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Camionero

I

Además de los vehículos motorizados, la estación de servicio también me sirvió a mí, un ciclista, para llenar combustible. Había víveres. En vez del petróleo, mi combustible fueron dos sándwiches enormes y agua. Contar con eso fue imprescindible.

Quería disfrutar bien esos sándwiches. Comer es siempre especial. Me instalé con mi bicicleta en una banca, con vistas a la estación de servicio y al lago, que estaba justo detrás. Me relajé y me puse a comer.

Un camión enorme de la YPF estaba cargando combustible. El proceso es lento y muy crítico, de al menos media hora, escuché. Exige la atención de más de una persona en la estación.

El conductor de la máquina era un hombre alto, delgado, de unos pocos rulos claros en su cabeza, de ojos grandes que parecía que se le iban a salir de la cara, justo por encima de unas ojeras muy marcadas. Tal vez su poco pelo y sus ojos se veían así por el cansancio de su trabajo. Me lo imagino aguantando trayectos larguísimos y agobiantes. Estaba vestido impecablemente, con su overol de trabajo, que parecía nuevo. Se veía como un profesional. Todos mis respetos. No cualquiera conduce estos colosos, menos si lo que cargan es petróleo.

Mientras cargaban su camión él se paseaba por la estación y al rato se decidió a conversar conmigo. Se me aproximó y se quedó de pie, de brazos cruzados, al frente mío.

De dónde sos vos, me preguntó. La clásica pregunta turística que me carga, pensé. De Santiago de Chile, le dije. Sí sé que sos chileno. Y de donde venís viajando. Volví a pensar lo mismo y volví a dar la misma respuesta tediosa de rutina. Un par de intercambios y él fue más temprano que tarde a su punto: Es peligroso pedalear por la 40, me dijo. Esto de las bicicletas es un tema. Yo estaba de acuerdo y se lo hice saber asintiendo con la cabeza. Luego continuó: Cuando un camión vaya por detrás tuyo y te haga un sonido, vos tenés que dejarlo pasar, me dijo, con un énfasis especial.

Sobre eso pienso muchas cosas, que a veces no es tan fácil, que a veces uno no se da ni cuenta que hay un camión detrás de uno o que a veces por la velocidad de la bicicleta en bajada lo mejor es no orillarse hasta llegar a un plano, pero en el fondo estaba de acuerdo en que mientras pueda, tengo que dejarlo pasar, por lo que simplemente confirmé lo que decía con la cabeza. No quería entrar en una discusión ni menos por diferencias tan específicas. En realidad, ni siquiera quería hablar con él. Lo que quería era disfrutar mi sándwich y no hablar con nadie. Por su insistencia, hablamos un tiempo de la seguridad en la ruta y de lo complicado que es para ellos, los conductores de camiones, trabajar cuando hay ciclistas. Intenté escuchar y ser empático.

Al rato me di cuenta de que esto no era una conversación, que él me estaba sermoneando o peor, que se estaba descargando conmigo. Sentía que me llegaba mala vibra y de forma gratuita. La diferencia entre ustedes y nosotros, me dijo, Es que ustedes están solamente de paseo. Ustedes están solamente de paseo, repitió. Tras decir eso, se quedó quieto, en silencio, con postura desafiante y mirándome a los ojos, como si con eso me dijera una verdad irrevocable, para que yo me ruborice y me dé cuenta de que los ciclistas a ellos los camioneros los tenemos podridos, que los tenemos que dejar tranquilos a ellos que, a diferencia de nosotros, están trabajando, que, a diferencia de nosotros, unos vagos, irresponsables y molestosos, ellos son gente que no anda paseando, que son gente seria y que por eso siempre, siempre tenemos que dejarlos pasar en la ruta. Eso era lo que en realidad me quería decir, pensé. ¿Y qué querís que haga yo con todo esto, viejo de mierda, que me arrodille y te pida perdón acá mismo en nombre de todos los ciclistas que te han cagado tu día en la ruta?, pensé en decirle.

Si, estoy de acuerdo, le dije.

El siguió con su sermón, con su descarga. Me dio más explicaciones. Que, para un camión, sobre todo si está recién cargado de petróleo, es muy difícil perder la inercia por no poder pasar a unos ciclistas que andan de paseo. Que ellos, los camioneros de su empresa, manejan supervisados con cámaras que los controlan y que, por eso, por estar vigilados, están jodidamente obligados a respetarnos y no adelantarnos en cualquier lugar. Por suerte existen esas benditas cámaras, pensé. Ah, no sabía eso de las cámaras, que estrictos, le dije. Que hay ciclistas que van muy, muy al medio en la pista, sin dejar espacio a los vehículos. Que un día unos ciclistas muy rubios, que él cree y asegura que eran rusos, lo tuvieron un montón de rato atrás de ellos a unos 20 por hora y que los muy mal paridos no lo dejaban pasar nunca. Que mierda me importa a mi esa wea, pensé.

