I
En estas zonas del altiplano se me hace difícil diferenciar a los animales salvajes de los domesticados. Los veo a todos mezclados en el mismo espacio abierto. Además, no los reconozco, ni menos los diferencio a todos. Alpacas, llamas… y hasta ahí llego. Luego hay más especies que no puedo nombrar.
Al ir subiendo montaña arriba vi también, lejana, a una mujer solitaria, al parecer vigilando a sus animales. Me costó notar su presencia.
Como es costumbre, los animales me miraban perplejos al pasar. La mujer también. Al igual que los animales, detuvo lo que estaba haciendo, se quedó quieta y se puso a seguirme con la mirada.
Cuando me miran así, pasmados, entiendo que no soy del lugar, que soy raro. Me siento como algo ajeno, como un fantasma. Tal vez si una vez veo a uno, me comportaría igual, mirándolo inmovilizado, como si el tiempo se hubiera detenido.
La sorpresa de los animales y de la mujer debió ser más grande en un lugar como este. Por acá ya no pasa casi nadie, menos un cicloviajero y menos montaña arriba cuando está por llegar una tormenta. Además, este camino ni siquiera estaba en el mapa convencional. Es un camino descontinuado que ya nadie usa.
El día anterior, aún en el valle, cuando preguntaba por dónde se llega a Arequipa, me apuntaban en la dirección contraria a la que yo iba, insinuando que estaba totalmente perdido, que me diera media vuelta. Se referían a la ruta principal, pavimentada y baja, la que pasa por el valle en vez de ir por la montaña. Esa ruta yo ya la había descartado. Yo quería venirme por acá.
No sé cuánto tiempo pasó. Supongo que unas dos horas. De repente los animales comenzaron a cruzarse en sentido contrario. Descendían la montaña con prisa, como una estampida. Se alejaban decididamente de lo que había más arriba.
Ellos conocían este lugar. Sabían lo que hacían. Bajar rápido era lo obvio, alejarse de la tormenta era lo obvio, pero los humanos, o los citadinos como yo, fantasiosos, hambrientos de nuevas experiencias, necesitamos llevar la contraria. Solemos rebelarnos a estas normas, no sé si con buenas razones. Yo no quería ir con ellos. Iba contra natura hacia arriba, directo a la tormenta. Sentía, o más bien quería creer, que los animales se iban retirando precisamente por eso, para dejarme a solas con ella.
Si hubiera estado con alguien necesitaría una explicación sensata para esta terquedad. Por la ausencia de argumentos me hubiera visto obligado a dar media vuelta, descender y buscar refugio. Estaba lejos del último pueblo donde dormí, pero seguro había lugares de sobra para acampar. Recuerdo un puente y un río, mucho más abajo. Tenía comida suficiente para esperar uno o dos días más y cruzar con buen tiempo.
Eso era lo razonable, pero estaba solo, no necesitaba convencer a nadie y quería seguir. En ningún caso por coraje, más bien por terquedad, terquedad y miedo. Yo también estaba escapándome. Así como los animales, yo también estaba escapándome de una tormenta, pero para los humanos esas tormentas no vienen de fuera, sino de dentro de la mente.
En eso estaba, ya no pedaleando, sino caminando con lentitud, tirando la bicicleta como un bulto hacia arriba, recogiéndola con esfuerzo cuando, por el peso de las alforjas, se me desbalanceaba y se me caía al suelo de nuevo.
Iba parando cada diez pasos para intentar respirar un poco más. Se me cruzaba la idea de dejar la bicicleta tirada. Acá escasea el oxígeno y, mientras más subo, menos tengo para respirar. El camino está suelto, lleno de piedras y arena, y la pendiente se vuelve cada vez más empinada.
Creo que las condiciones del lugar, con una bicicleta pesada, llena de alforjas a cuestas, justifican una marcha tan patética, tan lejana de esas postales de turismo aventura, donde los expedicionarios se ven guapos, fuertes, felices y fotogénicos. Yo me sentía cansado, errático, torpe y ansioso, ansioso por subir y avanzar como sea.
Yo ya sabía de la tormenta hace un buen rato. A veces los ojos solo sirven para confirmar, para contemplar lo que ya sabíamos. Pues bien, era el momento de los ojos. Ahora las nubes cargadas de agua y corriente estaban al frente mío.
