Las palabras riman porque resuenan, porque en su etimología se aproximan, porque lo que develan se cruza misteriosamente entre ellas en su ontología escondida, ahí en las letras donde su tono termina, en sus cimas, en sus sonidos más importantes, en lo que se dice hacia arriba.
Entre ellas se perfilan, se arriman, se animan, se asilan, se tiran, se atraen, se apilan.
Entre ellas forman frases con reminiscencia, con un vínculo a tiempos remotos, cuando comunicarse era música de esencia, era continuidad con lo que se siente, se reacciona y se mira.
De esa forma de expresión las palabras son descendientes. Hoy se asoman, se parecen, nos recuerdan un habla diferente, de menos mente, hechas de lo que hoy llaman inconsciente. Ese que nos guía y que viene de esos días, cuando el habla eran melodías.
En esas épocas prelingüísticas todo era la cercanía, de los sonidos que entre todos se decían. Era expresar y entender, era la práctica y la mística. Con sonidos parecidos se formaban conjuntos de emociones y sentidos, contextos completos y necesarios para un día. Cada conjunto con su propio objetivo.
Así, todo se decía. Se cantaba. Para salir, para juntarse, para encontrar guarida.
Sonidos parecidos, hacían resonar lo que se señalaba, lo que se quería. Como peligro maligno, amor de flor, hermano cercano, hermana cercana, cuidado a lo amado, abrigo de amigo, juego con fuego o comida de vida.
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