¿A dónde vas peruanita, con tus ojos llorosos, tu cara bonita y tu estatura chiquitita? ¿De dónde trajiste esa forma tan linda de hablar? ¿Tan lejos de tu casa fuiste a parar? Del país del cebiche a un lugar donde nadie sabe cocinar. ¿Tan lejos te viniste a meter? Seguro no viniste con querer. Seguro no elegiste estar acá. Algo no tenía vuelta atrás y te tocó emigrar para ponerte a trabajar.
Por tu hijito de nueve años que te echa de menos, que aún está en ciudad Trujillo con su abuela. Por tu mamá que está cuidando a tu hijito y lo lleva todas las mañanas a la escuela. Por ti, que vas sentada al lado mío y andas medio estresada, con frío y tapándote con tu frazada. Estás luchando por conciliar un sueño incipiente, en el que tal vez intentas viajar por algunos segundos adonde está tu gente, aunque sea a la distancia, en el recuerdo, con la mente.
Ahora andas sola, no te acompañan, no andan contigo. Si sientes pena nadie te consuela. Si lo intentan nunca será el mismo cariño. Vas a trabajar, aunque no te guste, aunque no quieras, algo vas a ganar. Te mereces buen pago por tu esfuerzo. Te mereces mucho más. Eres perseverante, trabajadora y luchadora. Eres generosa, valiente y poderosa. Pero no tengas más pena, no te sientas mal, no te avergüences por lo que haces, no te dejes amedrentar. Somos iguales a ti. Tenemos la misma necesidad. Seamos sinceros: Todos los que viajamos en este bus vamos a vendernos por un poco de dinero.
Este texto es parte del libro Relatos.
Para acceder a todos mis libros: santiagocuentero.com
