Las primeras víctimas son los Testigos de Jehová que se instalan, en la misma esquina, todos los domingos. Va y los encara de inmediato. A punta de garabatos se dedica, en no más de un minuto, a insultarlos, a insultar sus creencias, su Dios, a insultar todo lo que alcance en un minuto. Los testigos se quedan callados. Nunca dicen nada.
Después va al manimarket, o a la panadería, o donde los turcos, o a la tienda de ropa. Va al primer local que encuentre abierto o al primero que se le de la gana. Entra, pregunta por algo, cualquier cosa. ¿Cuánto vale esto? Cuando le dicen el precio reclama de inmediato. Da lo mismo el precio. Siempre reclama. Da lo mismo qué. Puede ser pan, una bebida, un café turco, unos tequeños venezolanos, lo que sea. Siempre reclama. Puta la wea cara conchetumadre. Los vecinos ya están acostumbrados. No le dicen nada. Reclama y se va casi al mismo tiempo. Grita de todo: abusadores, estafadores, delincuentes, aweonaos culiaos, sacos de weas. Grita cada vez más fuerte porque está cada vez más lejos, hasta que de repente se olvida y se va. Siempre es igual.
Cuando llega a Lastarria, o a Villavicencio, se dedica a arruinarle el show a algún músico callejero. Andate a París si te gusta tanto esa cursilería, culiao, suele decirles, mientras los músicos, en plena presentación, intentan concentrarse con el acordeón, la flauta traversa, la guitarra, o el instrumento que toque ese día.
Una vez se ensañó con un mago callejero. En cada truco, él decía algo. Esa wea no es nada, la hago yo hasta curao. El mago agarró un palo, una luma dura y pesada que llevaba consigo para defenderse, y le dio como cinco golpes fuertes en las piernas. Él, en el suelo, y retorciéndose de dolor, seguía puteando, cada vez con más fuerza. Después siguió con su rutina, solo que esa vez cojeando.
Después suele pasar a la botillería y se compra una cerveza. Al vecino de la boti no le dice nada. No lo putea, no se queja por el precio, nada. Pide la cerveza, paga y se va.
Busca una banca en el Parque Forestal y se pone a tomar cerveza mientras mira a la gente. Después va a comprar más cerveza y regresa a la misma banca. Repite ese procedimiento unas tres o cuatro veces, hasta que queda cocido. A esa hora, en el parque, andan muchos niños con sus papás. Con los niños no se mete. Pendejos culiaos aweonaos. Ahora son así. Después van a ser igual de weones que todos estos weones. Casi siempre dice cosas así, pero para sus adentros. Lo dice bajito. Nadie lo escucha.
Luego viene la mejor parte. La mejor parte para él. Mea en el parque. Tiene un rincón de costumbre. No es exhibicionista. No quiere que le vean el pene. Solo quiere mear en la calle. Sabe que está meando en la calle y eso le gusta. Cuando hace eso se siente el dueño del lugar. Nunca nadie le ha reclamado por hacer eso.
Ya tomado y meado se va caminando de nuevo para la casa. Se va por la calle durante la mayoría del trayecto, interrumpiendo a los ciclistas y los autos. Nunca falta el que le grita algo. Córrete aweonao, suelen decirle. No saben que el está justo esperando eso. No alcanzan a terminar una frase cuando él ya está descargando todo su repertorio, bien practicado, bien acumulado, bien fuerte, de puteadas. Rara vez le contestan.
Cuando va por la vereda se va cruzando a propósito con los gringos y los brasileños que andan turisteando por Lastarria y Bellas Artes. ¡Permiso!, les grita, bien cerca de sus caras, con una voz firme y fuerte, y pasa por al frente de ellos, caminado rápido, casi empujándolos y seguramente provocándoles al menos un susto. El pasa nomás. No les hace nada. Lo que quiere es molestarlos un segundo. Nada más. Le da rabia que anden caminado tan lento, tan pacíficos, con cara de felicidad. Le da rabia que se anden sacando fotos. Le da rabia que anden haciendo esas caminatas weonas, como él dice.
Una vez, y lo impresionante es que solo sea una vez (al menos una conocida), se lo llevaron en cana. No lo trataron tan mal.
El gerente culiao, lo llaman los vecinos. Ya venís a alegarme de nuevo, gerente culiao, le dicen los locatarios. Le tienen cariño. Las primeras veces no le tenían cariño, pero después de dos años con lo mismo cualquiera lo consideraría como parte del paisaje. Como algo familiar. Por lástima o por costumbre, supongo. Todo lo que se vuelve costumbre primero se aguanta, después se tolera y después se vuelve familiar, o a veces hasta invisible.
Son dos años desde que hace lo mismo, todos los domingos. Es casi el mismo libreto.
Es su domingo de descanso. Al día siguiente, desde el lunes hasta el viernes, es Gerente de Finanzas. Son años tolerando, aguantando, acostumbrándose a ser el Gerente de Finanzas.
Se pasa toda la semana esperando que sea domingo de nuevo.
