Cae agua pesada en cantidades exageradas. Cae con fuerza desatada. Hace un ruido marrón y blanco que me obliga a quedarme callado. Se oscurece todo lo que puede ser mirado.
Siento el relieve y la textura de los techos que están cerca de mi casa. No los veo ni los toco. Las escucho recibir con ruidos constantes y relajantes las gotas que caen de forma interminable.
Son ruidos fuertes y a la vez amables.
Afuera se ven líneas verticales y blancas, una al lado de la otra. Desaparecen en el cielo, porque el cielo está hecho de ellas, y se destacan al contrastar con la oscuridad.
Al fondo desaparece la ciudad. Se diluye en el blanco. Fue abrazada hasta perderse con la humedad.
Arriba hay una masa espesa y envolvente que se aparece con espectacularidad. Es oscura. Cuando al fin baja y se acerca es clara. Nada, ni si siquiera Los Andes, envueltos, entregados, escondidos a nosotros, mojándose y tal vez nevándose, la pueden igualar.
Es una masa antigua y siempre joven de vida que quiso venir a parar acá. Hace que el día sea como yo quiero estar. Oscuro, guardado, cerrado, contenido, melancólico. Hace que todo sea menos de hacer y más de mirar.
Tanto la necesitamos y tanto la extrañamos. Tanto la estamos buscando siempre. Todo el día, todos los días, toda la vida, todas nuestras vidas, todas las vidas en este mundo conocidas. Siempre la buscamos.
La seguimos por los ríos. A veces a los lagos o a las lagunas la vamos a buscar. A veces hacemos agujeros en el suelo para recogerla desde la profundidad. A veces hacemos represas gigantes para que no se nos vaya a escapar.
Casi siempre terminamos con ella en el mar. Ahí, en la costa, por lo general, desde hace mucho, desde hace tanto que es mejor decir desde siempre, nos quedamos. Hacemos comunidades costeras y habitamos a su lado. Quedamos para siempre pasmados y solo la miramos, enamorados. La miramos y la escuchamos. Hacemos como si nos interesaran más cosas: vamos a trabajar y muchas cosas más, pero en el fondo lo que queremos es mirar todos los días al mar. Son ciclos eternos de mareas y de subidas y de bajadas y de olas reventadas. Esas comunidades son siempre los más felices, sin excepción, en todos nuestros países.
En días como estos no somos nosotros, como es costumbre, los que salimos y la buscamos. Estos días son una excepción. Es ella la que viaja por el cielo y nos visita en caída libre haciendo ruidos con nuestro suelo.
Nosotros por ella siempre nos movemos. Somos capaces de hacer cualquier cosa para seguirla. La amamos y siempre la vamos a buscar. Esta vez, sin embargo, la vemos a ella llegar. Esta vez es ella la que nos viene a visitar.
Como ella sabe que nos gusta su vista, entonces llega haciendo ruido, para hacerse notar. A veces incluso truena y relampaguea, para que no nos quepa duda de que anda por por acá.
Es un regalo fantástico. Más en esta ciudad, que es de esas que no mira al mar.
Paren la música. Cállense. Dejen de decir, de hacer, de hablar. No hagan nada.
La sentimos. Nos relajamos. Si somos infantes nos dormimos en los brazos de un adulto. Si somos adultos, dejamos dormir nuestra mente. El agua ya está aquí. Ya no hay que luchar. Nuestra mente puede dejar de trabajar tanto. Ahí está la vida. No hace falta nada más de nosotros. Tenemos tantas cosas. El aire, el fuego, el agua. El agua cerca. Estamos bien. No busquemos más.
