I
Son sus hormonas. Casi puedo verlas volando, pululando. Ya ni caben en sus cuerpos recién crecidos, recién desarrollados. Es mucha energía. Es mucho entusiasmo. Es conducta de grupo. Es energía que se potencia en grupo.
Tienen disfraces. Todos tienen disfraces. Se disfrazan y mucho. Se visten como si fuera carnaval. Son muy performáticos, muy extravagantes, muy orgullosos de su forma producida y teatral de celebrar. Sus disfraces me dan risa. Me gusta la producción, el esmero, el juego teatral. Los aplaudo. Los celebro.
A mí no se me hubiera ocurrido disfrazarme, menos con ese nivel de producción. A mí con suerte se me hubiera ocurrido ir a bailar a esa edad. La verdad, yo a esa edad ni siquiera salía a bailar. Menos entonces pensar en ir así de disfrazado. Pero yo no soy una buena referencia de comparación. Yo a esa edad era tan inocente que hasta me asustaba, me intimidaba, me ponía nervioso ir a bailar. Tenía demasiado miedo a las mujeres como para ir a bailar. Yo evitaba, con cualquier excusa cobarde, con cualquier mentira bienpensante y moralizante, lo que en el fondo si hubiera querido hacer, que era ir a una fiesta como estas a bailar.
Ellos si que van decididos. Ellos son menos acomplejados. Van sin miedo y sin complejos a cobrar lo que es de ellos por derecho. Van a una fiesta desatada, masiva, hasta las 4 AM, donde van disfrazados, extravagantemente disfrazados, a bailar.
Hay chicos vestidos de chicas y hay chicas caracterizadas de personajes que yo, desde mi ignorancia, desde mi lejanía con el mundo pop, no puedo identificar. Hay más disfraces, de superhéroes, de oficinistas, de mariposas, de bañistas.
Se disfrazan en grupo. Iguales disfraces para cada grupo. Se mimetizan en grupo. Parecen perder su individualidad y pasar a ser energía fusionada con los demás.
El ritual es siempre en grupo. El ritual siempre refuerza, activa, desencadena, despierta, moviliza —con algún tipo de magia que no necesita palabras— a la colectividad. El ritual anula por un rato a la persona y eso permite que la persona deje de pensar. El ritual soporta a la persona en la comunidad, la hace descansar en la comunidad. Acá es lo mismo. Ellos están arrojados, no por sí mismos, sí con los demás, como una pieza más.
Hay ilusión. Hay novedad. Hay novedad porque a esa edad todo o casi todo es novedad. Todo o casi todo es fresco, nuevo. Hay energía. Hay mucha energía. Inocencia también. Inocencia feliz, porque a esa edad la inocencia no es una falta, no es una carencia. A esa edad la inocencia es una etapa normal, una realidad. Hay gritos, porque cuando hay emoción a los adolescentes les da por hablar fuerte y gritar. Hay chistes. El lenguaje es en base a chistes. A esta hora, tan cerca de ir al fin a bailar, nadie habla sin querer reírse y sin querer hacer reír a los demás. Hay un clima alegre, una vibración muy energética que me contagia, que como espectador de todo esto me hace disfrutar.
Son grupos de amigos y grupos de amigas. Aún son muy jóvenes para estar más mezclados. Aún —salvo excepciones— están visiblemente separados en amigos y amigas, en damas y varones. Aún el cruce de sexos es más una canción que cantan a coro, en grupo, como parte del ritual, a todo pulmón, al ritmo del reggaetón, el trap o la guaracha, que algo más literal. Al menos para la mayoría. Así los veo. Así al menos lo percibo desde mi rol de adulto acompañante, de espectador con tarima especial.
II
Se preparan para ir al boliche. No es cualquier fiesta. No es cualquier boliche. Es uno de Bariloche. Del famoso Bariloche. De Bari Bari Loche. Bari Bari Bari Loche. Así vienen cantando desde que salimos desde Chile en bus. Es lo que más quieren. Es a lo que han venido. Qué importa la educación. Qué importa el aprendizaje, la naturaleza, la cultura.
Por favor pregúntenle a uno de estos adolescentes, o a sus papás, o sus apoderados, qué importa todo eso, todo lo “educativo” frente al boliche de Bariloche. Ellos van a su viaje de estudios, en primer lugar, para ir al boliche de Bariloche, para ir a bailar, para el carrete. Lo otro es relleno. Al menos para la mayoría, porque lo que veo ahora es eso, es la mayoría, pues minorías que no quieren, que no les interesa ir al boliche si las hay —siempre hay—, pero esa es arena de otro costal.
Y esto, este ritual, estos disfraces, este comportamiento gregario, tribal, vivo, muy vivo, milenariamente tradicional desde los bailes alrededor de una fogata, y a la vez tan actual —tan actual en sus músicas y sus modos— es lo más cultural, lo más profundamente antropológico y genuinamente cultural que en todo este viaje va a pasar.
