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A un amigo

I

Te cuento, Rodrigo que tengo ganas de hablar. Quiero conversar contigo, que recordemos el campamento del 2008, cuando yo volvía del ejercicio, el Chocho hacía el desayuno y tú, aún sin salir del saco, sacabas tu cabeza para afuera, saludabas y te negabas a levantarte. Tu carcasa no te permitía moverte para ninguna parte. Te creías el hombre carpa. ¿Te acuerdas? El superhéroe más lento de la historia, cuyos movimientos solo eran geológicos y sus superpoderes totalmente inútiles.

Hablemos, Rodrigo. Juntémonos a conversar. Que sea una conversación libre, que sea dispersa, desordenada, incluso fantástica. Invitemos a los recuerdos a tus dragones, permitámonos hablar sobre la magia y pasemos de la risa al llanto, de la alegría a la nostalgia, de la seriedad al chiste, viajemos a la profundidad y también nademos por la superficie.

Permíteme eso, Rodrigo. Dame ese privilegio egoísta de verte una vez más, pero que no sea por Gmail, ni Facebook, como fue estos últimos años. Que sea como antes, en tu casa de Sánchez Fontecilla comiendo huevos revueltos con ajo, queso, tomate y salchichas picadas, viendo tus nuevas marionetas, las que vivían de tus caprichos, de tu tiempo libre. Si no se puede, que sea viajando en tu Lada, esa chatarra que hizo más kilómetros a empujones que gracias a su motor, porque se quedaba en pana a cada rato. Esa excusa de automóvil que tenías, porque en verdad no era más que una excusa para andar con tus amigos y compartir con ellos tu inagotable colección de música en CD. Si no se puede en tu Lada, por qué no nos juntamos en una de esas fogatas, esas que ya comenzaban a consumirse e iban dejando brasas, tal vez con la tropa, tal vez con los Ardillas. Buenos tiempos esos con los Ardillas. Que sea, si no, en la Fuente Chica de Bilbao con Troncos Viejos, comiendo una chorrillana y tomando una cerveza. También puede ser en tu pieza del colegio, mientras revisas los cuadros de síntesis o intruseamos un Belle Joie, esa revista estudiantil hecha a puro pulmón, donde aprendimos de ti que se escribe con el corazón.

Hablemos, Rodrigo. Vuelve a contarme las historias de Pedro Urdemales y sus pillerías, esas que me enseñaste a mí, al Daniel y a la Claudia cuando éramos cabros chicos. Que cariñoso fuiste, que mágico parecía ese relato. Respetuoso, apasionado, divertido. No sé qué edad tenía, tal vez 4 o 5 años. Ya a esa edad me parecías un viejo loco, loco pero bondadoso, el más bueno de todos lo tíos.

Quiero conversar contigo, poder decirte lo importante que fuiste para mí cuando era adolescente y lo presente que sigues estando hasta estos días, cuando ya parezco adulto. Te cuento que quiero hablar contigo, contarte todas estas cosas, escucharte a ti y que me digas cómo has estado, que me cuentes por qué te enojabas tanto cuando te hacíamos las clases imposibles en la enseñanza media, y que me digas cómo lograbas maravillarnos cuando eras nuestro profesor de la básica.

¿Por qué no me cuentas historias reales, pero también fantásticas, por qué no, de esas que te gustan a ti, de esas que contabas a cada rato, esas que, por ser ficticias, por ser mágicas y místicas, terminan siendo tan reales? Cuéntame sobre tu mundo Rodrigo, ese que no veía autos, sino naves espaciales; no veía hospitales, sino galaxias; no veía edificios, sino castillos. Quiero que hablemos Rodrigo, que compartamos, que revivamos nuestra amistad. ¿Por qué no me regalas un dibujo, como ese castor o ese montañista, o como ese dibujo de mi familia que le regalaste a mi papá que querías tanto?

II

Quiero que hablemos, Rodrigo. Ir a verte, pero no puedo. Tú te fuiste para siempre. Yo no sé dónde partiste. No sé si te despediste, no sé si lo supiste, pero partiste. La Rocío me contó. Entró a mi pieza y yo estaba tendido, sin fuerzas, con fatiga. Me dijo que hace unos minutos te habías ido, que tu sangre dejó de luchar, que ya no era posible entonces visitarte de nuevo para conversar.

Ya no existes. Al menos tu cara irritada y rabiosa en la sala de la clase y la de amigo al final de la misma clase. Tu barba hippie, tus gestos torpes, tu forma rítmica de hablar. Todo eso ya no está.

Como sea, no podemos juntarnos Rodrigo, ni en el Lada, ni en la fogata, ni en Sánchez Fontecilla, ni en tu pieza del colegio, ni en el hospital. Por eso tengo que escribirte, porque tengo tantas cosas que decirte. Son ideas desparramadas que necesito dejar partir, por eso ando con mi cuaderno y donde pueda estar tranquilo me pongo sin pensarlo a escribir.