En cambio, la vista a mis espaldas estaba despejada. Mirar atrás me recordó a las cumbres de la cordillera central de Chile. A lo lejos aparecían otros valles y otras montañas altas, solo visibles desde alturas como esta. Del otro lado, hacia el frente, era puro misterio, solo se veía una pared húmeda y oscura. Solo se veía la tormenta.
Llegué al punto más alto. Al fin se acababa la pendiente y, tras avanzar unos metros en plano, el camino por fin comenzaba a descender. Ya había cruzado al otro lado de la cordillera. Un logro por el lugar en el que estaba.
La bicicleta dejó de ser un bulto. Pude montarla y pedalear. No di ni cinco vueltas a la rueda y ya estaba en medio de un bombardeo de sombra, agua, viento y electricidad. Toda esa humedad estaba chocando violentamente con el lado de la montaña al que recién había entrado. Aun cuando la esperaba, la tempestad, su intensidad, su rapidez, su violencia, me tomó por sorpresa. Me atropelló con ruido y masa desatada.
Yo te avisé, los animales te avisaron, no te vayas a quejar ahora, pensé que me decía, como si fueran sus palabras de bienvenida. Tú me avisaste, los animales me avisaron y me da lo mismo. No caminé patéticamente hasta acá para nada. Voy a seguir como sea, pensé y dije en voz alta, hablándole a ella y hablándome a mí mismo.
Avanzar en la bicicleta era difícil. No tenía visibilidad, el viento me quitaba el equilibrio y los granizos chocaban con fuerza contra mi cuerpo. Los granizos dolían especialmente en los muslos, donde solo vestía las patas de pedaleo. Eran como piedrazos arrojados por el viento. No entendía qué clase de bienvenida era esta.
Me imaginaba que estas piedras de hielo me las disparaba alguien con una pistola de postones, alguien con alguna animadversión contra mí.
Tuve que bajarme de la bicicleta y usar sus alforjas como un pequeño escudo. Me cubrí detrás de ellas, le di la espalda al viento y me acurruqué. Mi espalda y las alforjas de mi bicicleta me dieron el refugio que necesitaba por unos segundos. Intenté calmarme para pensar. Comí lo que tenía a la mano, para que mi cuerpo tuviera calorías, y fui sacando de a poco mi ropa, hasta que me vestí con todo lo que tenía, no solo por el frío, sino también porque así no dolería tanto recibir a mansalva estos postones de hielo.
Decidí que tenía que avanzar lento, con cuidado, pero que iba a avanzar, aunque eso significara ir casi de cara al viento y los granizos. Había que descender y para descender había que avanzar. La tormenta era una ola gigante y yo la tenía que atravesar por debajo. El camino se volvió lo suficientemente ancho como para poder ir pedaleando sin riesgo de caer en una pendiente por la poca visibilidad.
Entonces avancé.
En algunos momentos el viento aumentaba su fuerza. En esos momentos no podía hacer nada. Me detenía, me bajaba de la bicicleta y nuevamente me acurrucaba entre las alforjas, la rueda y mi espalda, hasta que cesaban esas rachas. Ya no quería más esos granizos.
En uno de esos momentos me pregunté cómo estaba, si acaso estaba bien o si estaba sufriendo con todo esto. La pregunta fue sincera, quería saberlo. Primero examiné las variables físicas y confirmé que no estaba en peligro, que sabía muy bien qué hacer.
Pero yo ya tenía esa respuesta. Siempre, a pesar de todo, a pesar de la lejanía, de la soledad, de la altura, de la tormenta, de los granizos, me sentí seguro. Esa no era mi preocupación. La duda era sobre los asuntos que nos importan a los humanos, era psicológica, emocional. Yo estaba muy bien. Esa fue la respuesta.
Me gustó confirmarlo. Me gustó mucho preguntarlo, verlo y confirmarlo. Me hizo sacar un buen grito de desahogo. Era mi cuerpo, mezclado a más no poder con la fuerza del agua. Pensé que cualquier fantasma, si existiera, desearía sentir al mundo, ya no al psicológico, sino al mundo físico, ese de piedra y hielo, con toda su fuerza. Yo lo estaba sintiendo, me estaba sumergiendo en él, lo estaba encarando, una vez más, con intensidad, con furia.
Yo estaba vivo.
Me acordé de mi tormenta, la de mi cabeza. De esa tormenta había logrado escapar. Mi cuerpo estaba en movimiento y mi cabeza estaba en paz, focalizada completamente en protegerme del viento y de los granizos.
II
Debió pasar un poco menos de una hora. Había logrado descender lo suficiente, aún con muy poca visión, pero sin ese viento que disparaba granizos a quemarropa.
