Feliz de la vida te invito a un café. Encantado. Sería un placer. Feliz te acompaño. Yo apaño sin ningún inconveniente. Yo voy donde quieras. Yo te sigo la corriente. Contigo se me quita toda la ansiedad. Se me olvida. Vamos por las calles que quieras. Yo te sigo los pasos. Ojalá que no se acabe. Aprovechemos el tiempo que justo hoy es tan escaso. Perdamos el bus de vuelta al final del día, que se vaya sin nosotros nomás. Quedémonos en esta ciudad tirados a la deriva. Sería genial.
De verdad, yo bailo contigo hasta el final, yo te invito a un café y te acompaño hasta la hora que sea en un bar. Si quieres te enseño a hablar. Que sepas como se dicen las cosas en este lado de la cordillera. En verdad hago lo que fuera. Me las arreglo de alguna forma. Voy como pueda, con todas mis cosas en la espalda nomás. No sé, de cualquier manera.
Si cierras los ojos y te quedas en silencio yo no me quiero quedar dormido, prefiero quedarme así, sin moverme para no despertarte, aprovechar que aún estás al lado mío. Después no podemos hacer mucho más. Nadie sabe. Te vas a otra ciudad. Va a pasar el tiempo y nos vamos a acostumbrar. Nos vamos a olvidar. Va a llegar la pega, la semana, la rutina, la normalidad. Se va a instalar como fuerza de gravedad, sin necesidad de hacer ningún escándalo y sin hacerse notar. Es que todo lo que sube también tiene que bajar. Los de acá con los de acá y los de allá con los de allá. Lo más probable es que se imponga de nuevo y no nos veamos nunca más.
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