Y eran los flamencos y los francófonos, y los del norte y los del sur, y los bárbaros y los romances, y los que hoy son los más ricos, pero antes eran los más pobres, y los que antes eran los más ricos, pero ahora son los más pobres.
Y eran los que reivindican su lengua antes prohibida y los que hablan la lengua antes extendida, impuesta, obligada, y los que se ofenden de que les hablen en francés y los que solo hablan francés, y los que solo hablan flamenco y los que se ofenden de que les hablen en flamenco.
Y eran los bilingües, como Margarita, que hablan flamenco y francés, que son pocos, muy pocos, demasiado pocos en una ciudad oficialmente bilingüe, y preciados, muy preciados, en esta ciudad que necesita dar servicios bilingües.
Y eran los inmigrantes árabes que son muchos, y dónde caben entonces en esta historia, además de los árabes, los recientes refugiados ucranianos y los antiguos refugiados que vienen de todos lados, y poco espacio hay acá para hablar de tanto, y acá de los árabes, hasta los árabes solamente, que no es poca cosa, vamos a hablar.
Y eran los árabes, y el árabe que se habla en todos lados, y el árabe que no es lengua oficial, que no está en carteles o estaciones de metro, y el ramadán y el ayuno y las cenas árabes del ramadán durante todo el mes, en Bruselas, en Europa y en todo el mundo, y los burkas, y la discriminación a los árabes en medio de la integración a los árabes, y la integración que va de la mano de la discriminación.
Y crecer en Bruselas siendo árabe, y el resentimiento, y la influencia ideológica de otros lugares en guerra, y el fundamentalismo y la radicalización, y los guetos, y la explosión en el metro de Bruselas, y los cuerpos mutilados, y los brazos y las piernas y las cabezas y los órganos de los cuerpos, y la sangre repartida por toda la estación, por todos lados.
Y una escena que nadie nunca imaginó, que pocos después pudieron ver y de la que todos supieron, porque alguien tuvo que entrar, y entonces alguien relató.
Y los jóvenes suicidas árabes, y saber que nacieron en Bruselas, y que eran belgas, y que odiaban a Bélgica, y que odiaban a Europa, y que odiaban a occidente, y que odiaban y que tenían odio y que el odio se incubó y explotó.
Y las muertes de flamenco parlantes y de franco parlantes y de árabe parlantes y de activistas por la integración árabe, y los cuerpos mutilados, y los brazos y las piernas y las cabezas y los órganos de los cuerpos, y la sangre repartida por toda la estación, de flamenco parlantes y de franco parlantes y de árabe parlantes y de activistas por la integración árabe.
Y era el Parlamento Europeo en plena Bruselas, porque Bruselas es la capital de Europa, y el entramado de políticas y alianzas y niveles, y las diferencias y sus violencias, y las diversidades y sus virtudes.
Y era Bruselas, la capital de Europa, la capital de la democracia de Europa, la capital del sueño europeo, del proyecto democrático europeo, una ciudad bisagra, y Bruselas, el centro de la Europa del Parlamento y una más de las ciudades de la Europa colonial, de la Europa que arrastra toda la vocación colonial, con África, con Asia, con los árabes, con el mundo, con lenguas europeas, oficiales, y africanas y asiáticas, no oficiales.
Y era Bruselas, que es infinita, en sus cruces y sus violencias y sus virtudes, y sus redes y sus edificios lindos al lado de los feos, y sus construcciones antiguas al lado de las nuevas, y sus construcciones terminadas al lado de sus obras inconclusas, y sus personas y sus encuentros y sus infinitas iteraciones, y como en todas partes, con sus infinitas virtudes y sus infinitos horrores.
Este texto es parte de los libros Europa y yo y Relatos.
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