Me sorprendió la calma y el silencio. Era como cuando uno sale de una discoteca, con todo el ruido y el movimiento, y afuera, en la calle silenciosa de la madrugada, aún con los oídos sensibles por la música a todo volumen, se siente con más fuerza, con más contraste, con más claridad, lo que es el silencio y la tranquilidad.
Las nubes también pasaban con calma. Parecía que me acariciaban la cara. Me sorprendía que estos cuerpos tan sutiles, solo hace un rato, habían sido tan violentos conmigo. Pasaron de los postonazos de hielo a las caricias de vapor.
Nunca sabré si pueden sentir a un humano, pero yo sí las sentí. Las sentí en los granizos y ahora en la niebla. Alcanzaba a sentir el movimiento de su humedad en mi piel. Ya me habían dado mucha batalla, supongo que ellas también querían descansar. Ahora soplaban y se acercaban con timidez.
Ellas mandan. Ellas son las que ponen las reglas. Ahora querían una tregua. Yo ya había pasado la ola gigante por abajo. Ahora me sentía en la profundidad de las nubes. Y me sentía en paz.
Cuando vi dos lagunas a mi lado me alivié. El mapa que había estudiado, antes de que mi celular se congelara y dejara de funcionar, decía que al otro lado de la cordillera tenía que encontrarme con al menos dos de estas reservas de agua. Era una justo después de la otra, pero ambas muy parecidas y juntas. Recuerdo haber pensado que esas serían mis referencias. Si las encontraba, significaba que iba bien, que aún iba en el camino a Arequipa.
Vi esas lagunas, confirmé que iba bien, y me alivié un poco más.
El agua se veía en perfecto reposo. Había tres aves en el borde, una hembra y dos hijas, supongo.
Como la visibilidad era tan baja, pude haber pasado estas lagunas sin notarlo. Eso me tenía muy pendiente. Iba a entender si no las veía, pues a veces ni se podía reconocer la dirección del camino a metros de distancia, pero encontrarlas era mucho mejor. Creo que las nubes ya sabían de mi preocupación. Sentí como si ellas me hubieran ayudado. Justo antes de pasar por las lagunas, dejaron de acariciarme la cara, se abrieron y me dieron más visibilidad.
Pasaron las horas y yo seguía perdiendo altura. Las nubes se levantaron mucho más y apareció por primera vez la vista del valle al que me dirigía. Mi destino ya no era solo una pared húmeda y oscura que atravesaba. Ahora había horizonte.
Pensaba que ya había descendido lo suficiente. Estaba muy equivocado. Mi vista siguió el camino hacia abajo y no alcanzó a encontrar el final de la montaña. Aún estaba muy alto. Desde donde miraba podía observar todo el valle en el que me estaba sumergiendo.
Era el momento para detenerse y observarlo. Esa vista, y lo que quede en mi memoria, sería mi mapa.
Si las nubes regresaban, ya sabía que mi ruta marcaba una gran C por la ladera izquierda de la montaña, y tras montarse en el filo de una lengua poco pronunciada, debería pasar al valle que tenía abajo mío, tendiendo levemente hacia la derecha, para seguir por una pendiente recta que descendía hasta perderse de mi vista. Toda esa visión era información muy útil para mí, orientación clara por al menos una hora más.
Creo que esa visión fue otra cortesía de las nubes. Era como si estuvieran preocupadas de guiarme. La aparición de las lagunas y después esta panorámica me dieron orientación y confianza.
Tal vez las nubes me vieron más tranquilo y pensaron que había visto demasiado, porque tras unos breves minutos de pedaleo con vista despejada, volvieron a aparecer, cada vez más densas, cada vez más cerca mío. Otra vez ocuparon toda mi visión. Otra vez era casi todo blanco.
Al rato comenzó a caer mucha nieve, con intensidad y calma a la vez. Atravesé un puente de metal y accedí al primer pueblo del otro lado de la cordillera. Solo vi a un hombre en todo el pueblo. Estaba encaramado en el techo de su casa, reparándolo, supongo que para proteger su casa de la nieve. No me vio como un fantasma. Me acerqué y pudimos conversar un poco. Si no fuera por él, hubiera pensado que este era un pueblo completamente abandonado.
Aproveché una sede social que tenía su puerta abierta para descansar, para hidratarme y para comer algo caliente. En ese lugar, entre mis cosas, me alegré por ver mis calcetines de lana. Creo que era lo único que no llevaba puesto. Mis pies se estaban congelando, pero la lana en mis dedos fue la solución perfecta.