III
Se van al boliche en bus. Son buses de la agencia argentina que nos recibe acá.
Entre los argentinos se potencian. Se preocupan de hacer crecer a la industria y de que los recursos se queden en Argentina. Hacen crecer las arcas de los boliches, que se llenan de adolescentes en estas fechas. Son colegios y colegios y más colegios que no dejan de desfilar por la ciudad. Hacen crecer las arcas de las agencias argentinas que intermedian por defecto todo acá. Hacen crecer las arcas de las empresas de transporte, que acarrean a los adolescentes del hotel al boliche y del boliche al hotel, toda la noche, a cada rato y a toda hora, como si fuera una mina que produce y produce y no puede dejar ni un minuto de llevar hordas de adolescentes, cual commodity ultra demandado y ultra cotizado que no puede dejar de ser explotado, por el que no puede dejarse nunca de operar. Hacen crecer las arcas de los hoteles, que es donde estos adolescentes, por tiempos breves, muy breves —demasiado breves para nosotros los adultos acompañantes, nosotros que fuimos condenados a cuidar a estos adolescentes hasta altas horas de la madrugada— van a dormir y descansar. Es muy poco el tiempo para dormir. Por favor, por Dios, demasiado poco. Son un par de horas las que tenemos para descansar.
IV
Entran al boliche. Están extasiados. Están en trance. Es a lo que vinieron. Han esperado mucho para ir a estos boliches. Es la luz que atrae a los mosquitos. Es la Meca. Es el fuego de la ronda ritual. Son los tambores de la ceremonia que conecta con el más allá. El boliche es el lugar donde todo se concentra: las expectativas, las luces, las fotos, el sonido a todo dar. A todo dar. A todo dar, porque el volumen de la música acá es ensordecedor. No se reservan nada, ni un decibel. Es un lugar magnético. Magnético y, por su sonido, por su volumen, atrapante, invasivo, sobrecogedor.
Los adultos, los papás y los guías, papás y guías que acompañamos a estos adolescentes, los vemos desde arriba, desde los balcones. Nosotros estamos en otro tiempo. Nosotros estamos quietos y ellos están arrojados. Nosotros estamos parados, separados, mirando y ellos están ahí mezclados, bailando y saltando. Nosotros estamos alertas, preocupados de la seguridad, de que todo sea normal, de que no haya novedades y ellos están arrojados, preocupados solamente de disfrutar. Nosotros estamos pensando y ellos se dejan llevar. Nosotros tenemos sueño, luchamos por no dormirnos, y ellos multiplican su energía con cada salto, con cada hormona, como si hubieran postergado sus ganas de dormir para muchos años más, tantos años más.
Lo de nosotros es trabajar. Para nosotros pasa el tiempo, lo contamos, lo sumamos, lo vemos pasar. Sumamos las horas que pasan y automáticamente las restamos a las horas disponibles para llegar al hotel, cerrar los ojos y descansar. Y lo de ellos es disfrutar. Ellos no cuentan, no suman ni restan. Para ellos no pasa el tiempo. El tiempo pasa cuando trabajas. Cuando disfrutas como ellos es puro presente lo que hay, es estar ahí y punto final.
Hoy cerramos boliche, hoy cerramos boliche, cantaban extasiados los adolescentes en el hotel, en el bus que los llevaba a esta fogata ritual. Hoy Santiago no duerme, hoy Santiago no duerme, escuchaba yo. Ese era el mensaje para mí. Eso leía en los subtítulos de esa canción tribal.
V
Desde arriba se ven todos como una sola marea nocturna y violenta. Son una marea en medio de la tormenta. Es una tormenta fuerte. Es una tormenta llena de rayos y relámpagos, de luces y sonidos fuertes que hacen todo estallar. Es una marea que hace naufragar a barcos grandes, a barcos que antes parecían estables. Es de esas tormentas impresionantes de mirar e intimidantes para estar.
Ellos son esa masa desatada. No hay allí personas separadas. Llegaron como grupos. Ya en los buses, que van hotel por hotel recogiendo adolescentes, los grupos se empezaron a mezclar. Ya en el boliche los grupos están muy juntos. Ahora son una sola masa. Son un mar bravo, muy bravo, muy violento, en medio de una tormenta que no para de estallar. Es un mar gigante. Es mar abierto. Océano. Es una masa grande que junto con un volumen violento ocupa todos los espacios del boliche, que se mueve con mucho viento, que se mueve con fuerza desatada, que salta y que va de acá para allá y de allá para acá, como un único cuerpo, como un único mar, un único océano endiablado y dispuesto a tragarse todo lo que caiga en sus aguas oscuras y eléctricas y en un movimiento constante que no puede parar.