En un restaurant después de la jornada laboral, en mi pieza de la casa de Salamanca y hasta tarde en un escritorio o en la sala de estar. Me imagino que estas escuchando o leyendo estas letras Rodrigo, en algún lugar. Me engaño olímpicamente. Yo sé que no es verdad, pero cuando escribo se me olvida y no me importa. Escribo nomás sin parar. Cada frase que dejo en el cuaderno es un desahogo, un nudo que se desamarra, leña que se consume, ideas que puedo soltar, chispas que se escurren y se van.

Quiero compartir anécdotas contigo. Tengo muchas imágenes sueltas en la cabeza, parecidas a las lágrimas que se me caen y que mojan el cuaderno y la mesa. Una imagen me hace acordarme de otra y de esa forma voy viajando por el pasado. Me voy a muchos lugares y momentos compartidos contigo. Son sucesos de 5 minutos, o quizá menos. Son ráfagas de imágenes, flashbacks de segundos de duración. Cosas que vivimos juntos, como ese viaje al norte donde vimos un baile sagrado, agresivo, lleno de colores, y eso era lo más importante, lleno de colores, y muy vivos, como te gustan a ti, de esos con los que viviste siempre.

¿Te acuerdas de esa máscara que compraste con nuestros viáticos? Te costó un reto de Max. Era llamativa, grande, chillona, llena de detalles y símbolos, aunque también era pesada, inútil, disfuncional e incómoda para un viaje como el que hacíamos. Por eso nos reímos tanto. Inútil pero mágica, perfecta para ti. Perfecta para tus colecciones. Que importaba si usabas los viáticos del viaje. Había que tenerla como sea. Tenía superpoderes que solo tú podías percibir. Había que llevársela. Era una máscara del diablo, ideal para alimentar aún más tus historias fantásticas, esas historias donde los niños siempre terminaban triunfando frente al mal, conquistando planetas, ganando olimpiadas de la amistad, descubriendo los astros, oxigenando el mar. Esas historias que siempre eran para la pedagogía, para cambiar el mundo, como decías.

Eras muy especial, Rodrigo. De niño veía un hippie barbudo que después fue profesor, después compañero de aventuras y posteriormente amigo.

Y fuiste un profesor atípico, para nada de los mejores académicamente, pero el más bondadoso, el que salía último y por eso al final del año era el primero. El único que nos escribió una carta cuando salimos de cuarto medio en la que dedicabas un párrafo a cada uno, sin olvidar a nadie, incluso después de que hicimos de tu clase un chiquero, una chacota, un chiste, logrando sacarte de quicio, haciendo que entre gritos rabiosos nos digas que éramos el peor curso que te había tocado en tu carrera, que estabas feliz de que al fin nos fuéramos del colegio. Es que era divertido, Rodrigo, no lo puedo simular. Así y todo, después de tus rabietas, aparecía el afecto, y nos sorprendiste al leernos esa carta. Nos sentimos injustos, queridos, importantes, auténticos. Nos diste gratuitamente lo que más te pertenecía, tu narrativa y tu poesía.

Y la poesía fue sin duda tu arma más fiel. Contigo aprendí a valorarla, a entender de qué se trata y hoy me reencuentro con ella, con tu poesía. Recuerdo que tú, sin miedo al ridículo, quizá con un poco de egocentrismo de artista, o quizá con bastante de eso, nos leías en las clases tus creaciones más recientes, nos mostrabas sin pudor tus sensaciones, tus pensamientos, tus sentimientos más sobresalientes.

Quien diría que ahora, en la oscuridad y la lejanía de Salamanca, en el silencio profundo de mi pieza nortina me reencuentro con tu poesía. Me tiendo en la cama con ganas de escuchar tu voz una vez más, para engañarme y pensar que estás acá, listo y dispuesto para conversar. Le doy play a uno de tus videos y apareces de repente, de nuevo, el de siempre, relatando poemas contenidos de inocencia y de bondad.

Gracias, Rodrigo. Por ser así y gracias por dejarnos estos videos. Recuerdo que me los enviabas por chat y yo no los veía. Es más, me daba lata. Encontraba insólito que me mandaras lo mismo siempre, como si la vida girase en torno a eso. Para colmo, eran casi todos del Notre Dame, como si el mundo terminara de golpe en un castillo. Como si no hubiera algo más, algo distinto. Me daba lata, Rodrigo. No los veía. Yo te decía que eran muy bonitos, que gracias por compartirlos conmigo, pero en verdad ni los veía. Eran mentiras piadosas que servían de excusa para aprovechar de saludarte. Nunca me preguntaste de qué se trataban o qué me parecían. Tal vez sabías que ni siquiera les ponía play o sin saber me los dejabas de recuerdo, para verlos después.

