destreza, ese es su sello, y la herramienta del alemán hoy es parte de una serie más larga, es una herramienta más de su repertorio de usos con habilidad, habilidad que se le ve fácil, pero que pocos reparan en el proceso previo de decisión, de foco, de aprendizaje, de esfuerzo y de sufrimiento para llegar a dominar como un arte las manos y las cosas que va a manipular.
Y con Francisco comenzamos a ser buenos amigos a los 16, cuando nos escapábamos del colegio, muy temprano, para pasar todo el día en la montaña en bicicleta, y eso nos duró casi un año antes de que nos descubrieran, y Francisco en la montaña parchaba las cámaras pinchadas en menos de un minuto, alineaba rayos de ruedas dobladas como si tuviera todos los implementos de un buen taller, cortaba y unía cadenas como quien desamarra y amarra un simple cordel, y Francisco hacía lo que quería con las bicicletas, las desarmaba y las armaba como quien arma y desarma un barco de papel.
Y salir a pedalear con él era para subir la montaña cerro arriba, por Farellones o por Huinganal, y luego tirarse cerro abajo de forma temeraria, como lo hacen los de 16, que piensan que nunca les va a pasar nada, y para sacarse la cresta en una quebrada, en una mala frenada, en una patinada, y destrozar la bicicleta, que salía volando para cualquier lado, y que no te importe, porque si ibas con Francisco ibas entonces con un taller que arreglaba todo lo que se podía romper.
Y con Francisco nos hicimos muy buenos amigos a los 18, cuando nos tomamos más en serio el montañismo, y Francisco colgaba de techos altos de gimnasios para entrenar técnicas de jumar y de rapel, y Francisco aprendió a escalar en tradicional y comenzó a usar todo el equipo técnico como quien un buen día aprendió a manejar y no se olvidó nunca más.
Y yo fui testigo privilegiado de cómo se la arreglaba en la pared del Diedro Búlgaro, en la Aguja de la S, una de las cimas escarpadas de El Chaltén, en la Patagonia, y era de madrugada, y estábamos exhaustos, ya cerca de completar 30 horas de escalada y desescalada, y Francisco colgaba en el vacío, haciendo péndulos en una pared lisa de granito que cientos de metros más abajo caía al hielo duro de un glaciar, para llegar con el vuelo a alguna terraza o a alguna fisura e instalar allí algún anclaje para seguir rapeleando, para que todos sigamos bajando, y yo bajé por esos anclajes cargando con Pedro Pablo, el mejor escalador de esa cordada de tres, el que punteó casi toda la pared, que tras hacer cumbre colapsó y estaba desmayado o semi desmayado con los ojos abiertos, o fuera de sí, o en la luna, y nunca supimos qué le pasó, y vi que cada anclaje que Francisco logró montar, a pesar de lo crítico de la situación, era perfecto, como si se hubiera instalado con toda la calma del mundo para una clínica de escalada en la ciudad, y vi que cuando logramos bajar toda esa pared llegamos milagrosamente al mismo punto donde casi treinta horas antes habíamos comenzado a escalar, lo que nos aseguraba descender caminando tranquilos, a salvo, por el glaciar.
Y ese mismo verano, intentando la Via Monzino de la Torre Norte del Paine, Francisco había perdido su linterna frontal, porque se había echado a perder y para nosotros no había nada que hacer, y eso era grave, porque cada uno necesitaba luz en la frente para escalar, y lo que para mí hubiera sido basura, para Francisco fue una noche entera sin dormir, focalizado en los vericuetos y los circuitos eléctricos de ese aparato, y yo, que tengo el sueño liviano, a veces despertaba y veía que a los pies de la carpa estaba Francisco, toda la noche, metiéndole mano al aparato, a lo que para mí ya era basura, y a la mañana siguiente, para mi sorpresa, ese aparato malo, que pensaba que era basura, era de nuevo una linterna en perfecto estado y que funcionaba.
Y en las Torres del Paine hacía frío y los días eran duros, por portear equipo de escalada y por escalar, y yo ya me había comido mi Mantecol, que era uno por persona, que era la ración más calórica y la más feliz, y a cambio de nada, o a cambio de verme bien sin recibir de vuelta nada, Francisco me regaló el suyo, su Mantecol, y eso no tiene que ver directamente con la destreza de la que acá hablamos, y sí con corazón —un tipo más profundo de destreza—, porque esa golosina, en ese valle, en esa expedición, lejos de la ciudad, no era un simple Mantecol.
Y una vez con Francisco, que siempre está lleno de cosas que hacer, que siempre anda apurado, que siempre va corriendo, a tiempo pero por poco atrasado —y parece que a pesar de que se queja siempre de eso, de alguna forma le gusta y lo busca—, íbamos a pedalear desde Los Andes hasta Mendoza, y él me vio que yo llegué a su casa en San Felipe, listo para partir, con bicicleta y alforjas y todo, y como él antes no había alcanzado, esa misma mañana fabricó sus propias alforjas, y esas alforjas eran igual de buenas y resistentes que mis Ortlieb tradicionales que yo había comprado.
Y Francisco le apuntó medio a medio con haber estudiado diseño industrial, y como pocos sudamericanos, en Europa vivía de eso, de su profesión, como especialista, y tras haber llegado acá sin siquiera hablar alemán.
Este texto es parte de los libros Europa y yo y Relatos.
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