Cuando dejé el pueblo, ya no nevaba, pero la nube me seguía acompañando, dándome solo un poco de visibilidad. Mi pedaleo ya no descendía tanto, iba por terrenos planos y largos. Pensé que ya había dejado atrás la cordillera. Estaba calmo y el día se empezaba a terminar.
Conté unos cincuenta pasos del camino hacia la izquierda e instalé mi carpa en medio de una gran cancha abierta de arena desértica.
Esa fue una noche muy tranquila, quizá la más tranquila de todo mi periplo por el altiplano. No hay como dormir después de un día intenso.
Al anochecer, cuando el sueño ya casi se apoderaba de mí, sentía que nevaba nuevamente, con mucha tranquilidad. Alcancé a dormirme sintiendo que los copos de nieve acariciaban el techo de mi carpa. Primero chocaban con suavidad con el toldo y luego se deslizaban hacia abajo con mucho sigilo. Creo que notaban la paz de mi descanso, porque lo hacían con mucha delicadeza. No me querían perturbar.
En la mañana no me desperté por el frío o por algún ruido específico. En ese lugar, el silencio era absoluto. Solo me escuchaba a mí mismo respirar. Lo que me hizo abrir los ojos fue sentir el peso de la carpa sobre mi cuerpo. Todo el techo pesaba sobre mí. Por fuera estaba lleno de nieve. Era la misma nube, ahora condensada en estado sólido, que se había acurrucado al lado de mi carpa durante la noche. Gracias a esa masa cercana nunca sentí el frío matutino del altiplano al que ya me había resignado a aceptar en mis mañanas.
Al salir de mi carpa quedé descolocado. No estaba en ningún lugar. Mis ojos no distinguían formas en el paisaje. Todo había desaparecido, el camino, el horizonte, las rocas y cualquier elemento que esperaba encontrar. Solo había blanco, sin distinción de cielo o suelo. Estaba dentro de una pelota de pin-pon. Estaba en un lugar sin matices, que podría ser perfectamente el hogar de un fantasma.
Con pura intuición llegué a donde debería estar el camino, pero intenté no alejarme mucho de la carpa. En ese paisaje, sin referencia alguna, podría perderme fácilmente en medio del blanco.
Tras el desayuno, preparé mis cosas para salir. Esta nube se tenía que levantar y yo tenía que estar preparado para ese momento. Aún estaba completamente dentro de ella. Arriba, abajo y al lado de pura humedad blanca. Fue una mañana especial.
A lo lejos noté que la nube se abrió sutilmente. Bastó una pequeña fisura en la pelota de pin-pon para darme visibilidad, sentido del horizonte y volver a sentirme en la tierra, para dejar de ser un fantasma que flota en el blanco y volver, una vez más, a la tierra. No necesité tanto, solo distinguir una mínima diferencia de matices en el horizonte. Con eso, recuperé la orientación que necesitaba y mi bicicleta comenzó a rodar nuevamente, ahora sobre un camino nevado y un poco resbaladizo.
Al poco andar, la nube se levantó por completo. Entendió que yo tenía que partir y simplemente me abrió las puertas de salida de par en par, esta vez de forma definitiva, pues valle abajo se veían claramente los rayos del sol iluminar el relieve. Estaba totalmente despejado.
Vi con claridad lo que me quedaba por delante. Una vez más, noté que estaba muy equivocado. Pensaba que ya había descendido suficiente, que ya había dejado la montaña, pero aún quedaba mucho valle por bajar, aún estaba muy alto.
Si alguna vez soy un fantasma, o algo parecido, me gustaría serlo en forma de nube, o más bien en forma de agua. El agua se hace líquida para viajar por las montañas hacia abajo, tocándolas por sus partes más escondidas, se evapora para subir por las montañas hacia arriba, acariciándolas por sus partes más expuestas, y se congela para quedarse cerca de las cumbres, abrazándolas y aferrándose a ellas, con muchas vistas hacia todos lados.
De todos modos, no soy un fantasma, lo pude comprobar en este cruce de cordillera, porque pude sentir a este mundo con intensidad, como lo sienten los seres de acá, y pude hablar con ese señor que trabajaba en el techo de su casa, que no se quedó mirándome pasmado. Eso me tranquiliza, porque me gusta ser de acá, de este mundo, y me gusta sentir esta tranquilidad.
Este texto es parte de los libros Europa y yo y Relatos.
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