Que lastima, que ciclistas más desconsiderados, le dije.

Y por qué no, en vez de webiarme a mí, no vai a decirle a tus gobiernos corruptos que de una vez por todas hagan una carretera decente y con berma de verdad, pensé.

Si, en verdad es un tema complicado, es importante, le dije.

Al rato lo corté. Lo pude cortar. Su postura corporal era desafiante, su mirada era de odio, ya no quería tenerlo más al frente mío. Que se vaya a la mierda este viejo culiao, que se vaya a webiar a otro lado, pensé.

Discúlpeme, señor, justo tomé Wifi acá y ahora hablaré con mi familia, que quieran saber cómo va mi viaje, le dije. Con esa explicación él entendió que yo quería dejar de conversar y se fue. Simplemente se fue, sin tanta caballerosidad.

Suerte, me dijo, ya yéndose, con un tono fuerte y seco, creo que por decirme cualquier cosa. Creo que ese Suerte pudo haber sido perfectamente un Andá a cagar, por ejemplo.

Primer argentino maleducado que me cruzo, pensé.

Me fijé que su camión iba al sur. Yo iba al norte. Eso era bueno. No quería volver a encontrarme con él.

Antes de volver a pedalear me di un par de vueltas, para ir al baño y para sacar más agua potable de un grifo. Me fijé que él me seguía con su mirada. Su mirada era de desprecio, de desaprobación, de odio. Un par de veces cruzamos nuestras miradas. Creo que la mía tampoco era de muchos amigos.


II

Solo llevaba 10 minutos de pedaleo y un camión me adelantó muy rápido y muy cerca, en una recta que, para variar, como suele pasar en la ruta 40, casi no tenía berma que permita orillarse. El camión, que por poco no me toca, me chupó con su corriente de aire, me desestabilizó y me botó al suelo. Solo me gané un susto y un par de golpes menores. Mi bicicleta y mis alforjas, por suerte, quedaron intactas. La saqué barata, pensé.

1 o 2 kilómetros más allá ese camión estaba detenido a un costado de la carretera. Habrá parado a descansar, pensé. Me estará viendo pasar por acá, pensé. Seguro que sí, pensé. También pensé que aprovechando que está detenido podría ir a su encuentro y pedirle más prudencia, pero la experiencia de la última conversación me desanimó, por lo que simplemente lo olvidé y seguí mi camino.

Unos 2 kilómetros más allá, ya en un tramo largo de bajada, sentí un motor atrás mío. Me acordé del consejo de “mi amigo”, el camionero de la YPF, y pensé en irme para la berma y dejar pasar a quien esté a mis espaldas. Antes de que yo haga el gesto de orillarme, un camión ya estaba a mi lado, por la pista izquierda.

El camión “me habló”. En estricto rigor, el camión no me habló. Tenía un alto parlante que reproducía lo que decía su conductor a través de un micrófono. Como esas camionetas que pasan por el barrio anunciando que venden fruta.

Te pensaste que te ibas a librar de mí, ciclista hijo de puta, escuché por ese altoparlante. Luego, una segunda frase: ¿Ahora te vas a hacer el boludo?

La voz del altoparlante dejaba entrever un registro de rabia. De odio, más bien. Me fijé en la ventana del camión y ahí estaba él, “mi amigo”, asomándose hacia mí, con ganas notorias de que yo lo reconociera, también mirándome, con sus ojos saltones, con sus pocos rulos más despeinados que antes, con su overol profesional de camionero y con un rostro que esta vez era un poco diferente, era más desafiante. Cruzamos nuestras miradas, igual que en la estación de servicio, pero esta vez en movimiento y cada uno en su lugar, cada uno donde le corresponde estar: él en su camión, yo en mi bicicleta.

Otra vez el alto parlante con esa voz metálica me dice, Desenchufé la puta grabadora, puto, a ver si ahora no te corrés del camino, frase a la que le sigue una risa gritada, fuerte y alargada. Al acto viró con violencia donde yo estaba y a mí no me quedó más alternativa que esquivarlo yendo hacia adelante, aumentando la velocidad. Detenerme era complicado, porque el camión no me dejaba espacio hacia atrás. Irme muy a la berma tal vez hubiera sido aún más difícil, pues a esa velocidad las ruedas se me podían reventar con tanta piedra, o yo perder la estabilidad y caer encima de un terreno irregular. En fin, la única salida era hacia adelante y con velocidad. Logré zafar.

