Es un guerra
Sucede en una isla montañosa y selvática. La selva es tupida, de verde denso y de follaje oscuro. Estoy cerca de la costa. Puedo respirar humedad de mar. Cerca mío, más allá de la selva que me cubre, debe estar la playa blanca y el mar brillante. Es un día soleado. Seguro que el mar debe verse brillante.
Soy un francotirador, o al menos eso intento ser. Me escondo en la selva. Preparo mi fusil. El fusil es largo. Me preparo para disparar. Creo ser descubierto. Más bien estoy apunto, muy cerca de ser descubierto. Más bien temo ser descubierto. Eso sería la muerte.
En casas de madera improvisadas y en otras construcciones de madera, como torres altas de vigilancia, también improvisadas, hechas con tablas de madera desparramadas, hay personas. Son enemigos. Están en construcciones hechas de escombros que hay por todos lados, de una destrucción anterior. Es como si hubiera pasado un huracán.
Prefiero decirles ellos. Lo prefiero a enemigos. No me gusta la palabra enemigos. Ellos me dan miedo. No quiero que me vean. Podrían matarme. Yo no quiero matarlos. Tampoco quiero ser asesinado. Si uno de ellos me ve, tendré que matarlo.
Retirada
Estoy en el costado de un camino de ripio suelto que bordea la costa de esta isla selvática. Espero a un bus. Aparece ese bus y se detiene frente a mí. Es grande. Tiene la forma de una antigua micro santiaguina. No es de color amarillo, como lo eran esas micros santiaguinas. Creo que es blanco. El bus se detiene, abre sus puertas, espera que yo suba. Yo subo y el bus arranca.
Son amigos. No me gusta llamarlos amigos. Prefiero decir nosotros.
Dentro del bus veo cuerpos desnudos. Son muchos cuerpos desnudos. Unos en los asientos, otros postrados en el pasillo. Casi no hay lugar para estar. Todo está ocupado por cuerpos desnudos.
Siento excitación. Supongo que se debe a la desnudez. Supongo que se debe a que mi cuerpo despierto, el real, el que ahora duerme, lleva días sin siquiera pensar, sin siquiera acordarse de algo cercano a lo sexual. Cómo va a pensar en esas cosas. Con suerte ha podido soportarse a sí mismo. Algo ahí seguro está guardado, encubierto, y esperando un pretexto para explotar.
La excitación es solo un suspiro. Me llama la atención lo poco que alcanza a durar. Fue solo un pensamiento fugaz y nada más. Lo que veo dentro del bus me quita cualquier tipo de deseo erótico.
Son niñas y niños, también adolescentes, todos desnudos, tirados, postrados, heridos. Sus cuerpos parecen trapos que quedaron tal cual los dejaron, tal cual los tiraron. Unos quedaron torcidos, otros doblados, otros estirados. Son piernas y brazos que se mezclan unos con otros para cualquier lado. Es una masa mezclada de cuerpos.
Tienen heridas en sus cuerpos desnudos. El primer cuerpo del pasillo es una adolescente. Acostada, frente a mí, mirando hacia arriba. Su vagina rozada y lampiña se confunde con las otras heridas de su cuerpo. Tiene muchas heridas en su cuerpo. Todo el bus parece muerto, pero no hay muerte. Están dormidos, o desmayados, o exhaustos, pero todos están vivos. Todos nosotros estamos vivos.
El bus va hacia el norte. No sé por qué lo sé, pero sé que va hacia el norte. Va por este camino de ripio que bordea la costa. A veces el camino se asoma a la playa de colores claros. Se ve el mar. En un día así de soleado el mar está brillante e iluminado.
Hacia el norte hay paz. Este bus va hacia el norte, a un lugar donde ellos, los otros (esos a quienes yo tenía que disparar y por suerte no disparé) no están.
Muerte
En el bus hay solo dos personas despiertas. Somos los dos adultos. Es el conductor (o conductora) y yo. Yo voy a su lado. Veo el camino desde la ventana ancha y alta de la parte delantera. Veo pasar el camino de ripio en mal estado, de piedras y arena clara que indica cercanía con el mar. Veo la vegetación pasar y también veo cuerpos. No son cuerpos de ellos. Son cuerpos de nosotros. No sé por qué lo sé, pero sé que son nosotros. Esta vez no están vivos.
Son adultos. Adultos muertos que aparecen a cada rato al costado del camino. Son cuerpos de adultos muertos y desnudos. También están desnudos. Es notoria la imagen del color de la piel, de las pieles de esos cuerpos, puestas a la intemperie, brillantes frente a un sol de día soleado.
Tuvieron muertes tortuosas. Se nota la presencia humana. Ese tipo de muertes solo pudo ser provocada por humanos. Son cuerpos que muestran con la claridad de un día soleado lo que puede llegar a hacer un humano con otro humano, o lo que queda de un humano en el momento que decide hacer eso con otro humano.
A los asesinos que hicieron esto debería llamarlos malvados, pero no me gusta. Tampoco me gusta la palabra asesinos. Ignorantes, prefiero. Ellos, tal vez. Prefiero ignorantes, ellos, antes que asesinos o malvados.
Son decenas y cientos de adultos muertos. Clavados por lanzas de formas tortuosas, enrollados en posiciones que indican que fueron doblados, atravesados, torcidos o enrollados. Son cabezas atravesadas. Son bocas abiertas que debieron haber gritado. Son ojos que también quedaron abiertos, que debieron haber visto de frente algo que jamás merecieron ver y que jamás habrán imaginado.
Son, por lo general, adultos indefensos. Muchos de ellos parecen haber tenido el Síndrome de Down. Algunos de esos cuerpos tienen el aspecto de ojos rasgados de una persona con Síndrome de Down.
Es una vista penosa y espantosa. A la vez es una escena de alivio, porque de eso, en este bus, nos vamos. Hacia el norte de todo esto nos alejamos.
Nos escapamos.
Final
Se me vino ese sueño a mi memoria con una nitidez especial. Pude escribirlo tal cual.
Fue la primera noche, desde esa vez, que me atrevo a irme a la cama sin las pastillas para dormir. Fue también anoche la primera vez, desde esos días dolorosos, que sentí que no necesitaba Clotiazepam. Antes de dormir tampoco consumí Clotiazepam. Pude dormir sin querer escapar.
Llevo en mi mochila todos esos medicamentos. Tengo miedo de lo que pasó y de que podría volver a pasar. Van conmigo. Me ayudan estando ahí, cerca para mí. Esta mañana siento que no los necesito tomar.
Siento paz. De nuevo. Al fin. Sentía que eso no iba a llegar. Nunca más.
Vuelvo a saber que la música es para bailar. Vuelvo a reírme de la seriedad. Vuelvo a poder dejar de pensar. Vuelvo a poder disfrutar del estar. Vuelvo a sentir respirar. Vuelvo a saber que hay algo más allá. Vuelvo a poder aceptar el acá. Vuelvo a saber que me puedo excitar. Vuelvo a poder caminar. Vuelvo a poder ver con mirar. No tengo miedo de mirar para atrás.
Todo quedó destrozado. Tablas y cuerpos muertos tirados. Todo en el suelo.
Todo quedó destrozado pero al menos todo está quieto y atrás. Está en calma. Descansa. No hay tormenta. No hay huracán. Voy en un bus, camino al trabajo, escribiendo este texto, en paz. No tengo que matar a nadie y nadie me va a matar.
Es el final.
