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Mostrando entradas de 2025

Guaracha

I Son sus hormonas. Casi puedo verlas volando, pululando. Ya ni caben en sus cuerpos recién crecidos, recién desarrollados. Es mucha energía. Es mucho entusiasmo. Es conducta de grupo. Es energía que se potencia en grupo. Tienen disfraces. Todos tienen disfraces. Se disfrazan y mucho. Se visten como si fuera carnaval. Son muy performáticos , muy extravagantes, muy orgullosos de su forma producida y teatral de celebrar. Sus disfraces me dan risa. Me gusta la producción, el esmero, el juego teatral. Los aplaudo. Los celebro. A mí no se me hubiera ocurrido disfrazarme, menos con ese nivel de producción. A mí con suerte se me hubiera ocurrido ir a bailar a esa edad. La verdad, yo a esa edad ni siquiera salía a bailar. Menos entonces pensar en ir así de disfrazado. Pero yo no soy una buena referencia de comparación. Yo a esa edad era tan inocente que hasta me asustaba, me intimidaba, me ponía nervioso ir a bailar. Tenía demasiado miedo a las mujeres como para ir a bailar. Yo evitaba, con cu...

Y recuerda y recuerdan a su hogar

Ella Le gusta tomarla en brazos cuando ella llora. Le gusta saber que cuando él se pone a hablar de cualquier cosa y ella está cerca, ella entonces se calma. Le gusta saber que ella llora por hambre, por calor, por sueño. Le gusta saber que llora por razones simples. Envidia esa simpleza, esa transparencia. Le gusta saber que a veces ella llora porque se siente sola, y que deja de llorar —que deja de sentirse sola— cuando él la toma en sus brazos. Le gusta confirmar que, en sus brazos, escuchando su voz, ella puede relajarse. Le gusta saber que, para ella, él es alguien importante. Le gusta poder ver entera esa vida en miniatura, tan pequeña que cabe en su mirada, tan clara que puede contemplar su ciclo completo. Sus etapas son pocas, y son simples. Ella llora, come, mama, caga, duerme, despierta, juega y observa —pasmada, impresionada, a veces como hipnotizada— con los ojos bien abiertos, bien curiosos, casi todo, porque casi todo es nuevo, y todo debe parecerle grandioso. Llorar, co...

Francisco

Y Francisco, que en Chile ni siquiera escribía bien en español, ahora hablaba alemán sin problema, y la Victoria también hablaba alemán como si nada, como si fuera fácil. Y en ese hablar de Francisco, incomprensible para mí, estaba el resultado del esfuerzo y la valentía y la perseverancia y el compromiso y la claridad para decidir aprender alemán, y para eso antes aprender inglés, y antes migrar, y con hijas recién nacidas, y con la Victoria, aprendiendo y criando, y trabajar en una tienda de bicicletas y después pasar a testear bicicletas importadas en Alemania y después pasar a ser diseñador especialista en cueros en Rimowa , en una buena posición, viajando como técnico experto por Europa y por China. Y entonces cuando Francisco hablaba alemán con los demás yo no entendía nada y también, aunque suene contradictorio, entendía todo, y yo no entendía lo que él decía, no entendía qué palabras significaban sus sonidos, y a la vez lo entendía todo, y es que eso que hablaba era una consecu...

Tambo Quemado

En la aduana chilena, una vez que el trámite de rigor terminó, pregunté al oficial de la PDI que me autorizó a salir del país qué me recomienda en mi viaje. Su respuesta fue Te recomiendo no ir . Lo decía, él aseguraba, Por tu propia seguridad. Por ser chileno. En esa época, en esa zona, la hostilidad hacia los chilenos iba en aumento. Yo, además, iba hacia Tambo Quemado: por esos días, el paso fronterizo más extremo, más antichileno , según los mismos chilenos. Gracias por el consejo , le dije, porque no supe qué decir. Y seguí mi camino hacia Tambo Quemado. Este cruce fronterizo está a unos 4.600 metros sobre el nivel del mar. En la parte más alta, en esa tierra de nadie que está entre la aduana chilena y la boliviana, el cambio trasero, que se encarga de cambiar las velocidades de la cadena en el piñón, se dobló en más o menos 45 grados, como se doblaría un objeto de plasticina , como si no fuera de acero y aluminio. No aguantó más fuerza, porque lo mío era subir y subir desde Aric...

