En la aduana chilena, una vez que el trámite de rigor terminó, pregunté al oficial de la PDI que me autorizó a salir del país qué me recomienda en mi viaje. Su respuesta fue Te recomiendo no ir. Lo decía, él aseguraba, Por tu propia seguridad. Por ser chileno.
En esa época, en esa zona, la hostilidad hacia los chilenos iba en aumento. Yo, además, iba hacia Tambo Quemado: por esos días, el paso fronterizo más extremo, más antichileno, según los mismos chilenos.
Gracias por el consejo, le dije, porque no supe qué decir. Y seguí mi camino hacia Tambo Quemado.
Este cruce fronterizo está a unos 4.600 metros sobre el nivel del mar. En la parte más alta, en esa tierra de nadie que está entre la aduana chilena y la boliviana, el cambio trasero, que se encarga de cambiar las velocidades de la cadena en el piñón, se dobló en más o menos 45 grados, como se doblaría un objeto de plasticina, como si no fuera de acero y aluminio. No aguantó más fuerza, porque lo mío era subir y subir desde Arica a cero metros de altura, hasta acá, a 4.600, y mi bicicleta era una montañesa armada con piezas baratas, adaptada para un viaje improvisado, con un cambio trasero que claramente no estaba preparado para este nivel de exigencia.
Cuando intenté llevarlo a su posición original, moviéndolo y forzando sus materiales, no aguantó más y definitivamente se rompió. Quedé con todo el cambio trasero en mi mano y entendí que mi bicicleta, desde ese momento, ya no funcionaba como tal.
Sabía usar el cortacadenas para cortarla y sacarla, pero no para volver a unirla, por lo que pude sacar el cambio trasero y la cadena. Ahora tenía media bicicleta, o un tercio de bicicleta, porque sin cadena funcionaba como tal solo de bajada, con el vuelo que da la gravedad, y en plano o de subida solo servía para llevar mis cosas. El resto del trabajo tenía que hacerlo caminando, con la bicicleta al lado.
Entonces me puse a caminar, aún de subida. Si no quería dormir en esa tierra de nadie, tenía que apurar el paso, porque ya se terminaba el turno de atención de la aduana y a eso le seguía el frío y la noche.
Tras más o menos una hora llegué a lo más alto. Vi hacia Bolivia y supe que estaba salvado, porque además de una fila enorme de camiones parados que iban en dirección a Chile, vi que era solo bajada, mucha bajada, que era un valle inmenso hacia adelante, solo de bajada, y mi bicicleta volvió a funcionar con esa parte que aún servía.
Así llegué a la aduana boliviana. Y si hay algo fácil en Bolivia, es entrar por una aduana: te timbran lo que quieras y pasas, sin preguntas, sin revisarte nada, solo con timbres oficiales en los papeles que les muestres. Luego, pura y constante bajada, y ya en el ocaso llegué al temido Tambo Quemado, el pueblo anti-chileno, un lugar notoriamente pobre, con edificios bajos y antiguos, en medio del duro y amplio altiplano, lleno de camiones, de neumáticos y de comercio de paso para los camioneros.
Paré donde tenía que parar, en la plaza principal, porque en ese lugar terminaba la bajada, y antes de que me diera cuenta, en no más de dos minutos, tenía a unas treinta personas rodeándome. No me dejaban ir para ningún lado; sus caras eran de curiosidad y fascinación por ver a un cicloviajero, con su bicicleta y sus alforjas. Me llenaron de preguntas, como una conferencia de prensa improvisada donde cada vez se sumaban más curiosos. Yo ni siquiera me había bajado de la bicicleta, y cada vez estaban más cerca mío, y yo cada vez más rodeado. Que De dónde vienes, que Adónde vas, que Dónde duermes, que Cómo lo haces con el agua en el desierto, que De dónde eres. Les dije que soy chileno, y les gustó, y me dijeron que Chile debe ser lindo. Por acá se ven pocos chilenos, casi nada, a pesar de que estamos tan cerca, de que somos hermanos. Uno de ellos dijo que somos hermanos, y eso me emocionó.
Esa noche alojé en un hostal de Tambo Quemado, muy malo, muy sucio, en muy malas condiciones, porque Tambo Quemado es pobre. Al día siguiente subí mi bicicleta y mis alforjas a al menos tres minibuses que iban conectando pueblos del altiplano hasta llegar a La Paz. Compartí viaje con cholitas, con gallinas, con obreros, con campesinos, con estudiantes.
El último minibús que tomé no me dejó en La Paz, como yo quería, sino en su periferia, en El Alto, conocido por ser peligroso.
Ahí quedé yo con mi media bicicleta y mis alforjas, en medio de la calle. Pensé que mi mejor estrategia contra posibles ladrones era que se acerquen curiosos y que nos hagamos amigos. Y no tuve que hacer mucho esfuerzo para que la escena de Tambo Quemado se repitiera: curiosos rodeándome, hablándome, preguntando. Mientras les respondía, armé mi bicicleta y monté todo mi equipo. Y volví a escuchar, entre los que me rodeaban, Somos hermanos.
Llegué al centro de La Paz, en bicicleta, con la parte que funcionaba, porque desde El Alto es pura bajada. En La Paz estuve unos días, vi a una amiga paceña, a Gabriela, que me trató muy bien, que me presentó a amigos y a su marido. Con ellos compartimos paseos y cenas. También fui al estadio a ver el clásico Bolívar versus The Strongest. Conocí el mítico estadio de las eliminatorias sudamericanas, donde Maradona se comió seis goles como DT de Argentina. Vi al chileno Rodríguez en un gran momento, y también a Chumacero —tremendo jugador— en vivo, en un partidazo, en un espectáculo de estadio lleno, con clima de clásico, con trompetas, con hinchadas que cantaban todo el partido. También arreglé mi bicicleta en un taller.
La Paz, si la vemos desde un punto de vista occidental, no es una ciudad linda, pero es muy interesante para un chileno. Volvería feliz, en alguna fecha festiva, porque tiene tantas fechas festivas como culturas y lenguas milenarias conviviendo en simultáneo.
En La Paz terminé de comprobar que pude solucionar un accidente que ni imaginaba. Yo solo imaginaba la tortura de parchar un pinchazo. No quería enfrentarme a la vergonzosa realidad de estar viajando por Sudamérica en bicicleta sin saber parchar bien una cámara. Pero fue mucho más que eso: tanto más que terminé sin cadena, sin cambio trasero, en un paso fronterizo de altura. Pasó todo eso, pero en realidad todo estuvo bien y entonces no pasó nada. Solo cambió el plan de mi viaje, ¿y qué importa?, si los viajes son también para eso: para que uno pueda perder el control.
Este texto es parte de los libros Europa y yo y Relatos.
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