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Astronautas a la luna

I

Los astronautas que salen a la superficie de la Tierra son parte de una elite privilegiada. Al regresar de sus expediciones siempre son tratados como eminencias. Para representarnos a todos nosotros, que nunca saldremos de ese planeta, se someten a un entrenamiento físico y mental comparable al de los mejores atletas olímpicos.

La expedición del 16 de julio de 1969 fue única. Causó una conmoción sin precedentes en la opinión pública. En esa oportunidad, el objetivo estaba puesto en que, por primera vez en la historia, un gusano se arrastraría por uno de esos objetos que quedan postrados en diferentes zonas de la superficie terrícola. No solo alcanzarían a dicha superficie, a la Tierra, lo que ya era una gesta impresionante, sino que esta vez, además, se posarían sobre un zapato.

La expedición fue exitosa y su regreso fue esperado con ansias. Nadie podía soltar un ojo del televisor. Muchas cosas estaban en juego, muchas preguntas podían ser respondidas. Había preguntas científicas muy sofisticadas, verdaderas entelequias irreproducibles que nunca llegaban a entenderse por televisión. Había otras interesantes: ¿Cómo se siente ingresar nuevamente en la zona de gravedad subterránea? Había otras preguntas más elementales, compartidas por todos y presentes en la sociedad desde tiempos inmemoriales. ¿Habrá vida en la superficie de la Tierra, o al menos los expedicionarios habrán visto alguna evidencia, o atisbo de tal cosa, o acaso estamos solos en el universo?

Pues los mismos astronautas lo dejaban bien claro. No hay vida ni más grande ni más pequeña. Simplemente no hay vida. Al arrastrarse lentamente por la superficie del zapato, lo único que observamos fueron las incontables estrellas repartidas por todos lados, junto con el sobrecogedor paisaje subterráneo visto desde lejos. Lo demás, lo que siempre se ha conocido como el espacio exterior, o la nada misma. Oscuridad y vacío extendido hasta el infinito. Una habitación eterna hecha de noche y silencio.

Esta expedición no trajo respuestas para esa antiquísima pregunta, pero el simple hecho de haber desafiado las leyes de la gravedad, atravesando la superficie de la Tierra, arrastrándose por esos objetos postrados, y regresando con vida para contarlo, era una hazaña reservada a la ciencia ficción. Logros tan insólitos e impresionantes como éstos merecerían al menos decretar un feriado nacional. ¿No creen? Tal vez en el futuro, si la ciencia y la tecnología siguen en este meteórico progreso, se podría llegar aún más lejos, quizá a otros objetos más recónditos y, por qué no imaginarlo, tal vez se podría llegar a descubrir por fin que no estamos solos.

II

entado al costado de un jardín en la estación espacial de la NASA, Armstrong se sonrojó. Acababa de darse cuenta de que había mentido, o al menos no había dicho toda la verdad. En la conferencia oficial de la expedición le habían hecho muchas preguntas. ¿Cómo se siente ingresar nuevamente en la zona de gravedad terrícola? Armstrong dijo que Se siente como si a alguien o a algo más grande que tú, algo con mucha fuerza, le causaras cierta repulsión y quisiera deshacerse rápido de ti, y en vez de matarte, te arrojara violentamente a la Tierra, con una buena sacudida. Así se siente volver a la gravedad y comenzar a caer de forma tan rápida y repentina. A veces hasta me imagino que alguien, o algo, me observa desde el espacio mientras eso pasa, mientras me veo arrojado por una fuerza intempestiva y con esa misma fuerza regreso a casa.

Pero era otra la pregunta que más le habían hecho, una mucho más elemental, compartida por todos y presente en la sociedad desde tiempos inmemoriales. Su respuesta siempre era más o menos la misma. No hay vida ni más grande ni más pequeña. Simplemente no hay vida. Al caminar lentamente por la superficie de la Luna, lo único que observamos fueron las incontables estrellas repartidas por todos lados, junto con el sobrecogedor paisaje de la Tierra desde lejos. Lo demás, lo que siempre se ha conocido como el espacio exterior, o la nada misma. Oscuridad y vacío extendido hasta el infinito. Una habitación eterna hecha de noche y silencio.

Hubiera sido vergonzoso aceptar que en realidad sí habían estado en presencia de vida no humana en la Luna. Recién se había dado cuenta al revisar sus pesados zapatos espaciales. En una de sus capas superficiales, los zapatos cargaban unos pequeñísimos gusanos, casi imperceptibles. Tal vez se habían posado ahí hace unos minutos, pero no puede descartarse que se hayan metido justo antes del despegue, en ese mismo jardín, donde Neil solía dejar sus zapatos.

Neil estaba solo. Nadie se enteraría de ese detalle. Nadie tenía que enterarse. Quiso matar a los gusanos, pero le daban asco, por lo que decidió arrojarlos lejos con una buena sacudida. Los gusanos salieron disparados hacia el jardín, hacia la Tierra. Los observó sumergiéndose lentamente en su oscuro y húmedo mundo subterráneo. Le dio lástima pensar que haya criaturas viviendo en lugares tan miserables. Le dio asco pensar que tal vez los tuvo tanto tiempo bajo sus pies. También le causó gracia darse cuenta de que estas criaturas insignificantes, además de ser asquerosas, eran los primeros astronautas de su especie. Nadie sabría —tampoco ellos— que junto a él no solo exploraron un zapato en la superficie de la Tierra, sino que formaron parte de la primera expedición de gusanos a la Luna.

III

Y si, para los gusanos, su gesta fue solo llegar a un zapato, y si los gusanos no saben y no sabrán de su viaje más allá, ¿dónde llegó realmente Armstrong, que piensa que solo llegó a la Luna?

Y si, para los gusanos, no hay vida más allá, porque nunca supieron —y nunca sabrán— que ese zapato era de alguien más, ¿de quién era la Luna por donde anduvo Armstrong?

Nadie sabrá —menos Armstrong— que no estuvo solo. Nadie sabrá —tampoco él— que no solo llegó a la Luna.

Nunca sabrán los gusanos que fueron a la Luna, y nunca sabrá Armstrong donde llegó, porque los viajes son nuestros hasta donde podamos ver; porque donde vemos, llegamos, y donde no vemos, somos llevados.


Este texto es parte del libro Relatos.

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