Bomba en Bruselas

Y eran los flamencos y los francófonos, y los del norte y los del sur, y los bárbaros y los romances, y los que hoy son los más ricos, pero antes eran los más pobres, y los que antes eran los más ricos, pero ahora son los más pobres. Y eran los que reivindican su lengua antes prohibida y los que hablan la lengua antes extendida, impuesta, obligada, y los que se ofenden de que les hablen en francés y los que solo hablan francés, y los que solo hablan flamenco y los que se ofenden de que les hablen en flamenco. Y eran los bilingües, como Margarita, que hablan flamenco y francés, que son pocos, muy pocos, demasiado pocos en una ciudad oficialmente bilingüe, y preciados, muy preciados, en esta ciudad que necesita dar servicios bilingües. Y eran los inmigrantes árabes que son muchos, y dónde caben entonces en esta historia, además de los árabes, los recientes refugiados ucranianos y los antiguos refugiados que vienen de todos lados, y poco espacio hay acá para hablar de tanto, y acá de los ...

Camionero

I Además de los vehículos motorizados, la estación de servicio también me sirvió a mí, un ciclista, para llenar combustible. Había víveres. En vez del petróleo, mi combustible fueron dos sándwiches enormes y agua. Contar con eso fue imprescindible. Quería disfrutar bien esos sándwiches. Comer es siempre especial. Me instalé con mi bicicleta en una banca, con vistas a la estación de servicio y al lago, que estaba justo detrás. Me relajé y me puse a comer. Un camión enorme de la YPF estaba cargando combustible. El proceso es lento y muy crítico, de al menos media hora, escuché. Exige la atención de más de una persona en la estación. El conductor de la máquina era un hombre alto, delgado, de unos pocos rulos claros en su cabeza, de ojos grandes que parecía que se le iban a salir de la cara, justo por encima de unas ojeras muy marcadas. Tal vez su poco pelo y sus ojos se veían así por el cansancio de su trabajo. Me lo imagino aguantando trayectos larguísimos y agobiantes. Estaba vestido im...

El gato

Salir sin almorzar y sin cargar comida para el camino es una brutalidad. Tras horas de pedalear con hambre y no ver nada para comprar, unas banderas anuncian un local de venta de comida, justo al final de una cuesta, con un cartel que dice Cervezas, tartas fritas, sándwiches, galletas, bebidas . Es todo lo que necesito. Un carrito, unos banquitos y atrás una casa que debe ser del dueño del lugar. No hay nadie. Todo cerrado. Me quedo con las ganas y me siento en el banquito , sin compras, sin comida, a descansar. Recuerdo que hoy dejé mi comida a mano. Empiezo a buscar. Hay leche en polvo, dátiles y granola . Hay jugo en polvo para tomar agua con algo más. Y justo hoy, que moví mi equipaje para cambiar los pesos de las alforjas, tengo a mano todo lo necesario para hacerme un plato de cereales. Que feliz soy ahora. En este mismo banquito , manos a la obra y a disfrutar. Plato preparado. Escucho el sonido de un gato que se acerca hacia acá. Gato confianzudo y cariñoso. Roza su cuerpo con...

Palabras que riman

Las palabras riman porque resuenan, porque en su etimología se aproximan, porque lo que develan se cruza misteriosamente entre ellas en su ontología escondida, ahí en las letras donde su tono termina, en sus cimas, en sus sonidos más importantes, en lo que se dice hacia arriba. Entre ellas se perfilan, se arriman, se animan, se asilan, se tiran, se atraen, se apilan. Entre ellas forman frases con reminiscencia, con un vínculo a tiempos remotos, cuando comunicarse era música de esencia, era continuidad con lo que se siente, se reacciona y se mira. De esa forma de expresión las palabras son descendientes. Hoy se asoman, se parecen, nos recuerdan un habla diferente, de menos mente, hechas de lo que hoy llaman inconsciente. Ese que nos guía y que viene de esos días, cuando el habla eran melodías. En esas épocas prelingüísticas todo era la cercanía, de los sonidos que entre todos se decían. Era expresar y entender, era la práctica y la mística. Con sonidos parecidos se formaban conjuntos d...