La tormenta, tan intensa, tan rítmica, tan viva, tiene un eje rector que combina perfectamente bien a la profundidad y a la intensidad. Hace que esta marea desatada siga rugiendo incansablemente, sin parar, con un ritmo que la potencia cada vez más. Es viento sin resistencia, sin un pedazo de roca y menos de montañas que lo pueda parar. Es el DJ. Su musica mueve las olas de acá para allá, de allá para acá, las hace ir hasta el piso y luego las hace saltar, sin parar y cada vez de forma más fuerte. Es algo que no se puede evadir, menos ignorar, menos —mucho menos— parar.
Es un sonido ensordecedor. Es aplastante. Se siente en los oídos, pero mucho antes que los oídos penetra al cuerpo. Se siente en el pecho. Hace que todo el pecho y todo el cuerpo vibre. Es música que se escucha con todo el cuerpo. No se puede evadir. No se puede ignorar. No se puede parar.
VI
Es guaracha. Son todos bailando al ritmo del DJ. El DJ pone mucha guaracha, porque a los chicos les gusta la guaracha. Gritan cada letra de las canciones.
Yo no conocía las canciones. Yo ya me quedé atrás. Estoy viejo. Yo me quedé con la cumbia, el reggaetón, el axé y con un asomo insignificante, demasiado inicial, demasiado pop, del trap.
La música, la música tan fuerte, tan invasiva, levanta. Puedes estar mal, puedes tener el autoestima y el ánimo en los suelos. Puedes estar como yo he estado estos días en secreto. Puedes estar sentado, o de pie y solo mirando, como yo ahora, con todo el cuerpo quieto, e igual sientes una energía que te golpea por todos lados y te levanta, que hace que tu cuerpo quieto, por dentro no pueda hacer otra cosa que resonar con el ritmo y bailar. Tienes el cuerpo quieto por fuera, pero esa música tan fuerte revoluciona todo tu cuerpo por dentro y eso es algo que no puedes controlar. Sientes que todo tu cuerpo se pone a latir al ritmo del ritual. Es una vibración que decide por ti. No la controlas. Es algo que no te pregunta. Solo actúa sobre ti.
La guaracha tiene algo especial. Es pegote. Sus letras, la voz, el ritmo, es una suerte de displicencia, de coprolalia, de garabatos, de goce básico, directo, de alusión a todo lo sexual, de señalamiento al puro placer y a la total despreocupación por lo moral.
Esta música de mierda tiene algo especial. Decir Música de mierda es lo que creo que esta música busca, porque decir Mierda libera, da placer, así como esta música de mierda, de letras de mierda, se puede sentir de forma muy básica, muy directa, muy atávica, y entonces así, diciendo Mierda, Música de mierda, cantando a coro Salta conchetumare, cantando con cara de que Me importa todo un pico, se puede disfrutar.
Si este lugar no fuera solo para el disfrute de los adolescentes, si yo no estuviera acá como adulto responsable, distante, expectante, seguro sería un devoto participante. Seguro estaría en medio del ritual. Seguro estaría haciendo todo menos escribir con mis dedos en el celular mientras observo esta marea desatada. No serían los dedos y la mente, sino la zona del pelvis, el chacra pérlvico, el que me guiaría, el me haría entrar en trance y dejarme llevar. Estaría bailando en el centro, todo el tiempo, hasta el final, extasiado. Estaría feliz, sin conciencia. Estaría arrojado. Estaría participando en ese método que tenemos los humanos para apagar nuestra mente y conectarnos con los demás de una forma intuitiva e intensa, alrededor de un fuego en una sabana o en medio de un bombardeo constante de parlantes y volumen y luces del local, de la disco, del boliche. Estaría yo en eso tan anterior a mi mente, tanto más poderoso y tanto más terapéutico por ser tanto más simple y tanto más ancestral.
Me intriga la musica que escuchan los chicos. No es mi música, pero es interesante, diferente, llamativa para escuchar. Me gustó la guaracha. Me interesa. Quiero conocer a esos artistas, a estos irreverentes. Quiero bacilar, en otros momentos, esta forma tan directa de apología al insulto y a la sexualidad.
En la guaracha no hay puntos medios. No hay mente. Es incluso una letra imbécil, baja, flaite, tonta, infiel, inmoral. Es una música de mierda. Y quien escribió esto parece saberlo y no importarle. Es más, parece gustarle.
Tu novio no se entera.
Lo bailamos pegadito.
Pegadito, tu novio no se entera.
Está durmiendo, bizcochito.
Mientras yo en el party de manzani, sabrosito.
VII
Tu novio no está. Relájate. Disfrutemos. Tu novio no se va a enterar. A los adolescentes les encanta bailar este tipo de canciones, con este tipo de letras. No sé si les gustaría replicar la letra de forma literal. Creo que son cosas que recitan en grupo y a todo pulmón, pero que están lejos de ser sus vidas.