Ahora que no estás los atesoro, los dejo corriendo cuantas veces pueda. Me permito escuchar tus palabras y tu voz una vez más. Me emocionan sus composiciones, la mezcla de relato y de música ambiental. Me gusta el ritmo de la letra hablada. Los encuentro estéticos; bonitos. Incluso me vuelve a emocionar que la mayoría sean del Notre Dame. Con detención los voy escuchando y algunos, según me manda mi gusto, se van destacando.

Es tu mejor arte, Rodrigo. Era sin duda lo que mejor hacías. Lo más genuino. Era tu espejo. Era el reflejo transparente de tu alma en expresión. Era desahogo de pura emoción. La alegría, la tristeza, la felicidad o la soledad. Agradecer a la amistad, expresar la agonía y en todas las ocasiones, con querer o sin querer, dejar grabada tu bondad. Todo quedaba registrado sofisticada y auténticamente con tu poesía.

III

¿Qué tuviste Rodrigo? ¿Qué te pasó? ¿Contra qué estuvo luchando tu sangre? ¿De qué se cansó y adónde se escapó? ¿Cuándo comenzó a fatigarse? ¿Cuándo comenzó a ceder terreno, a dejar de responder? ¿Cuándo se rindió? ¿Fue acaso en el hospital? ¿Fue desde esa enfermedad? ¿No fue acaso el mismo cuerpo, hace ya un tiempo, el que decía a gritos cosas extrañas que nadie entendía? ¿No fue acaso tu cuerpo el que hace años estaba diciéndonos cosas que tu alma sabía y que tu mente, no sé si sin quererlo, no reconocía? ¿No fueron acaso tu cara, cada vez más cansada, tu peso, cada vez más liviano y tu hablar, cada vez más diferente, más plano? ¿Hace cuánto que se fue tu barba, tu gordura, tus gestos torpes y tu mirada perdida?

Tuviste que dejar el Notre Dame con dolor. Al parecer, en esos meses, la magia tal como te la conocí seguía intacta o más intensa en tu persona. Lo notaba en la cantidad de producciones artísticas que hacías. La veía también en las actividades que publicabas por Facebook y cuando nos encontrábamos y me comentabas en lo que andabas. Estabas dedicado a eso, obsesionado. Te habías autoexiliado en el país de la magia. A mí me hartaba. Yo estaba cansado de tu arte. Sentía que me sobraba. No quería leer tus poemas y ya no quería escuchar tus historias. Me alejé de ti. Te deje de ver. Me limité a responderte algunas veces y solo por internet. Ya no era lo mismo. Ya no hablaríamos del futuro, sino del pasado. Ya no pensaríamos en nada más que el Notre Dame. Estabas enamorado del Notre Dame, de tu Notre Dame, y tuviste que dejarlo, porque se te olvidó este mundo, el de afuera. Se te olvidaron las planificaciones, los estándares del MINEDUC, las metas, las notas, qué se yo, todo menos la magia, los cuentos, el Forja Tu.

Te tuviste que ir, pero esta vez Merlín no iba contigo, esta vez no podías volar como Gaviota Amable, tenías que irte como cualquiera, caminando. No podías protegerte con el fuego de los dragones. No, Rodrigo, ellos ya no querían acompañarte y no iban contigo. Ellos son del Notre Dame. Fueron creados por nosotros y en gran medida por ti para dar vida a esa pedagogía, para salvarnos de los puntajes PSU, de la histeria del SIMCE, del arribismo y la siutiquería de colegio privado y para enseñarnos con la magia a ser sencillos, amigos y recordar que fuimos niños.

Había que cambiar de piel, había que vivir el duelo, olvidar a los viejos maestros y partir de cero. Había que volver a ser vulnerable. Había que volver a ser un extranjero analfabeto. Tenías que llamarte Rodrigo, así como Juan o José, John, Hi o Joao. Como cualquiera. Un nombre que no diga mucho, que suene arbitrario a los oídos de un desconocido. Un nombre para empezar siempre desde cero. Tal vez después volverían a aparecer esos mitos y leyendas. Tal vez después serías nuevamente Gaviota, quién sabe, pero esta vez en un viaje por el extranjero, para conocerlo, ya no para volver al colegio.

No quisiste, Rodrigo. No quisiste olvidar a tus maestros, ni menos las leyendas, y mucho menos los seres mágicos que las alimentaban. Tampoco quisiste viajar con ellos a otros lugares, sino quedarte donde siempre. No quisiste irte. Fue tu elección, la acción de un hombre bueno, de los más buenos que he conocido, y la respeto. No la comparto, pero te respeto. Fue tu elección.