¿Qué te creés, que no sabía lo que estabas pensando cuando charlábamos, ciclista sínico y la puta que te parió?, me gritó la voz metálica por el alto parlante, con una voz que me asustaba. ¿Habrá leído mis pensamientos y entonces habrá escuchado lo que de verdad quería decirle, en vez de lo que le dije en la estación de servicio? Tal vez no, tal vez es solo una expresión, una forma de decir que se imaginaba lo que yo de verdad pensaba, porque seguro para él todos los ciclistas somos iguales, cortados con la misma tijera, y entonces todos pensamos igual. No importa, tampoco tenía tiempo de descubrirlo, ni siquiera tenía tiempo de responder a sus insultos y provocaciones, ni con un mínimo gesto con la cara, porque iba muy rápido ruta abajo, él me hacía encerronas para hacerme caer y yo solo tenía que concentrarme en mantener la posición de control de mi bicicleta, esquivar al camión y salir sano y salvo de esta situación.

Llegamos a un punto en el que sí había suficiente berma y por tanto sí podía detenerme. Si paro, se acaba el espectáculo, pensé. Tal vez él también se detiene y se baja con un fierro o tal vez con una escopeta, pensé. Si me llega a matar, acá no hay nadie más de testigo. Le bastaría con meter mi cuerpo, con bicicleta, alforjas y todo, al camión, llevarme a lo profundo de la pampa y dejarme enterrado en algún lugar donde tal vez no pase un alma más en años. Mejor no parar. Mejor sigo con su juego, pensé. Ese es su baile, ese es su deseo, su fetiche. A ver quién gana el baile, camionero hijo de puta, pensé, y pedaleé más fuerte aún, para ganarle metros.

¿Ah sí, con que quiere bailar el muy malparido?, me gritó con su voz fuerte y metálica desde su altoparlante. Te voy a reventar el orto chileno y la puta que te parió, remató, para luego gritar otra frase inentendible, que por su sonoridad parecía una arenga o un grito de guerra. El camionero aceleró y yo giré a la izquierda. Él se tomó su tiempo para estabilizarse y luego me siguió, detrás mío. Le costaba girar bruscamente, por lo que insistí con este baile de ir y venir con giros. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Pensé que él estaba disfrutando todo esto, que me veía delante de él, acorralado. El juego iba bien, pero seguro a mí se me acabaría la fuerza de los músculos antes que a él su rabia y su combustible recién cargado. Antes de eso apareció, justo después de una curva, de la nada, en contra nuestra, una renoleta. Para esquivarla, el camión tuvo que girar fuerte. La inercia lo empujó demasiado hacia la derecha de la ruta, hacia el barranco. Yo no vi nada, yo solo pedaleé y seguí. A los segundos escuché que el camión colisionó fuertemente contra un bosque de árboles que, por el sonido del impacto, debieron ser de troncos anchos. Pobres árboles, pensé. Cuando miré para atrás, el camión estaba detenido, atrapado en una red de árboles que impidieron que siga cayendo por el barranco.

Me seguí alejando con mucha velocidad, aún de bajada. A lo lejos escuché bocinazos fuertes y constantes desde el camión. No paraban de sonar, pero para tranquilidad mía, se escuchaban cada vez más lejos. ¿No te gustaba tanto que los ciclistas vayamos por la berma? Ahí la tení, te la regalo, camionero conchesumadre, pensé.

Me alejé mucho de él. Pedaleé muchos kilómetros a mucha velocidad y sin descanso. Aún tenía miedo, aún no me sentía seguro. Quería alejarme lo máximo que pudiera. Cuando sentí que estaba muy lejos, al fin descansé. El no vendrá más por mí y yo no pensaría más en él, pensé.

También reparé en el orden de los factores. Era al revés: yo primero pensaba en él y por eso él me perseguía. Vi varias veces a la carretera por la que yo avanzaba, para ambos lados, para atrás y para adelante, para el norte y para el sur. Estaba solo. Llevaba kilómetros y kilómetros subiendo y bajando cuestas solo. Subiendo lento, bajando a toda velocidad. No me había dado cuenta de que llevaba casi todo el día pedaleando solo.


Este texto es parte del libro Paseo de verano.

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