Parecía trabalenguas, pero era verdad. Si de algo estabas seguro era de tu inseguridad. Era verdad que aún lo que querías era solo viajar. Una vez más. Es curioso que el motivo de tu seguridad sea precisamente tu inseguridad. Que las certezas fuertes parezcan tan paradójicas. Pero es lógico. Es la certeza que queda.
Era mejor no cruzar ninguna puerta. No era el momento. Lo sabías. Era el momento de dejar las puertas atrás y alejarte de nuevo. Ni sabías de qué te tenías que alejar. Pero te tenías que alejar. De las puertas. De eso estabas seguro.
Con suerte podías comprar un pasaje. Suerte es poco decir. Porfía, lucha, esfuerzo fue lo que necesitaste. Te propusiste no salir de esa habitación en la casa de tus papás, no salir nunca más, nunca más en la vida, si no comprabas ese pasaje. Llevabas horas, y antes días, divagando, haciendo empatar una opción con la otra. Haciendo bailar pros y contras sin parar. No llegabas a nada, porque nada querías soltar.
Y si voy a Patagonia. A Patagonia ya fui. Recién. Hace poco. Además es invierno. Además seguro volveré a ir. Es verdad, es espectacular, es una maravilla, pero está acá, en mi país. Es el patio de mi casa.
Y si parto desde acá, sin pasajes en avión, sin nada, simplemente pedaleando, sin más. Me parece que puede ser aburrido. Al principio todos sería demasiado familiar.
Pero es una opción. Partir desde acá mismo, sin pasaje alguno, al norte. Tal vez el desierto es demasiado grande para atravesar. Tal vez es un lindo desafío. Tal vez no. Tal vez me aburro antes de tiempo y no alcanzo a llegar nunca a un lugar que antes no conocía. Mejor partir desde el principio por un lugar que no conozca, pues así me aseguro de conocer lugares nuevos, en un viaje largo y también en un viaje breve.
Y si voy mucho más al norte. A Canadá. Pues hace poco, hace meses, estuve allá. Tampoco soy millonario. Y eso significaría un viaje mucho más planificado. Una bicicleta adecuada, que me responda, al menos. Estaría lejos. El viaje sería largo. Necesitaría más certezas con mi bicicleta. Yo ni siquiera tengo bicicleta. Tengo, sí, pero es una montañesa armada de forma hechiza y adaptada. Ni idea si esa bicicleta va aguantar un viaje. Si quedo en panne, que no sea en Canadá.
Y África, y Europa, y Asia. Basta. Es lo mismo que Canadá. No tengo tantos ahorros. No tengo una bicicleta para ir tan lejos.
Y por qué no tengo una bicicleta. Que tonto. Desde hace años me gusta viajar en bicicleta. No importaba para cuándo, el día iba a llegar. Yo tenía que tener lista una bicicleta para cuando llegue ese día. Para este día. Una pareja de mexicanos que fabrica bicis para viajar me la iban a hacer a medida. Hasta tenía la cotización lista. Nunca lo concreté. Nunca la fabrique.
¿Concreté algo alguna vez? ¿Hice acaso alguna vez algo con tiempo, con planificación? Este viaje es una mediocridad porque es una improvisación. Una improvisación no puede no conducir a circunstancias que requerirán más improvisación, porque me llevarán por un derrotero de errores. Cuántas cosas más son así en mi vida.
Y volviste una y otra vez sobre estas ideas. Te culpaste por no tener esa bicicleta especial, para viajar más lejos. Envidiaste a alguien imaginario, alguien que no existe y que nunca existió, que sí sabía que llegaría este día que lo había planificado todo muy bien, con su bicicleta a la medida, nueva, especial para viajes largos, con su destino listo, hasta con su guía de viaje en mano. Volviste a pensar en volar a Patagonia, en salir desde tu casa al norte, hasta Canadá, en volar a Canadá, en África, en Europa, en Asia, en Sudamérica.
Era cansador. Un mundo en una habitación y una habitación en una cabeza. Una cabeza que no puede salir de una habitación, porque todo un mundo le pesa.
Sudamérica sonaba bien. Pero Chile es muy largo, y ya es tu casa. No querías ir a Chile, porque ya estabas, ya estarías toda una vida en Chile. Pues Arica era una opción razonable. Arica es lo último de Chile en el norte. Después empieza Sudamérica.
Sudamérica era incluso mucho, demasiado, para quedarse tranquilo. Donde irías, hacia Brasil o hacia Ecuador. Son caminos diferentes, con experiencias y proyecciones diferentes.
A Brasil llegas por Bolivia. Te sumerges en la humedad verde de la selva amazónica. Antes habrías tenido que atravesar el altiplano. El desierto, el altiplano, los horizontes fríos, soleados y lejanos. En Brasil sigues por playas, por selvas, por ciudades espectaculares, como Río de Janeiro, por sertones, por dunas. Luego, el Atlántico. Hasta ahí llegas.
A Ecuador llegas por Perú. Por el desierto, luego por Lima, luego mar, luego montaña, los Andes en Cajamarca, luego selva, luego desierto. Luego Ecuador. Ecuador sería selva y montañas. Y de ahí hacia el norte es infinito. Mantienes abierto algo que sabes que no quieres hacer, pero que no quieres matar de tus fantasías. De Ecuador al norte está todo el resto, el gran resto, el enorme y diverso y peligroso y acogedor y salvaje y pobre y ostentoso y diverso e indígena y europeo continente americano.
No querías ni un día más con tanta divagación. Ni un día más. Ibas desde un paseo por tu país, por Patagonia, o por el norte, a una aventura por Asia. Era demasiado. Estabas cansado. Cansado de este dilema inútil. De esta idiotez, esta frivolidad. El mundo seguía su rumbo. En ese mundo había personas con grandes responsabilidades. De todo. Políticos, activistas, doctores salvando vidas, profesores salvando conciencias. Y tu llevabas días cansado, porque no sabías que querías. Ahí tu, que aún no querías estabilidad, porque sentías mucha inestabilidad. Te sentías frívolo, imbécil, pero no podías salir de ahí. Tenías que vencer esa etapa. Avanzar. Esa noche avanzarías un poco. No saldrías de esa habitación en la casa de tus papás sin una decisión respaldada con algo en mano. Sin un pasaje de avión.
El desierto en invierno no esta mal. Hace frío, pero el clima es más estable. No está el invierno boliviano, ese vendaval de agua que llega desde el húmedo amazonas.
Compraste pasajes a Arica. Punto final. Pudiste relajarte y salir de esa habitación. Estabas orgulloso. Pudiste decidir algo. Pudiste concretar algo.
Comenzó tu viaje. No empezó en Arica. Empezó en el momento en que al fin, al fin, pudiste comprar un pasaje.
Este texto es parte del libro Relatos.
Además, es parte del manuscrito de mi nuevo proyecto de libro: El viaje de los caminos perdidos.
Para acceder a todos mis libros: santiagocuentero.com
