Un pensamiento recurrente en el confinamiento es que llevo días en el mismo lugar, haciendo lo mismo y viendo lo mismo. Sin embargo, no podría decirse tal cosa sobre mis percepciones y mis creencias. No llevo días pensando lo mismo. No llevo días, espero, creyendo en las mimas cosas. Mi mente no sigue, espero, igual al primer día. Incluso si acepto (solo para simplificar) que las temáticas recurrentes son un poco las mismas (los nuevos casos, los nuevos casos y los nuevos casos), solo la combinación de énfasis, emociones y estímulos para enfrentarlos son, al menos, diversos. Si todos los días pienso distinto, si mi mente es quizá lo más contingente, lo más viajero, si todos los días empieza y se moviliza de forma diferente, entonces también veré las cosas con otras perspectivas; entonces mi percepción será también diferente. Entonces no serán las mismas cosas. Entonces, no estoy tan confinado.
Valdrá preguntarse, entonces, de qué se vale mi confinamiento. De que se vale, empero, mi libertad de movimiento.
De todos modos, creo que me aburro. Me aburro de veras. Mi mente se cansa. Mi imaginación se agota y ve las mismas cosas. Claro que creo que estoy en el mismo lugar, haciendo lo mismo y viendo las mismas cosas. Lo creo, y eso es suficiente, porque lo creo y me convenzo. Toda nuestra existencia se basa en creencias. Las creamos y ellas también nos crean, las tenemos y ellas también nos tienen, las habitamos y ellas también nos habitan. A mi a veces me atrapa una tan simple como el aburrimiento.
Si creemos en algo, eso es verdadero para nosotros, y punto. Nunca ha bastado tanta demostración. Creer cosas siempre ha sido en el fondo algo bastante afectivo. Si creo que estoy donde mismo, haciendo lo mismo y viendo lo mismo, entonces lo estoy. Después veré como hago para seguir creyendo que estoy donde mismo, haciendo lo mismo y viendo lo mismo. Entonces, en esas vueltas, no llegan más cosas. La cabeza se vuelve un sistema cerrado. Algo autosuficiente que no necesita de nada más. En eso he estado. En eso he andado estos días. Todo se va volviendo banal. Todo es más de lo mismo. Ya no despierta interés. El lugar, las actividades y las cosas que me rodean se vuelven vacías, y yo me vuelvo vacío en consecuencia. La diferencia, en el confinamiento, es que antes me podía ir, podría distraerme, podía olvidarme de tanta repetición. Podía evadirla con más distracción. Ahora eso no es una opción. Ahora solo queda quedarse y entregarse a la saturación. Entonces me vacío, y eso es algo interesante. Básicamente me resigno, dejo de buscar. Dejo de pensar, suelto y me quedo en nada, ya sin nada en la cabeza que esperar.
Si ya no me interesa donde estoy, no espero mucho de donde estoy. Si ya no me entusiasma lo que hago, no espero mucho de mis acciones. Si ya no me estimula lo que me rodea, no espero mucho de lo que veo. Si estoy vacío, dejo de pensar, dejo entonces de poner expectativas, de prescribir mi entorno y entonces es el entorno el que al fin tiene espacio para volver a hacerse presente. Entonces aparecen otros lugares en el mismo lugar, aparecen otras actividades en lo que eran las mismas acciones, aparecen otras cosas, cosas nuevas, en lo que siempre han sido las mismas cosas. Aparece lo novedoso en lo mismo, aparece la diversidad en lo monótono. Aparece el entorno frente a mi, porque yo lo dejé aparecer, o más bien me rendí, porque el aburrimiento me bajó los brazos, me hizo descansar y, a larga, dejar de inventar, y hasta dejar de sostener mis ideas y mis creencias.
