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Foto de portada

I

Saqué esa foto en Veracruz, México. Es de febrero del 2013.

Siempre me gustó sacar fotos a parejas. Supongo que es como hacer fotos de aves. Cuando las personas están en pareja se parecen a las aves. Se dejan llevar por sus instintos. Me gusta capturar esas inocencias. A veces duran segundos, o un segundo, o menos. Hay que actuar rápido. Son momentos rápidos e intensos. Son abrazos. Son ojos perdidos en los ojos del otro.

Supongo que el fotógrafo de aves, sabiendo donde podrían estar sus presas, se esconde con su cámara y con sus lentes. Se queda quieto, se arma de paciencia, de silencio, se queda cerca de donde normalmente pasarían esas aves que espera fotografiar. Se hace invisible para ellas. Intenta pasar desapercibido, para no espantar, para no perturbar, para no arruinar el momento de esos animales, para que posen involuntaria e inocentemente para él.

Las aves pueden pasar o no pasar. Nunca se sabe. El fotógrafo puede pasar horas o días esperando, camuflado en el bosque, sin conseguir ninguna foto. Entonces si sucede, es como si fuera magia. Ahí queda, en una foto, capturado lo improbable. Ahí queda un momento que a veces dura menos de un segundo, fotografiado en un trabajo de horas, o días, capturado para la posteridad.

Creo que en las parejas humanas es igual.

II

Y esa foto tiene más aún:

No era una foto que yo haya sacado con la intención de que formara parte de esta colección de parejas en pleno ritual. Yo solo apuntaba al faro. De pronto se cruzaron estas personas. Él la tomaba de los brazos y ella lo miraba agarrándose de su cuello. Disparé de inmediato, justo cuando iban volando. Ocurrió la magia. Logré una foto que yo nunca esperé.

Es una foto análoga. Eso es importante. El color, la luz y la profundidad, no tienen nada que ver con la fotografía digital. Ese tipo de fotos me da nostalgia.

Ese tipo de imágenes son únicas. Es un momento que quedó capturado. No es información digital simulada. No es una copia de la escena. Es la escena. Son fotones capturados, atrapados en la película fotográfica, robados de ese mismo lugar y ese mismo momento. Es luz de ese lugar. Es parte de ese lugar y ese momento.

Con este tipo de fotografía se pensaba y se jugaba mucho cuando se buscaba capturar la luz, porque capturar imágenes era eso, era juego de luz, de más o menos luz. Había que conocer muy bien el ambiente. Había que calibrar la velocidad y la obturación. Había que equilibrar la luz y la oscuridad para que el rollo no se vaya a quemar y para que tampoco sea pura penumbra.

Y ese riesgo era a ciegas, porque esa foto solo se vería semanas, o meses después, cuando el rollo pudiera rebelarse. No había muchos intentos. No había cinco fotos de lo mismo por si las dudas, porque cada foto costaba, era un espacio físico grande, perceptible, palpable, que ocupaba volumen dentro del rollo, dentro del espacio de la cámara.

Un día me aburrí de la fotografía. Mantuve la práctica personal en algunos viajes. Tuve cámaras digitales réflex, pero ya no era lo mismo. Las fotos aparecieron por doquier desde los celulares. Esas fotos ya no eran iguales. Eran digitales. Eran copias de copias. Todas iguales. Ya no había riesgo y oficio. Solo abundancia. Eso me saturó. La fotografía digital multiplicó exponencialmente todo. Eran tantas imágenes que ya no valía ninguna. Ya no había una foto especial de un momento, sino miles. Ya no había una tensión, una preocupación por hacer una sola foto. Ya no había ni riesgo de perder una foto. Ya no tenía valor que un momento tuviera una foto, porque ahora todo momento tiene decenas, o cientos. Hoy hay muchas fotos y muchos filtros y muchas ediciones. Todo se saturó de imágenes. Y todas las imágenes fueron planas. Sin luz real. Sin profundidad.

Y las fotos no solo están por todos lados, sino que también para siempre. Como dijo Han: ahora no envejecen. No envejecen porque son información digital. Son copias. Lo que envejece es lo que representa un tiempo, es lo que viene de un tiempo. Las fotos eran de la misma luz de los momentos. Eran un robo de ese tiempo. Eran esos momentos. Una foto valía mucho, porque ahí estaban esos fotones, los mismos del lugar de la imagen. El valor era cada vez mayor si la foto era cada vez más vieja. Aún se podía contar con una porción de ese momento. Ahora nunca envejecen, entonces ya no hay emoción ni cuidado. Siempre están como nuevas. Ahora en las fotos no pasa el tiempo.

Un día me aburrí y me declaré ex fotógrafo. Archivé las fotos análogas, paradójicamente en versiones digitales, y pasé a ser una más de las miles y millones de personas que sacan tantas fotos, tantas miles de fotos digitales, que acumulan tantas fotos, que en realidad nunca jamás sacaron ninguna foto de verdad.

III

Espero que no pase lo mismo con la escritura. En cierta forma, temo que sí va a pasar, porque lo que vivió la imagen hace mucho tiempo, hoy lo vive el texto, y a una velocidad vertiginosa.

Hoy ya muy pocos escriben, pero todos producen cantidades ingentes de textos. Igual que con las fotos. Ya nadie saca fotos, pero todos producen cantidades gigantes de imágenes.

Al igual que la foto, hoy los textos cada vez tienen menos la pretensión de capturar experiencias reales. Ya no expresan lo que pasó en momentos. La inteligencia artificial es la que escribe por cada uno. Entonces el mundo se comienza a llenar de texto rápido, hecho de forma artificial, bajo lógicas que cada vez tienen más que ver con promedios de grandes datos y cada vez menos con una experiencia concreta, con un momento, con un proceso concreto y personal.

Se me hace difícil diferenciar al trigo de la paja. Temo que más temprano que tarde también me aburra del texto, que me sature, y que también deje de escribir. Espero que eso no suceda. Y si sucede, tal vez en ese momento busque otra salida. Tal esa salida será volver a la expresión oral.

Este texto es parte del libro Relatos.

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