Lo que yo no sabía es que con letras como esas me da por pensar en él. Y entonces me da por pensar en ti. Y siento algo en el pecho, más cerca del estómago. Es una ansiedad con un poco de nerviosismo. Se me ablandan las manos. Se me acelera la mente. Me pongo nervioso.
Yo no estoy durmiendo, como en la canción, pero si estoy lejos, incomunicado, ocupado. Tu también estás lejos, incomunicada y ocupada.
No sé lo que me pasa. Solo me pasa. No puedo describirlo. Yo no decidí que me pase lo que me pasa. Es algo fuerte que decide por mí, que llega e impacta con sus vibraciones. Es algo que está en el ambiente. Es como la musica, como las vibraciones que se escuchan a través del pecho antes que en los oídos, que hacen a todo el cuerpo retumbar. No es algo racional. Es un miedo atávico, igual de atávico e igual de desatado, de incontrolable, tal vez, que este baile tribal de adolescentes que tengo en mis narices.
Es inseguridad. Es un resabio de mis días de fragilidad. Los resabios siempre suceden. Son coletazos, sobras, lágrimas que no salieron y que ahora se expresan en ideas, más aún si no me di la oportunidad de llorar. Es mi fragilidad de estos días, mi inseguridad, mi baja autoestima, mi miedo, mi vulnerabilidad general. Es una mala mezcla la inseguridad, pensar en él, estar lejos de tí y escuchar guaracha.
Son pensamientos rumiantes. Son pensamientos con culpa. Son pensamientos que he tenido antes, en estos días, que quisiera compartirte, pero tu estas en la montaña, inalcanzable, sin señal. Son entonces pensamientos que no puedo sacar, que quedan atrapados, que se transforman en ansiedad. Son ganas, no sé si egoístas, no sé si autorreferentes, de tener una confirmación, un mensaje por más breve que sea, un Te amo por WhatsApp. Solo eso.
Su novio no se entera.
Lo bailamos pegadito.
Tu no hiciste nada. Es todo un invento del infierno que tengo en mi cabeza, trabajando a todo dar. A veces lo cierro con candado, lo logro silenciar, lo tapo con capas gruesas y pesadas de presente y realidad, pero otras veces esa fábrica de infierno pone la música tan fuerte que sus ondas alcanzan a tocar a mis ideas conscientes. Su música es como esta guaracha fuerte: las absorbe. Es algo que mi consciente no puede controlar. Puede estar quieto, tranquilo, e igual se ve afectado, movilizado, impactado por dentro.
Es mi infierno imaginario haciéndome bromas pesadas en la vida real. Le encanta hacerme ese tipo de bromas pesadas. De esas tengo decenas. Le encanta hacerme sentir mal. Le encanta hacerme esas bromas pesadas con cosas notorias, con cosas que llegan fuerte a mi memoria, para no olvidarlas, para que me duelan más.
Esa guaracha me gustaba, me interesaba. Su ritmo, su voz, sus letras. Quedó muy marcada en mi memoria, pero ahora me recuerda esa broma de mal gusto y me bota. En un santiamén esa música me hace sentir mal.
VIII
Esa música y esta marea. El DJ, la música a todo dar, y este mar bravo, moviéndose como un Océano Pacífico, patagónico, magallánico, en medio de una tormenta desatada. Son barcos que antes parecían estar bien, pero que se rompen, se rajan, se hunden, encallan, naufragan, que en esta tormenta nocturna parecen de papel.
Viene de lejos, muy de lejos. Es un punto blanco y luminoso en medio de la oscuridad de la noche. Ese punto es cada vez más grande y está cada vez más cerca. Viaja con tranquilidad. Es un barco vikingo, de tierras vikingas, de donde hoy estaría Suecia, Noruega o quizá Finlandia. Ese barco me da miedo, es de acero, es estable, no se rompe, no se raja, no se hunde, no encalla, no naufraga, no parece de papel. Ese barco navega tranquilo, en paz, sin siquiera saber que afuera hay una tormenta de las mil putas. Ese barco llegará sin problema a la costa. Solo ese barco. Solo él. Todo los demás, con esta guaracha, con esta tormenta, con este volumen, con esta marea violenta y desatada, se hundirá.
Solo quiero contarte lo que siento. Con eso matizo, confirmo que estas ahí, que ese barco imbatible y que esos barcos náufragos son sólo fantasmas, que está todo bien. No puedo. No tienes señal. No poder hacerte llegar ni siquiera un mensaje de WhatsApp alimenta mi ansiedad.
Si ese culo es mi trofeo, mami, yo soy el campeón.
Chingón.
Shhh, está durmiendo, bizcochito.
Chingón.
Este texto es parte del libro Relatos.
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