Salir sin almorzar y sin cargar comida para el camino es una brutalidad.
Tras horas de pedalear con hambre y no ver nada para comprar, unas banderas anuncian un local de venta de comida, justo al final de una cuesta, con un cartel que dice Cervezas, tartas fritas, sándwiches, galletas, bebidas. Es todo lo que necesito. Un carrito, unos banquitos y atrás una casa que debe ser del dueño del lugar.
No hay nadie. Todo cerrado. Me quedo con las ganas y me siento en el banquito, sin compras, sin comida, a descansar.
Recuerdo que hoy dejé mi comida a mano. Empiezo a buscar. Hay leche en polvo, dátiles y granola. Hay jugo en polvo para tomar agua con algo más. Y justo hoy, que moví mi equipaje para cambiar los pesos de las alforjas, tengo a mano todo lo necesario para hacerme un plato de cereales. Que feliz soy ahora. En este mismo banquito, manos a la obra y a disfrutar.
Plato preparado. Escucho el sonido de un gato que se acerca hacia acá. Gato confianzudo y cariñoso. Roza su cuerpo con mis piernas. Quiere regalonear. Casi lo escuché ronronear. Una ternura. Como todos los gatos, una delicia de animal.
El gato se me sube a las piernas y mira, mientras hace maullidos, a mi plato. El pobre tiene hambre. Yo no puedo darle alimento. Si come cualquier cosa sintética se va a enfermar. El gato insiste en mi plato, metiendo su cabeza para sacar algo de dátiles, leche o cereal. Yo con cuidado lo tomo con mis manos, me alejo y lo dejo en otro lugar.
El gato regresa inmediatamente, con su maullido y su cabeza que no deja de meterla en el plato y por cualquier lugar. Lo saco de nuevo de mi plato y el gato empieza a buscar en todo lo demás. Se mete a la bolsa de leche en polvo que quedó medio abierta y yo justo a tiempo la logro salvar. Lo mismo con la bolsa de los cereales y con todo lo demás. Yo empujo al gato con una sola mano, porque con la otra hago equilibrio para que no se me caiga el plato de cereales, que está lleno hasta arriba de leche y que si dejo en el banco el gato me lo hace desaparecer, porque si bien busca de todo en mis cosas, ese, el plato de cereales lleno de leche es su objetivo principal.
Este animal no deja de insistir en mis cereales. No me deja tranquilo. A ratos logra meter su cabeza entre mis manos y por poco no me deja un mordisco en mis dedos. Yo lo lanzo lejos, ya sin cariño, ya sin tanto cuidado, a ver si al fin se va. Vuelve inmediatamente, con la misma intensidad y ahora con un sonido diferente. Se acabó el gato tierno. Ahora me lanza un ronquido desafiante, un sonido medio feo, medio amenazante, de pelea, como diciendo Dame tu comida o te rasguño entero.
Me asusto y me pongo de pie, siempre con mi plato de cereales en mis manos, haciendo equilibrio para que no se caiga la leche, comiendo mientras camino. El gato me sigue para estar al frente mío. Me giro y el gato gira. Insiste en quedar cara a cara conmigo. Esto pasa muchas veces, como un baile, como el tango. El gato me sigue todos los movimientos e insiste en estar justo al frente mío, justo interrumpiendo cualquier paso que yo quera dar.
Entiendo que esto es un asalto, que este gato me está afanando, que me quiere robar, que primero lo de él es dar lástima y si no le resulta se pone violento, o flaite, o chorro, como dirían acá.
Intento explicarle al gatochorro, le digo en voz alta, como si entendiera mi lenguaje, que mi comida le podría caer mal. Qué me va a entender, si primero que todo, este animal solo habla con sonido raros y no con palabras. En segundo lugar, este atorrante debe ser un cochino, debe comer en la calle cualquier cosa que pueda robar. Le explico y pienso en esto mientras el gatochorro me sigue acosando. Me pongo nervioso, porque su actitud de matón, de amenaza permanente de arañazos, no para de aumentar.
Gato de mierda, me cagaste un buen momento para descansar. Pienso en darle una buena patada para sacarlo del lugar. Me lo imagino volando lejos, como si fuera una pelota y yo la pateara con toda mi fuerza, para sacarla de la cancha. Me arrepiento. No quiero que esta situación escale. Ya lo veo volviendo convencido en agarrarme a arañazos. Y qué tal si está drogado. Y qué tal si me hace algo más grave que ni él pueda dimensionar.
Tal vez lo mejor es la diplomacia. Intento negociar. El gato solo me responde con esos maullidos agudos, cada vez más agudos y cada vez más amenazantes.
Que me voy a estar preocupando si este otro se enferma o no del estómago, si con suerte me deja moverme y más encima me quiere robar, pienso en un momento de claridad en medio de tanta tensión. Tomo la iniciativa y le dejo un resto de cereal que me sobra. Doy dos pasos y dejo el plato con cereal y leche en el suelo, unos metros más allá, lejos del resto de la comida y de la bicicleta. Gran jugada. El muy angustiado me deja tranquilo. Se va directo a los cereales, ahí se queda comiendo lo que queda. Se distrae. Me da tiempo para reaccionar. En ese tiempo aprovecho para alistar en tiempo récord mi bicicleta y prepararme para pedalear. Lo último que empaco es el plato, que se lo quito al gato de un solo tirón, sin que alcance a darse cuenta. Subo a la bici en un santiamén, me pongo a pedalear, tomo rápidamente velocidad y me escapo.
El gatochorro me robó un poco de cereal, pero yo me fui sin arañazos. Pude zafar. Cuando iba tomando velocidad, ya sin opción de que el gato me alcanzara, le grité algunas cosas. Gato de mierda, me cagaste mi almuerzo. Espero que haya escuchado y espero que los cereales le hayan hecho mal.
Este texto es parte del libro Paseo de verano.
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