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Un héroe

No sé si alguien ha escrito lo que pasa después del viaje del héroe. No sé si a alguien le interesa. El viaje del héroe es fácil. Su vida posterior es arena de otro costal.

Ese héroe fracasa. Supongo, creo, digo: que lo más probable es que pueda caer y fracasar. Cae en una depresión. Se emborracha de aburrimiento. Se emborracha de un modo aburrido, controlado, sin alcohol, sin alcoholismo, sin riesgos. Se llena de nostalgia por esos días de viaje y lejanía. No sabe cómo salir, porque esta vez no sabe bien, no termina nunca de entender contra qué luchar, porque se le hace difícil luchar contra lo que se supone que está bien, contra su paz, contra su estabilidad, contra su bondad. Se le hace difícil pensar que debe luchar contra aquello que antes era el motivo para seguir y avanzar.

La vida del héroe se termina cuando regresa. Entonces muere. Y nadie se entera y entonces nadie va a su funeral.

Nadie va a querer escribir de eso que pasa después, de esa persona buena, tranquila, risueña, a la que nadie molesta y que no molesta a nadie.

Recordará sus epopeyas. Repasará sus bitácoras y seguirá los mapas con sus dedos. Por donde pasan sus dedos alguna vez pasó él. Intentará volver con la memoria. Sentirá que esos recuerdos son cada vez más ajenos, que pertenecen a alguien que es cada vez menos él. Serán recuerdos de alguien que es cada día más ajeno, más lejano. Cada vez es más otro y menos él.

Recordará en secreto a su gran nostalgia, que no es haber vencido a males, ni haber superado barreras imposibles de forma tan hábil y valiente y fuerte. De esas últimas habla en público. De su nostalgia principal es difícil hablar, sería compartir un sentir que ni él mismo se puede explicar.

Su nostalgia es esa costumbre, antes tan normal, hoy tan lejana, a despertar temprano, al alba. A veces, muchas veces, a oscuras, antes del amanecer. A veces despertaba por el frío; otras porque sabía que le esperaban jornadas largas y necesitaba tiempo, necesitaba empezar el día con mucho tiempo por delante; otras veces era por miedo, para moverse y no ser descubierto; otras veces, la mayoría, por costumbre. Sus ojos se abrían, se asomaban, aparecían antes que el sol. E igual que el sol, estaban listos para no esconderse más en todo el día. Entonces él despertaba.

Todas esas formas de despertar le gustaban. En todas las ocasiones estaba vivo para ver el amanecer. Le gustaba ver de pie, despierto, consciente, con energía, con ilusión, con todo un día por delante, al amanecer. Recuerda muchos amaneceres. Atesora esos amaneceres. A veces más morados, a veces más naranjos, a veces más tenues, a veces más luminosos, a veces más distantes, más gigantes, y otras veces más cercanos, más acogedores. Ahora los extraña. Ve que se le alejan cada día, con el tiempo y del recuerdo.

Ahora no entiende por qué le cuesta tanto despertar. Su cuerpo le pesa. Su cuerpo no quiere abrir los ojos de forma natural. Es difícil levantar un cuerpo sin motivos. Es difícil despertar al alba y es difícil que el cuerpo quiera dormir al anochecer. Tan fácil, tan natural, tan necesario era antes dormir al anochecer.

El ex héroe extraña sus motivos. Está bien, demasiado bien, demasiado estable, demasiado en su hogar. No sabe cómo luchar contra ese mal. No sabe qué hacer para salir de ese letargo. Sería como atentar contra aquello que debía buscar, conquistar y cuidar. No tiene sorpresas. No tiene amenazas. Su vida es tan normal que siempre sabe lo que le va a pasar. Despierta todos los días, pero le cuesta más, porque no encuentra motivos tan buenos como antes para despertar.


Este texto es parte del libro Relatos.

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