IV

Te cuento, Rodrigo, te comento que yo en estos días soy Santiago. Santiago a secas. Nadie sabe que alguna vez, en un lugar, en un campamento, podía dormir sin problema arriba de un río, levitando y escuchando como si nada el agua pasar fuerte por debajo mío, ni que me llamaron Pantera Sabia o Chimpancé Laborioso del Río Corcoludo, ni que en esos lugares se podía hacer una ciudad solamente sabiendo amarrar bien los coligues con un nudo. Nadie lo sabe Rodrigo, nadie. No les incumbe. Acá yo solo soy Santiago, de profesión sociólogo, sin más que agregar, sin lugar para referirse a lo que para otros sería un aburrido monólogo.

Te escribo desde un pueblo diferente, un lugar al que llegué casualmente. Es una tierra aislada y medio fea a primera vista, invadida sin tregua por nuestra avaricia de ciudades grandes, pero que cuida no sé cómo su inocencia, compartiéndola con quien no solo venga por su sacrificada y justa recompensa. Una tierra de oportunidades y contradicción, de riqueza y pobreza, de fiebre del cobre, de sequía, de arte rupestre y aguda expoliación.

En el Cementerio General se me olvidó Salamanca y contigo pude reencontrarme con el Notre Dame. A partir de tu carisma volví a mirar ese espacio místico sin prejuicios. Conseguí recordarme ahí, en un fogón, en un bosque o en una excursión. Me emocioné cuando te despedimos. Fue con acordeón, como te hubiera gustado. Estaba Jorge y Germán, dos maestros tuyos. Yo casi no pude cantar, porque cada himno era emoción de despedida y de reencuentro al mismo tiempo. Volví a ser niño. Me vi Pantera Sabia y te vi Gaviota Amable. Había muchos espíritus ese día, como te hubiera gustado. Después me fui en bus al trabajo, y en el viaje monótono y solitario aparecieron los recuerdos, el pensamiento, con más fuerza, con más nitidez, y solo ahí me di cuenta de que de verdad habías muerto.

El niño que fui había aparecido. Quería escuchar tus historias fantásticas de nuevo. Se emocionó con las canciones. Seguía presente, Rodrigo. Ahora anda acá en Salamanca, y aunque nadie lo sabe, cuando yo saludo a alguien, cuando saludo al gerente o al beneficiario, al funcionario público o al pescador, al minero o al agricultor, también los saluda el capitán, el castor, el aguilucho, el pirata, el chimpancé, la pantera, la ardilla, el amigo, así como tu saludabas a todos como gaviota, ciervo, ardilla y tantos otros personajes ficticios y reales, fantásticos y también muy reales.

Somos la vanguardia, Rodrigo. Sin que nadie lo sepa, vamos repartiendo magia por otros lados. La llevamos disfrazada de conocimiento universitario, de lenguaje de oficina o de palabras de viaje. Seguimos siendo los mismos niños de siempre, solo que a veces con corbata y con traje. Es lo mismo. Ahí estamos bondadosos, inocentes, buscando aventura, compartiendo mitologías, contando historias y personajes raros hechos de canciones de fogón, de delirio sin sentido evidente, de cosas insignificantes, de locura. Y tú no lo harás en este mundo. Te resististe a irte de viaje, a conocer otros personajes y aprender otros lenguajes, pero lo harán tus dibujos, tus marionetas, tu arte, y la poesía como tu mejor batallón, no lo dudes, llegarán a todas partes.

Se me acabó la tristeza, Rodrigo. Se me acaba la pena por tu reciente agonía y sorpresiva partida. Después de estas páginas desaparece la ansiedad por hablarte. Se van las dudas y las preguntas de por qué no te quedaste, de por qué no luchaste por cambiar, de por qué no escuchaste a tu cuerpo y por qué te fuiste tan joven y al parecer sin avisar. Nunca se resuelven, pero las suelto, las dejo que se vayan. Se van volando.

De nuevo desaparecen las ganas de escuchar tus poemas. Doy vuelta la página, pero conservo tus anécdotas, me quedo con los dibujos que me regalaste, con las fotos de campamento, los discos que me mostraste; con tus libros Merlín, Las Nueces Mágicas, la colección de Belle Joie y me quedo sobre todo con los de acá, con los que estamos vivos, con ganas de disfrutarlos mucho más.

Chao a la Gaviota Amable, al maestro acogedor, al entusiasta soñador, al educador de otro mundo y de todos los mundos posibles en la imaginación.

Chao inútil superhéroe, viejo mañoso, niño juguetón.


Este texto es parte del libro Relatos.

Para acceder a todos mis libros: santiagocuentero.com



Salamanca. Marzo, 2014.

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