En esa impuesta resignación al aburrimiento, en ese sometimiento a la certidumbre, a lo regular, a lo plano, a lo mismo, ya no solo hay paredes, sino papel y pintura. No solo hay pintura, sino humedad y fisuras. No solo corre agua, sino también cañerías, goteras, hasta cadenas del baño con ritmos y densidades para imaginarse, hasta sentir lo que uno quiera. No solo hay vecinos, sino risas, gritos, conversaciones, gemidos y desentendidos. Están los perros que ladran. Están los niños que lloran, o gritan, o alegan. Está la tele de arriba, sus series, sus programas, su música y sus rutinas. No hay solo golpes, sino puertas, arreglos, aseo o ejercicios. La calle son bocinas, chantazos, petardos, sirenas o motores. No solo hay balcones, sino eventos y personas que se asoman, conversaciones eternas y a veces hasta fiestas con música rumbera. No solo hay techos de edificios, también huecos, niveles, colores, pasadizos y un gato dueño de todo ese espacio, con sus horarios para pasear por cada borde, sigilosa y elegantemente, como buen patrón, viendo desde arriba que todo su territorio estuviera en orden. También hay un gato doméstico que cuando puede mira por la ventana, amenazando saltar. Hay un perro mascota con su costumbre de asomar solo la mitad de su cara por la ventana, amenazando con ladrar.
La iluminación, ahora es luz, pero de distintas procedencias, de sol acogedor al amanecer, de sol energético a medio día, de sol nostálgico al atardecer, de resplandor tranquilizador de la luna, de faroles, de edificios brillantes con vecinos nocturnos por doquier, de asfalto mojado brillando por su reflejo o de avisos publicitarios con luces de neón. No hay solo días nublados, sino nubes blancas y otras oscuras, densidades y liviandades, rápidas y perezosas, figuras arrugadas y otras estiradas. No solo está la montaña, sino también sus rincones, sus colores, las rocas, sus puntos, los relieves, la nieve, los abrazos y los contactos eróticos que tienen todos los días con sus visitantes las nubes. Pero entre las montañas y el sol, quien siempre las visita por sus espaldas, también hay intensas bienvenidas por la mañana, desabridas convivencias durante el día, pero apasionadas e intensas despedidas al atardecer. Y cuando el sol y las nubes no están, o a veces con la complicidad de algunas de ellas, estas mismas montañas mantienen una discreta y tierna convivencia con la recién llegada luna, amante de la montaña, que espera paciente y sigilosamente la partida del sol, no sabemos si con su aprobación o no, para ocupar su lugar, y vestir a la montaña de siluetas en vez de relieves, de negro en vez de café y blanco, de misterio en vez de extravagancia.
Vale preguntarse, desde luego, hace cuánto que no me aburría; hace cuanto, en consecuencia, que miraba, hasta observaba, incluso analizaba, pero no me resignaba, no me callaba, no me quedaba, no me demoraba, no dejaba de buscar cosas de forma deliberada. Hace cuanto que no soltaba. Hace cuanto que no bajaba los brazos, que no repetía lo mismo nomas, sin seguir, sin plazos, como si estuviera en algo eterno, con total focalización, hasta el aburrimiento, como si el tiempo no pasara. Hace cuanto que no estaba solo, que no me vaciaba y por lo tanto no contemplaba. Hace cuanto que no valoraba el haberme aburrido. Cómo hice, o como hicimos, para dejar tal cosa suspendida, casi olvidada, denostada, tratando al aburrimiento hasta como desidia, como pecado, sin permitirnos entonces ningún inicio de nada nuevo. Sin dejar, entonces, que lo plano muestre relieve, que la ventana muestre paisajes, que el sonido cuente historias, que las nubes predigan el futuro, o que las montañas nos deleiten con sus facetas y relaciones. Hace cuento que el paisaje no aparecía. Hace cuando que el paisaje no nos penetraba en nuestras propias cabezas, hasta que lo aletargado, que lo aburrido, que lo insípido, se vuelve de pronto entretenido, novedoso y sorpresivo.
Vale preguntarse, entonces, donde empieza, donde habita, y donde se termina el confinamiento, así como donde empiezan, donde habitan y donde se terminan los viajes que nos mantienen vivos.
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